– Es usted muy amable, mademoiselle Fleurier -me respondió-. Enviaré con antelación mis cuadros a la casa de Pays de Sault. No quiero que esos cabezas cuadradas les pongan las manos encima.
Sonreí, imaginando las paredes de las casas de la finca decoradas con cuadros de Picasso y Dalí. «Pobre Minot -pensé-, espero que no pretenda alojarse en un château con cuartos de baño de mármol». Maurice Chevalier y Joséphine Baker tenían casas de campo, como gran parte de los franceses adinerados. Yo siempre había pensado que sería algo que yo misma compraría cuando André y yo nos casáramos. Aquel tipo de residencia había mejorado mucho a lo largo de los años y ya no eran las destartaladas estructuras que solían construirse cuando yo era niña. Pero Pays de Sault seguía siendo una zona silvestre y a mi familia le gustaba la sencillez. Nuestras casas eran más rústicas que elegantes.
– Asegúrese de que los cuadros estén bien empaquetados en cajas -le recomendé-. No querrá que se comben con el calor…
La cooperación de Minot me dispensó algo de tranquilidad. Me preguntaba a mí misma todos los días si mi impulso no sería más que una exageración. Qué vergüenza si, después de toda esa preparación, no pasara nada. Pero sería mucho peor que sucediera y no estuviéramos preparados. No había ni rastro de preocupación en las caras de la gente que acudía a ver mis actuaciones en el teatro y en los clubes nocturnos. París brillaba con más intensidad que nunca, con óperas, obras, desfiles de moda y fiestas espectaculares. El embajador polaco celebró un elegante baile la misma noche que Odette se puso de parto y dio a luz a una niña. El embajador alemán fue invitado al baile y bailamos valses y mazurcas, y terminamos la noche contemplando unos fuegos artificiales serpentear por el aire. ¿No era aquel un signo de que todo iba bien?
Resultó que mi única equivocación fue que mi acceso de pánico se adelantó un año. Dos meses después del baile, Alemania invadió Polonia. Cuando expiró el ultimátum franco-británico a Hitler, se movilizó al ejército francés. La gente caminaba por las calles en estado de incredulidad. ¿Podía ser cierto todo aquello? ¿De verdad estábamos en guerra contra el Tercer Reich?
Minot y su madre se trasladaron conmigo por si nos encontrábamos ante la situación de tener que huir de París en mitad de la noche. Elsa Maxwell envió invitaciones para una fiesta en las que, en lugar de figurar la fórmula RSVP, [3] aparecían las siglas SNHG: «Si no hay guerra». Parecía imposible planear nada.
– ¿Cómo puedo marcharme de vacaciones tranquila? -se quejó mi secretaria-. Mi marido podría ser convocado a filas y tener que unirse a su regimiento.
Pero pasaba un mes tras otro sin que sucediera nada. Los periódicos denominaron esta época como la dróle de guerre, o guerra falsa.
Un jueves por la tarde, después del simulacro de bombardeo aéreo semanal, me encontré con Camille cerca del Ritz. Minot me había organizado una serie de giras a lo largo de la Línea Maginot para entretener a los soldados que se sentían impacientes por el aburrimiento de estar encerrados en bunkeres. Quería ponerme al día de las novedades de Camille, por si tenía intención de abandonar la ciudad para cuando yo regresara de mi gira. Los maniquíes de los escaparates de las boutiques en la Place Vendôme llevaban máscaras de gas con pajaritas atadas al cuello. Se trataba de una broma, pero la mera idea de que nos preparábamos para enfrentarnos a un enemigo capaz de lanzar gas mostaza sobre la población civil no me reconfortó demasiado.
En el café, los chocolates y los pasteles tenían forma de bombas.
– Es bueno ver que no todo el mundo ha perdido el sentido del humor -comentó Camille, abriendo el bolso para pagar al camarero tan pronto como nos trajo las bebidas.
Aquel era el sistema que se utilizaba en París por entonces: los camareros no esperaban a que se acumularan los platos; había que pagar cada bebida según la sirvieran, por si acaso las sirenas comenzaban a sonar y todo el mundo tenía que correr a refugiarse.
– La ciudad resulta extraña sin niños -dije yo-. Los Jardines de Luxemburgo parecen un pueblo fantasma sin ellos. Hoy evacúan a otro grupo más.
– Tendrían que haber echado a esos mocosos hace mucho tiempo -replicó Camille-. Yo estoy disfrutando de la paz en su ausencia.
Era un comentario extraño, viniendo de una madre.
– ¿Y qué hay de ti? -le pregunté-. ¿Cuál es tu plan?
– Bueno, la casa en la Dordoña está ahí si la necesito. Pero, si no, pretendo seguir en mis habitaciones del Ritz.
– No puedes -le respondí-. Imagina lo que te harán los soldados alemanes si toman la ciudad…
Camille arqueó las cejas.
– Yo no les he hecho nada, así que ¿por qué tendrían que hacerme ellos algo a mí? Además, según la condesa de Portes, los franceses van a organizar un comité de bienvenida.
Sentí que se me helaba la piel. La condesa Hélène de Portes era la amante de Paul Reynauld, que acababa de sustituir a Daladier como primer ministro de Francia. Era conocida por sus opiniones de extrema derecha. ¿Reynauld también las compartía con ella?
– Camille -susurré-, por favor, dime que estás bromeando.
– Franceses o alemanes, ¿qué diferencia hay? -murmuró Camille encendiendo un cigarrillo-. Siempre que París siga siendo París.
Su tono indiferente me dejó perpleja. ¿Con quién había estado hablando Camille para llegar a aquella conclusión? La examiné con más detenimiento. Su rostro estaba pálido y se le adivinaban las bolsas bajo los ojos. Había oído que tenía problemas de dinero y corría el rumor de que sus acreedores la querían llevar a juicio. Quizá aquellas cosas fueran para ella más graves que la guerra inminente.
– ¿Has oído lo que los nazis les están haciendo a los judíos? -le pregunté.
Camille hizo un movimiento brusco con la cabeza y me miró a los ojos.
– Tú no eres judía. ¿Cuándo vas a empezar a preocuparte por ti misma?
Hice una mueca ante el modo tan displicente en el que pronunció aquellas palabras. Algunas de las mejores personas con las que habíamos trabajado a lo largo de los años eran judíos. ¿No sentía nada por ellos? Recordé que, cuando la conocí por primera vez y vi cómo trataba a los hombres, pensé que únicamente la motivaba el interés propio. Después, descubrí que tenía una hija. Sin embargo, su comentario sobre los judíos era ignorante y cruel. Aquella no era la Camille que había llegado a conocer mientras trabajaba con ella en Les Femmes. ¿O sí lo era?
Me di cuenta de que era incapaz de precisarlo. Cuando nos separamos después de nuestra cita, me quedó la incómoda impresión de que no conocía ni lo más mínimo a la verdadera Camille Casal.
Capítulo 2 6
Regresé a mi apartamento y frente al edificio encontré un montón de arena apilado sobre la acera. Había una gata escarbando en él, encantada por haber hallado algo blando en lo que poder jugar.
– ¿Para qué es la arena? -le pregunté a madame Goux, la portera.
Levantó los brazos al aire.
– Es una orden de los administradores de la ciudad. Se supone que tenemos que esparcirla en la azotea.
– ¿Por qué?
– Para evitar que los incendios se propaguen desde el tejado hasta las plantas inferiores. ¡Pero no esperarán que yo suba y baje siete tramos de escaleras con cubos de arena!
– Por supuesto que no -le respondí-. Yo la ayudaré. Estoy segura de que los demás vecinos también le ofrecerán su ayuda.
Le habría proporcionado la asistencia de Paulette, pero mi sirvienta ya había regresado a su pueblo en el oeste de Francia.