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– ¿Qué más ha pasado? -preguntó Odette, cogiéndome las manos y ayudándome a sentarme en una silla.

Miró a sus espaldas a Joseph, que se dispuso a preparar té. Unos días antes, le había contado a Odette que monsieur Blanchard había cambiado de opinión.

– No sé por qué estoy aquí -confesé mientras las manos me temblaban tanto que no podía coger la taza de té que Joseph me había puesto delante.

Sin embargo, mientras hablaba, vi un agujero negro abrirse ante mí y sentí que mi futuro consistiría en una heladora corriente que me barrería de un plumazo. El sueño que había albergado en mi corazón durante diez años no iba a materializarse. ¿Cómo podía? André y yo habíamos vivido en una ilusión. Yo había confiado en su opinión de que nuestro amor conquistaría el mundo, porque él era mayor que yo y tenía más experiencia. Pero ahora comprendía que él había estado tan cegado de amor como yo. La alta sociedad parisina nunca nos había apoyado, siempre había estado contra nosotros. ¿Realmente podía pedirle que abandonara a su familia y su posición social, que no volviera a ver a su madre o a Veronique nunca más? ¿Podía el amor más grande del mundo soportar tantos sacrificios?

– Si insisto en seguir con él, acabaré por destruirlo -admití.

Tan pronto como aquellas palabras surgieron de mi boca, comprendí que el poderoso vínculo que nos unía a André y a mí comenzaba a deshilacharse.

Odette me apretó el brazo. No me imaginaba que una mano tan delicada pudiera tener tanta fuerza.

– André y tú os habéis amado durante años -me dijo-. Siempre que escuches a tu fiel corazón, Simone, sabrás qué es lo que debes hacer.

Me tapé los ojos con las manos. Joseph se sentó junto a mí. Odette se quedó de pie y me rodeó con los brazos, sollozando.

– Sé fuerte, Simone. Joseph y yo te querremos independientemente de lo que decidas.

Cuando regresé a casa, entré en la sala de baile y mis tacones resonaron sobre el suelo entarimado. «¿No sería esta una sala de música perfecta? ¿O una sala de baile?» Recordé el rostro de André la primera vez que lo había visto en el Café des Singes. Me había preguntado entonces si él sería mi «cara amiga» para la que debía cantar. Diez años de recuerdos pasaron flotando ante mí: bailando en el Resi de Berlín; mi debut en el Adriana; nuestro viaje en el Íle de France cuando nos hicimos amantes…

– Íbamos a ser tan felices… -susurré.

Me volví y caminé por el pasillo, pasando la mano por los muebles. Durante un momento de confusión, vi a André avanzando a grandes zancadas hacia mí, con cuatro niñitos correteando a su alrededor, pero, antes de que me alcanzaran, él y los niños se esfumaron en el aire.

«Siempre que escuches a tu fiel corazón, Simone, sabrás qué es lo que debes hacer.»

André regresó de su visita al conde Kessler unos días después. Estaba demacrado, pero sonreía. Su sonrisa desapareció cuando vio mis maletas en el recibidor.

– ¡Simone! -exclamó, desplomándose sobre una silla.

Pretendía ser fría y cruel. Quería hacerle más fácil que me olvidara. Pero cuando le miré a aquellos ojos oscuros y vi la ternura que reflejaban, me derrumbé y caí al suelo. André se agachó junto a mí.

– Quizá lo mejor sea que no nos veamos durante un tiempo -propuso, sacando su pañuelo y secándome la frente-. Así podremos pensar con la cabeza despejada y decidir qué es lo mejor que podemos hacer.

«Pobre André -pensé-. Va a seguir esperando hasta el último minuto». Me recosté y mecí mi propio rostro entre las manos.

– Esto es lo mejor que podemos hacer, André. No tenemos ni la menor posibilidad de vencer.

Kira se frotó contra las rodillas de André. Él le acarició la cabeza y apartó la mirada.

– ¿Y qué pasa con nosotros, Simone? ¿Qué será de nuestra felicidad?

Nos quedamos en silencio durante unos minutos. Cuando André finalmente se volvió hacia mí, nos miramos fijamente a los ojos, que se nos llenaron de lágrimas. En aquel instante, supimos que nuestro sueño había terminado y que nuestro tiempo juntos había llegado a su fin.

– Hemos compartido el amor de nuestras vidas, ¿no es así, Simone? -dijo André, recorriendo con el dedo mi mejilla-. Algo mucho más precioso que lo que la mayoría de la gente llegará a conocer.

Nos habían arrebatado el futuro que André y yo nos habíamos imaginado juntos. Pero nadie podía quitarnos lo que habíamos compartido. Los recuerdos de aquellos diez años juntos serían nuestro «por siempre jamás». Durante nuestra última noche en la casa, André le pidió al chef que preparara lucio del Loira en honor a nuestra primera noche en el Íle de France. Después, hicimos el amor junto a la chimenea encendida. Recorrí con mis manos las mejillas y la barbilla de André, cada músculo y cada articulación, saboreando lo que se había convertido en algo familiar para mí con el paso de los años. Pasó la punta de los dedos por mi piel y presionó sus labios contra los míos. Paladeé el momento, olvidando el futuro lo mejor que pude. No me permití el lujo de pensar que a partir del día siguiente no volvería a sentir nunca más la presión de su pecho desnudo contra el mío o que no vería envejecer aquellos ojos oscuros. «Mi André» dejaría de ser mío; pertenecería a otra. Me atrajo hacia él y yo me aferré a su cuerpo con todas mis fuerzas, besándolo y enterrando mi rostro entre su pelo. No deseaba ver amanecer, no quería ver las primeras luces plateadas del alba que aparecieron en el cielo.

Después del desayuno, que ninguno de los dos probó, llegó el taxi y contemplamos al taxista cargando mis maletas en el maletero. Colocó a Kira en su cesta en el asiento trasero y mantuvo la portezuela abierta para que yo entrara. André me atrajo hacia sí. Nos mantuvimos abrazados durante unos segundos.

– Allá donde vayas, Simone, estés con quien estés, siempre te llevaré en mi corazón -me dijo.

– Y yo a ti en el mío.

Lentamente me separé de él y él aflojó su abrazo.

El taxista cerró la puerta cuando yo entré en el taxi. Limpié el cristal empañado de la ventanilla para ver a André. Tenía una postura tan formal que me dio la sensación de que iba a hacer un saludo militar. Solo la barbilla, que mantenía en alto, le tembló mientras luchaba por contener las lágrimas. Las puertas del jardín se abrieron de par en par y el taxi avanzó lentamente. Kira maulló. André y yo no apartamos la mirada del otro. Le observé hasta que giramos la calle y desapareció de mi vista.

TERCERA PARTE

Capítulo 2 4

Los meses tras mi separación de André fueron sombríos y anodinos. Estaba destrozada. No me sabía a nada la comida que me obligaba a mí misma a ingerir, a veces apenas podía respirar y por la noche me dedicaba a vagar por las habitaciones de mi nuevo apartamento en los Campos Elíseos hasta que me agotaba lo bastante como para poder dormir.

Minot me ofreció un contrato con el Adriana y me dediqué en cuerpo y alma al espectáculo, por miedo a que si paraba de trabajar no sería capaz de salir de la cama. No obstante, en cada representación me encontraba mirando al público con la esperanza de ver a André entre el mar de rostros. Se me aparecían fantasmas de él en mi camerino, sentados en su silla favorita y leyendo un libro, tal y como le gustaba hacer cuando el espectáculo ya estaba organizado. A veces me despertaba con un sobresalto en mitad de la noche, convencida de que había sentido el roce de su piel contra la mía. Pero André no estaba allí; ni en mi camerino ni junto a mí. Lo habían apartado de mi vida como una fotografía arrancada de un periódico. Lo único que quedaba era un enorme e irregular agujero.