– Merde! -exclamó Minot, mirando por el retrovisor-. ¿Qué diablos es eso?
El tráfico se detuvo ante nosotros. La gente salía corriendo de sus coches y huía por los campos hacia un bosquecillo compuesto por unos cuantos árboles. Aquellos que conducían carros se escondieron en los bajos.
La maestra de escuela y su ayudante saltaron de la camioneta, sacando a los niños tras ellas. El conductor salió de la cabina para ayudarlas. Yo me bajé del coche. Desde el campo, un holandés se volvió y gritó: «¡Stukas! ¡Stukas!», pero los franceses, que no comprendían lo que estaba sucediendo, se miraban unos a otros. Entonces fue cuando los vi: dos aviones alemanes se dirigían hacia nosotros.
No obstante, se trataba de aviones del ejército, que buscaban objetivos militares. No bombardearían a refugiados desarmados. Los aviones descendieron de altitud. El corazón se me paró dentro del pecho. Minot y madame Ibert se tumbaron en el suelo del coche.
– ¡Agáchese! -me gritó Minot.
Pero yo tenía los ojos fijos en los niños que estaban intentando llegar hasta el bosquecillo, su maestra y la ayudante tiraban de ellos y los conminaban a seguir. El conductor corría mientras llevaba a dos críos bajo los brazos.
– ¡¡¡No!!! -grité.
Se oyó un repiqueteo, como si una lluvia de piedras estuviera golpeando la carretera. El polvo ascendió en oleadas. Los cuerpecillos se sacudieron y cayeron al suelo. La maestra se quedó helada, moviéndose a izquierda y derecha, tratando de interponerse entre una niña y las balas hasta que tanto ella como la cría cayeron derribadas boca abajo. La ayudante cayó un instante después. El conductor todavía corría delante de ellas, aunque lo retrasaba el peso de los dos niños que llevaba en brazos. Un hombre salió de entre los árboles hacia ellos y agarró a uno de los niños. Prácticamente consiguieron ponerse a cubierto, cuando uno de los aviones se dio media vuelta.
Los derribó a los cuatro con un granizo de balas antes de tomar altura y desaparecer en el cielo siguiendo a su compañero.
Logré que mis piernas me transportaran hasta el borde de la carretera. Nadie más se movió, todos estaban aterrorizados pensando que los aviones podían volver. Contemplé el montón de cuerpos sanguinolentos sobre la hierba. A tan poca altura, los pilotos tenían que saber que sus objetivos eran niños. Les habían dado caza por puro deporte.
– ¡Esos malnacidos! -gritó Minot, corriendo junto a mí y agitando las manos en el aire-. ¡Malditos malnacidos asesinos de niños!
La gente que había huido para refugiarse en el bosquecillo corrió de vuelta por los campos. Se apresuraron a acercarse a los cuerpos, pero quedó claro por sus rostros solemnes que no había supervivientes. Una mujer cayó de rodillas y plañó junto al cuerpo del hombre que había salido a ayudar al conductor de la camioneta. Surgió una discusión entre los supervivientes: unos minutos más tarde, tres hombres volvieron a sus vehículos y sacaron unas palas. Parecía que no había modo de llevar aquellos cuerpos a una iglesia, así que tendrían que enterrarlos allí donde habían caído. Una mujer preguntó si había algún cura entre los refugiados y el mensaje se transmitió por toda la fila de coches. Se adelantó un ciclista, gritando el llamamiento. Un hombre vestido de sotana salió de un coche y se dirigió hacia la escena de la masacre.
Cerca de veinte personas se quedaron atrás para ayudar a enterrar los cuerpos de los niños y sus cuidadores. El resto de los presentes regresó a sus vehículos. No les quedaba nada más que hacer que continuar la marcha. De la conversación que escuché entre dos mujeres que pasaron a mi lado, comprendí que no era la primera vez que los pilotos alemanes habían bombardeado a los refugiados. Entonces entendí por qué muchos coches que había visto cruzando París llevaban colchones firmemente sujetos a las bacas.
– Vamos, mademoiselle Fleurier -me dijo madame Ibert, pasándome el brazo por la cintura-. Es mejor que sigamos adelante. No hay nada más que podamos hacer aquí.
Pensé en la mirada de la maestra cuando le entregué la comida. ¿Quién era aquella mujer que había dado su vida por unos niños que ni siquiera eran sus hijos? ¿Quién era su ayudante, una chica joven, mucho más joven que yo, y que también se había sacrificado? ¿Y el conductor cuyo rostro no llegué a ver? Quería llorar por la pérdida de almas inocentes enfrentadas al mal, pero no surgió ningún sonido de mi garganta. Tuve una arcada, pero no había suficiente comida en el estómago como para que pudiera vomitar nada.
Madame Ibert me frotó la espalda.
– ¿Sabe usted conducir? -le pregunté.
– Sí -me contestó.
Me erguí.
– Minot tiene un mapa para llegar hasta la finca. ¿Puede usted hacer turnos con él para hacerlo?
Asintió.
– Usted descanse en el asiento trasero. Yo puedo conducir -me dijo, volviéndose hacia el coche.
La agarré del brazo.
– Lo que quiero decirle es: ¿puede usted ayudar a Minot a llegar a Sault? Yo regreso a París.
Me mantuvo la mirada fijamente.
– Hay algo que tengo que hacer -le expliqué.
Minot, que había estado escuchando nuestra conversación, se acercó hasta nosotras.
– Mademoiselle Fleurier, está usted conmocionada. Ahora se siente perturbada. Cálmese. No hay nada que ya pueda hacer.
Sin embargo, madame Ibert pareció comprenderlo. Debió de verlo en el fondo de mis ojos. El asesinato de aquellos niños había hecho brotar algo de una semilla que albergaba en mi interior y ahora estaba empezando a crecer. Llegó hasta el coche, sacó una botella de agua y un poco de comida y las puso en una bolsa de paja que me entregó a continuación.
– Tardará como mínimo un día entero en volver andando -me advirtió mientras introducía en la bolsa de paja un cuchillo militar que guardaba en el bolsillo-. Y puede que resulte peligroso.
Minot nos miró a madame Ibert y a mí sacudiendo la cabeza. El círculo de hombres cavando que golpeaban el duro suelo rompió el silencio. Cerré los ojos para evitar pensar en aquel sonido. Cuando los abrí de nuevo, Minot me estaba sosteniendo la mano.
– Envíenos unas líneas tan pronto como pueda. Temo por usted, pero comprendo que no lograré hacerla cambiar de opinión.
Contemplé a Minot y madame Ibert montándose en el coche y arrancando el motor. Después, me volví y comencé a caminar de vuelta por la carretera, en dirección contraria al tráfico. No hubiera sido capaz de precisar en aquellos momentos qué pretendía hacer cuando llegara a París. Lo único que tenía eran mi frágil coraje y la convicción de que no podía huir de las fuerzas oscuras que habían anegado Alemania y que ahora estaban cayendo sobre Francia. Hasta mi último aliento, me opondría a aquel mal sin ceder ante él. Me prepararía para luchar.
Capítulo 2 7
Tardé tres días en regresar a París. Pasé una noche en un campo, hecha un ovillo bajo un árbol con el cuchillo que madame Ibert me había dado junto a mí. La noche siguiente, dormí en un granero. De vez en cuando paraba a la gente por la carretera para avisarla sobre el ataque alemán. Un hombre en bicicleta me contempló con ojos incrédulos, pero me prometió que difundiría el mensaje. Nadie me reconoció. Con aquellas medias andrajosas, el vestido arrugado y el pelo tieso por el polvo, no guardaba precisamente demasiado parecido con la radiante figura que aparecía en los carteles del Adriana o el Casino de París. Me sentía tan cansada, sedienta y hambrienta que empecé a ver manchas ante mis ojos. A la tercera mañana, logré que me llevara una ambulancia de la Cruz Roja, el único vehículo que iba en dirección contraria al tráfico.