«Bueno, pues ya está», me dije a mí misma cuando me pidieron que avanzara. Traté de recordar la sensación que había experimentado la última noche que canté en Le Chat Espiègle. Por suerte, proyecté la voz con seguridad y con tanta vitalidad que resonó por toda la sala. Me esforcé por mirar a mi alrededor como si estuviera cantando para un público real y especialmente a los dos hombres. Monsieur Lemarchand me devolvió la sonrisa, pero monsieur Derval no me miraba, sino que estaba concentrado en quitarse un hilo suelto de la manga. Aunque solo nos exigían que cantáramos unos pocos compases para la primera ronda, ninguno de los dos me interrumpió, así que continué cantando el estribillo. Monsieur Derval acabó por levantar lamano únicamente cuando la primera estrofa volvió a repetirse.
– Gracias, mademoiselle Fleurier -me dijo Raoul-. Vuelva al fondo del escenario y la veremos bailar.
Estaba nerviosa por haber cantado, pero me concentré en el baile junto con mi compañera. No tendríamos por qué habernos molestado: monsieur Lemarchand y monsieur Derval no nos estaban mirando. Estaban discutiendo sobre algo, inclinados sobre los respaldos de sus butacas para que no se les oyera, pero escenificaban su conflicto con una serie de gestos de las manos y sacudidas de cabeza. Siguieron discutiendo incluso después de que mi compañera y yo adoptáramos nuestra pose final. Monsieur Lemarchand miró hacia donde yo me encontraba y comprendí que estaban hablando de mí. Mi compañera y yo no tuvimos más remedio que quedarnos congeladas en la misma postura. Raoul se cruzó de brazos y se paseó arriba y abajo por el escenario delante de nosotras, tratando de distraer la atención de la discusión, pero llegaron a mis oídos algunas de las frases que pronunciaron.
Monsieur Lemarchand dijo:
– Es encantadora. Diferente. ¡Vaya voz!
A lo que monsieur Derval le respondió:
– No es lo bastante bonita para el Folies Bergère.
La discusión llegó a su fin y monsieur Derval se volvió hacia nosotras y sonrió.
– Gracias, mademoiselle Fleurier, eso será todo -dijo.
«¡No es lo bastante bonita para el Folies Bergère!» Las voces de los pasajeros del métro sonaban apagadas mientras yo repasaba la audición una y otra vez en mi cabeza, convirtiéndola en una catástrofe mayor de lo que en realidad había sido. Las chicas en mallas se convirtieron en chillonas rayas rosas y negras; la música del piano sonaba metálica y distorsionada; Raoul se convirtió en un gigante al acecho; y los rostros de messieurs Derval y Lemarchand se fundieron en uno solo, con una boca grotesca que me gritaba: «¡No eres lo bastante bonita!».
Tosí y miré por la ventana la oscuridad que pasaba a toda velocidad. ¿No me había advertido tía Augustine de que yo no tenía la apariencia física de Camille, mucho más acorde al teatro de variedades? Un espasmo de hambre se me agarró al vientre y pensé en la gélida habitación que me esperaba en Montparnasse. Después, me imaginé a mi madre y a Bernard sentados a la mesa de la cocina en la finca. A tía Yvette asando patatas al fuego. La luz de las llamas parpadeó en las paredes y se reflejó en las copas de vino sobre la mesa. ¿No sería más fácil regresar?
Me encogí de hombros y deseché aquel pensamiento. Claro que sería más fácil regresar y rodearme de gente que me quería, dormir en una cama caliente y tener el estómago lleno. Pero la chica que se contentaba con pasear por las colinas de Pays de Sault y con soñar con la cosecha de lavanda ya no existía. Yo quería subirme al escenario.
Cuando llegué a Châtelet para hacer el transbordo, ya estaba completamente rendida por mis pensamientos dramáticos y me había convertido en un dechado de estoicismo. Decidí que tenía que olvidarme de la audición del Folies Bergère. ¿No había fracasado en la audición de Le Chat Espiègle y finalmente había conseguido el papel? ¿Y no había elogiado mi voz monsieur Lemarchand, uno de los directores artísticos más grandes de París?
El tren en dirección a Vavin entró en la estación. «Además -pensé mientras tomaba asiento en el vagón intermedio-, no quiero ser un mero pájaro emplumado correteando por el escenario, independientemente de lo prestigioso que monsieur Etienne piense que es». Abrí el bolso y saqué el programa de audiciones. La próxima era al día siguiente por la noche en un club nocturno de Pigalle.
«¡Esta vez sí!», me dije a mí misma, mirando el número de cantantes que había en el espectáculo. Solo eran tres, no dieciséis. ¡Prácticamente era un papel de solista!
Capítulo 9
A la noche siguiente, me marché a la audición de muy buen humor. Me había pasado la mañana frotando las paredes y el suelo de mi habitación. Después cogí el métro a Ménilmontant para comprar sábanas en un mercado y un fino colchón de algodón sobre el que pondría un segundo colchón cuando tuviera más dinero. Descansé por la tarde, preparándome para la audición y repasando las baladas que había elegido de Sherezade. Pensé que en un local más pequeño preferirían una actuación más intimista.
Eran casi las diez en punto cuando salí del métro en Pigalle. Me asombró ver de qué forma cambiaba por la noche el ambiente de la ciudad en el barrio de ocio de la orilla izquierda. Por las decrépitas callejuelas resonaba una animada música: acordeones, violines y guitarras; voces de sopranos y contraltos; canciones en francés y en inglés. La música atronaba desde los cafés y retumbaba desde los clubes. Los extranjeros abarrotaban las calles: escandinavos, alemanes y británicos. Pero más que todos ellos juntos, había estadounidenses. Un hombre, demasiado joven para el bastón sobre el que se apoyaba, estaba hablando con un grupo de hombres y mujeres ataviados con traje de noche. Comenzaba todas sus frases con una palabra parecida a yawl, mientras que ellos terminaban todas con otra parecida a schure.
«Yawl. Schure», repetí para mis adentros mientras caminaba por el Boulevard de Clichy. Había meretrices por todas partes luciendo ceñidas faldas a pesar del frío. Pasé por delante de un bar con un cartel, «Café des Americains», sobre la puerta. La gente se sentaba en los alféizares y salía a tropel por la puerta. La música resonaba por las ventanas. Me sorprendió la energía y dinamismo de aquella melodía: un piano, una batería, una trompeta y un trombón. Sonaba como una banda de música, pero con menos orden. El cantante comenzó a cantar: «Boo-boobly-boo-boo». No hubiera sabido decir si estaba cantando en un idioma extranjero o simplemente emitiendo sonidos sin sentido, pero me gustaba cómo entonaba la voz y después volvía a cantar la nota más aguda.
El club nocturno que yo estaba buscando se encontraba fuera de la calle principal, por una callejuela que apestaba a orina de gato. Me costó trabajo localizar la puerta, pero cuando lo hice me di cuenta de que no tenía pomo. Llamé y esperé. No sucedió nada. Me pregunté si habría otra entrada desde la calle principal. Lo comprobé, pero no había. Volví a la puerta y esta vez la golpeé con el puño cerrado. Tras un minuto, se abrió y me encontré cara a cara con una mujer con el cabello peinado en un moño en lo alto de la cabeza y una barbilla que se hundía hacia el cuello.
– Estoy aquí para la audición -le dije.
La mujer señaló con el dedo pulgar por encima del hombro. Una nube de tabaco hizo que me escocieran los ojos y tardé unos segundos en detectar las sucias paredes pardas y las botellas alineadas en el mostrador. El club estaba lleno de hombres, solos o en pequeños grupos, apiñados sobre sus bebidas o juegos de cartas. Uno de ellos miró por encima del hombro y me frunció el ceño. Me volví y me encontré frente a lo que adiviné que era el escenario del locaclass="underline" unas cuantas tablas que se sostenían sobre un par de caballetes de aspecto frágil. La hondonada que había en el medio no me inspiraba ninguna confianza.