Una semana más tarde, mientras nos hallábamos reunidos en la suite del hotel, el Juez anunció que Ratón, Eduard y él mismo se marcharían esa noche en un tren en dirección a Toulouse.
– ¿Y qué pasa con Roger? -preguntó madame Goux.
– Él se queda -respondió el Juez.
El corazón se me paró un instante. No reuní el arrojo para mirar a Roger. No tenía ni la menor idea de quién era en realidad, pero estar cerca de él se había convertido en algo importante para mí.
– ¿Para qué? -inquirió madame Goux.
– Todavía hay cientos de pilotos derribados en Francia -le explicó Roger, poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la ventana-. También hay prisioneros de guerra fugados que están tratando de venir hacia el sur por su cuenta. A muchos de ellos los vuelven a capturar. Es una pérdida de hombres con experiencia para los Aliados. Mi contacto está preparando una serie de pisos francos desde París por todo el camino hasta el sur para conseguir llevar a esos hombres hasta los Pirineos. Pero necesita colaboración y gente en la que pueda confiar. Me voy a quedar en Francia para ayudarlo con su red.
Me sentí sobrecogida por la valentía de Roger. Los franceses demostraban demasiada cobardía egoísta, y allí había un extranjero preparado para arriesgar su vida por luchar contra el enemigo.
– Yo también quiero contribuir -le aseguré-, en todo lo que pueda.
– Y yo -afirmó madame Goux.
El rostro de Roger se iluminó.
– Ninguna de las dos se puede imaginar lo valiosas que son ustedes para la Resistencia. Pero no quiero pedirles más de lo que ya han hecho, señoras.
– Pida usted -le insté-. ¿Qué podría ser más importante para nosotras que salvar a Francia?
Roger se sentó junto a mí.
– El apartamento de París…, ¿podríamos usarlo?
– Por supuesto -le respondí-, y también tengo una casa en Marsella que he heredado. Está en el Vieux Port. No es nada del otro mundo, pero la he reformado por dentro y no es en absoluto llamativa.
Roger dio una palmada.
– ¡Habla alemán e inglés y tiene una casa en Marsella! ¡Qué descubrimiento es usted para la Resistencia!
Se volvió hacia madame Goux.
– También me tiene usted impresionado, madame. Me gustaría que volviera a París para que pueda mantener vigilado el edificio. Volveremos allí.
– ¡Mañana! -exclamé.
Pensé en el plan para visitar a mi familia una vez que el grupo de huidos se hubiera marchado. Me preocupaba saber si Minot y madame Ibert habían llegado sin percances a la finca y también si Odette y su familia estaban allí. Le expliqué mi situación a Roger, que se entusiasmó por lo que le conté.
– ¡Así que no solo rescata animales abandonados, mademoiselle Fleurier! -exclamó-. ¡También cuenta con experiencia rescatando y escondiendo gente!
Me ardía la cara. ¿Por qué todos los cumplidos que me dedicaba me hacían sentir como una niña pequeña? Un francés jamás habría logrado tal cosa.
– ¿Dónde está Sault? -preguntó, desdoblando un mapa de Francia-. ¿Cómo llegamos hasta allí?
Le mostré la línea que marcaba la vía del tren a Aviñón. Aunque el viaje se prolongaba durante cerca de seis horas con todas las conexiones, pareció emocionado.
– ¿Estaría su familia dispuesta a esconder militares aliados? Se trata de un lugar muy apartado, por si en algún momento necesitamos un sitio en donde puedan quedarse hasta que se calmen las cosas.
– Mi padre luchó contra los alemanes en la Gran Guerra -le conté-. Mi familia no tolerará el colaboracionismo.
Al oír aquello, Roger cambió de planes. Sugirió que madame Goux regresara a París lo antes posible, mientras que él y yo iríamos a ver la finca.
– ¡Ejem! -tosió el Juez, señalándose el reloj.
Les di un beso de despedida a Ratón, al Juez y a Eduard con tanto cariño como si fueran mis propios hermanos.
– Espero que volvamos a encontrarnos en tiempos mejores -les dije.
Capítulo 30
A la mañana siguiente, madame Goux, Roger, los animales y yo cogimos el tren expreso de las ocho hacia el norte. Roger y yo nos quedaríamos en Aviñón, mientras que madame Goux seguiría su camino hacia París con mi equipaje.
Después de que Kira llegara a la finca con la madre de Minot, Bernard me había escrito para decirme que mi madre y mi tía estaban emocionadas con su nueva compañera felina, pues Bonbon acababa de fallecer unos meses antes. ¡Qué sorpresa se llevarían cuando vieran que iban a tener cuatro animales más! Y aun así, alojar animales era menos peligroso que lo que Roger y yo estábamos a punto de pedirles. La guerra estaba disminuyendo mi sensibilidad al miedo. Los nervios antes de subir al escenario que había padecido durante años ahora parecían ridículos frente a la presencia de ánimo necesaria para trabajar con la Resistencia. Me sentía preparada para llegar a donde fuera con el objetivo de liberar a Francia, pero ¿podía pedirle a mi familia que también corriera el mismo tipo de riesgos?
Debido a la reducción de servicios ferroviarios entre el norte y el sur, y puesto que no habíamos reservado con antelación, tuvimos que conformarnos con subir a un atestado vagón de tercera clase. La peste a cebolla de los cuerpos sudorosos que nos rodeaban, los niños gritando por los pasillos y el equipaje amontonado a nuestros pies limitaba la conversación entre nosotros. Los perros y Chérie tuvieron que viajar en el vagón del equipaje, aunque el revisor fue muy amable y prometió asegurarse de que tuvieran suficiente agua.
Cuando el tren frenó hasta detenerse en Aviñón, nos despedimos de madame Goux y nos abrimos paso hasta la puerta de salida. Ya no existía el servicio ferroviario a Carpentras, así que Roger, los animales y yo tuvimos que tomar el autobús. El rubicundo conductor dejó escapar un gruñido cuando vio la cantidad de animales que llevaba conmigo.
– Transportar ganado va en contra de la normativa de la Compagnie Provençale des Transports Automobiles -me espetó.
– Seguramente no está usted hablando de «ganado» refiriéndose a mis animales de pedigrí, ¿verdad? -protesté-. Son parte de mi número artístico.
– ¡Pffff! -resopló, encogiéndose de hombros-. Me da lo mismo, como si mantiene usted relaciones sexuales con ellos. Va en contra de la normativa, excepto que quiera que los coloque en la baca con el resto del equipaje.
Me di cuenta de que no iba a poder embaucar a aquel sureño de aliento a ajo flirteando como lo había hecho con el oficial alemán. ¿Acaso sería capaz de hacerlo cualquier otra mujer? Terna los ojos inyectados en sangre y suciedad acumulada en los pliegues de la frente. Decidí que la solución era pagarle más dinero. Aquella fue una oferta que aceptó ásperamente, cobrándome un billete de adulto por Bruno y billetes infantiles por Princesse y Charlot y una tarifa extra por Chérie, por «sobrepeso».