Madame Goux me contestó en tono de burla:
– Lo que quiero decir es que no lo voy a hacer. No entra dentro de mis atribuciones laborales.
– Estoy segura de que los alemanes serán muy respetuosos con sus atribuciones laborales cuando dejen caer una bomba sobre el edificio -le espeté, antes de darme la vuelta y subir las escaleras.
Me decepcioné al ver que los demás vecinos del edificio no estaban en absoluto dispuestos a ayudar, igual que la portera.
– ¡Qué cosa tan inútil! -exclamó el hombre que vivía en el piso encima del mío-. Los boches[4]no van a ir muy lejos cuando pasen la frontera porque nosotros rechazaremos su avance. El bosque de las Ardenas es impenetrable.
Solamente la vecina que vivía en el piso debajo del mío, una violinista que se llamaba madame Ibert, accedió a ayudarme. Nos cubrimos el cabello con pañuelos y durante las dos horas siguientes arrastramos cubos de arena hasta la azotea. Cada vez que pasábamos junto a madame Goux, sacudía la cabeza y dejaba escapar un bufido: «¡Fffff!». Ella no fue la única que se negó a hacer lo que los administradores pidieron. Los montones de arena fuera de los edificios de nuestra calle estaban intactos y varios niños que no habían sido evacuados se afanaban en construir túneles en ellos para sus camiones de juguete.
– Siento que le vayan a salir ampollas en las manos -le dije a madame Ibert, observándola mientras extendía la arena con una escoba.
Tenía cerca de diez años más que yo y era delgada como un pajarillo, con una mata de pelo castaño ondulado y ojos azul cobalto.
Se irguió y me dedicó una sonrisa atribulada.
– Es un precio pequeño por ayudar a Francia.
– En este edificio viven catorce personas y hay cientos en nuestra calle -comenté-. Y nosotras dos somos las únicas preparadas para luchar.
Cuando cerré los ojos aquella noche, me preocupó que aquella proporción pudiera aplicarse a todo París. Incluso con la guerra a la vuelta de la esquina, parecía que nos faltaba energía como para tomárnoslo en serio. Pensé en André. Su padre ya se había jubilado y André ahora era el responsable del negocio familiar. Me pregunté si se alistaría o si haría algo para contribuir con el esfuerzo bélico. Hablaba alemán tan bien como un nativo y sabía conducir automóviles y pilotar aviones.
Hacía meses que no lo veía y me sorprendió darme cuenta de que ya no sentía el dolor apabullante que me producía antes pensar en él. Incluso me imaginaba hablando tranquilamente con él sin sentirme morir. Cavilé sobre aquel drástico cambio en mis sentimientos y me pregunté qué lo habría provocado. Quizá ahora que la guerra estaba a punto de comenzar, sabía que nos estábamos enfrentando a algo mucho mayor que nuestra historia de amor.
A la mañana siguiente, no tuve reparos en llamar a André a su despacho para enterarme de qué pretendía hacer. Sin embargo, su secretaria me informó de que la familia Blanchard, junto con los directores de sus empresas y sus respectivas familias, se habían trasladado a Suiza hacía un mes. Me decepcionó la decisión de André, pero dado que algunas de las empresas Blanchard eran esenciales para la economía francesa, probablemente se trataba de la opción más correcta.
Unas semanas más tarde, Minot y yo montamos a su madre y a Kira en un tren con rumbo al sur. Las enviamos antes que nosotros por si necesitábamos más espacio en el coche. Bernard iría a recogerlas a Carpentras y las llevaría a la finca. A decir verdad, actuamos justo a tiempo.
A principios de mayo de 1940, el ejército alemán atacó Holanda, Bélgica y Luxemburgo. A pesar de los esfuerzos por bombardear los puentes antes de que llegaran a ellos los alemanes, una por una, todas aquellas naciones fueron cayendo en sus manos. Cualquiera que en París hubiera estado negando la realidad de la guerra, ahora vería día tras día a su alrededor pruebas de que se equivocaba. Miles de refugiados marchaban por las calles provenientes del norte. Me paré en el Boulevard Saint Michel contemplando como pasaban: una hilera de automóviles, carros tirados por caballos y bicicletas cuyos ocupantes, agotados y llorosos, tenían la mirada aterrorizada por haber presenciado los horrores de la guerra. Vi un coche conducido por una mujer embarazadísima, acompañada por una anciana que ocupaba el asiento del copiloto y cuatro niños pequeños con un gato en el asiento trasero.
Corrí de vuelta a casa y reuní las latas y la comida empaquetada que había estado almacenando. Mientras bajaba las escaleras, me encontré con madame Ibert, que salía de su apartamento.
– ¿Qué hace? -me preguntó.
– Le llevo comida a los refugiados -le contesté.
– ¡Espere! -exclamó, introduciendo la llave de su apartamento de nuevo en la cerradura-. Voy con usted.
Nos encaminamos a los Jardines de Luxemburgo, donde muchos de los refugiados se habían detenido a descansar o a que sus caballos pastaran, y les entregamos la comida a las mujeres con niños. Algunas de ellas me reconocieron y me pidieron que les autografiara sus delantales o sus pañuelos. Aquel fue un momento de normalidad en mitad del caos. Madame Ibert y yo volvimos a casa después de que hubiera oscurecido. Me sentía tan exhausta que ni siquiera me quité la ropa antes de desplomarme sobre la cama.
A la mañana siguiente, traté de telefonear a Odette, pero no lo conseguí. Agarré con fuerza la fotografía que me había enviado de la hermosa pequeña Simone e intenté pensar en qué debía hacer. Finalmente, corrí al despacho de monsieur Etienne. Cuando encontré la puerta cerrada, me dirigí a su apartamento. Estaba en casa, haciendo las maletas.
– Vamos a quedarnos con la familia de Joseph en Burdeos -me anunció.
Burdeos todavía era Francia. Me hubiera sentido más tranquila si hubieran abandonado Europa totalmente. Ayudé a monsieur Etienne a empaquetar sus papeles y algunas fotografías en cajas de cartón mientras el corazón se me encogía al recordar mi primer día en París. Resultaba casi ridículo pensar que me había sentido tan intimidada por aquel hombre, al que ahora consideraba un amigo muy querido. Me pregunté qué sería de nosotros. ¿Acaso nos volveríamos a ver?
– Buena suerte, mademoiselle Fleurier -me dijo monsieur Etienne besándome las mejillas.
Siempre me había parecido un hombre muy firme y seguro de sí mismo, pero ese día detecté que sus manos temblaban y percibí la fragilidad que se asomaba en su mirada.
– ¿Nunca me llamará usted Simone, por mi nombre de pila? -le pregunté, quedándome sin habla.
– No -me respondió, sonriendo a través de sus propias lágrimas-. Además, ahora lo único que conseguiría sería confundirla con mi propia sobrina nieta.
Regresé a casa y encontré allí a Minot en estado de pánico.
– ¡Mademoiselle Fleurier! -exclamó-. ¡Tenemos que irnos ya!
Me explicó que se había visto a un paracaidista alemán aterrizando en los Campos Elíseos.
Llamé a un amigo en Le Fígaro para ver si podía confirmarme la noticia.
– Era un globo de observación que se ha desplomado -me contó-. Pero hemos recibido notificaciones de alemanes cayendo del cielo vestidos de curas, monjas e incluso de coristas. Ayer por la noche alguien llamó para anunciar que había visto caer todo un cuerpo de baile.
– ¿Así que París está tranquilo ante la crisis? -comenté.
A pesar de la situación, de algún modo, logramos echarnos a reír.
– ¿Está usted de broma, mademoiselle Fleurier? -me contestó-. Las autoridades no logran que la gente de París coopere. Se comportan como si la guerra fuera una especie de incomodidad, como un apagón o una huelga. El ayuntamiento pone en marcha las sirenas antiaéreas para avisarles y en lugar de correr a refugiarse en sus sótanos, se asoman a la ventana para ver qué pasa.