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Miré fijamente a madame Chardin. Estaba hablando un idioma que yo no entendía.

– Yo pensaba que los complementos eran para hacer que las cosas fueran bonitas.

– Mire esto -dijo madame Chardin, dando un paso atrás y abriéndose la bata para mostrarnos su vestido y su elaborado broche-: El corte tiene que ser simple y perfecto. Después se elige algún complemento de manera que destaque, como un diamante o un trozo de terciopelo. Las estadounidenses nunca se deciden entre un par de zapatos rojos, un collar de perlas africanas o una pulsera de jade…, ¡sino que se lo ponen todo junto! Sin embargo, para tener estilo, hay que saber dónde parar. Elija un complemento, ¡solo uno! Ese es el secreto para tener un aspecto chic.

Cuando madame Chardin terminó de cortarme el pelo, calentó un rizador e hizo ondas en los bucles que me salieron a los lados y en las puntas. Contemplé mi reflejo, incapaz de asimilar la transformación. Me sentía aturdida, pero satisfecha. Me imaginé a mí misma bebiendo café crème en la Rotonde. Podía ir a cualquier sitio de París con un peinado así.

– ¡Dios mío! -exclamó Odette-. ¡Estás despampanante! ¡Espera a que te vea mi tío!

En el exterior, el cielo se había encapotado y estaba empezando a caer aguanieve.

– Cogeremos un taxi -dijo Odette, haciendo un gesto con la mano para llamar a uno.

El coche se detuvo y me subí a él después de Odette.

– A las Galerías Lafayette -le dijo Odette al conductor.

– ¿Por qué vamos a las Galerías Lafayette? -le pregunté.

Odette puso los ojos en blanco.

– A buscar el vestido nuevo que necesitas para que vaya a juego con tu peinado.

Si algo quedó claro aquel día fue que Odette y yo éramos tal para cual en cuanto a la falta de sentido práctico. Yo vivía en una habitación sin calefacción y con un fino colchón. Necesitaba una alfombra en el suelo y cortinas en las ventanas para evitar que entrara si frío exterior o pronto me moriría de una pulmonía. Pero, en lugar de eso, pagué todo el dinero que tenía por un vestido negro, sabiendo que si se lo hubiera enseñado a mi madre y a tía Yvette habrían contemplado su corte recto, el cuello de pico, el terciopelo de las mangas y la elegante tela de crêpe de Chine y me habrían preguntado: «¿De quién es el funeral?».

Capítulo 1 0

La entrada del Café des Singes era una puerta a nivel del sótano bajo una tienda de camas. Presioné el timbre y esperé a que me respondieran, mirándome el pelo en el reflejo de la placa de cobre. Nadie respondió, así que llamé al timbre de nuevo. Como seguían sin abrirme, giré el pomo de la puerta y me sorprendió comprobar que estaba abierto.

– ¿Hola? -exclamé, empujando la puerta y mirando hacia la oscuridad.

Vacilé junto a la maceta de una palmera y arrugué la nariz: el aire estaba congestionado por un deje de olor a tabaco, menta y anisete. El único foco de luz natural provenía de unos paneles esmerilados a cada lado de la puerta, y el decorado del club de moqueta marrón, sillas de cuero y paredes de planchas de madera conspiraba para absorber la poca iluminación que los paneles de cristal proporcionaban. El club era lo que se denominaba una boîte de nuit: tenía una barra sin banquetas arrinconada en una zona y un espejo recorría la pared de detrás de la barra. En la esquina opuesta a la puerta estaba la plataforma del escenario y un piano. Dispersas frente a ella había un par de mesas para grupos de seis y una docena de mesas para dos. Más allá de las mesas vi una puerta giratoria que supuse que conducía a la cocina. Hablé en aquella dirección:

– ¿Hola?

Había un cartel que informaba a los clientes de que, aunque se pudiera consumir comida y bebida durante las actuaciones, solo se admitían pedidos durante los descansos entre números. Claramente, aquel era un club en el que se respetaba a los músicos. Me pasé la lengua por los labios, contenta y nerviosa a la vez. Monsieur Etienne debía de estar tomándome muy en serio para sugerir que hiciera una audición allí. Esperaba no decepcionarle.

Había un menú sobre una mesa. Le eché un vistazo. «Cassoulet: 15 francos.» Me quedé boquiabierta. Yo había pagado tres francos por una comida completa con pan, cassoulet de cordero y vino en el café para estudiantes. Me alisé el vestido, contenta de que Odette me hubiera hecho comprarlo, y me estremecí al pensar que podría haber acudido con mi viejo vestido a un lugar en el que la gente pagaba quince francos por un solo plato.

Examiné el menú otra vez: «Pâté de foie gras truffé: 25 francos; coq au riesling: 20 francos». Mi estómago emitió un gruñido. Abrí la solapa y vi que había otro menú en el interior. «Menú Américain. Asado de ternera: 15 francos; pollo frito: 16 francos.»

Una voz de mujer bramó en la oscuridad:

– ¿Tienes hambre?

Levanté la vista. La mujer se encontraba junto a la puerta de la cocina, ataviada con una larga falda de tubo adornada con lentejuelas. Se mantenía plantada en el suelo sobre unas piernas firmes, con tacones tan altos como largos eran sus pies. Llevaba el cabello rojizo corto a la altura de unos marcados pómulos y remataba el peinado con una cinta del pelo adornada con cuentas.

– Sí. Quiero decir… ¡No! -tartamudeé, dejando caer el menú.

La mujer me dedicó una sonrisa ladeada.

– Pronto te alimentaremos -me aseguró, con un tono socarrón pero bienintencionado-. Cuando Eugene termine de atiborrarse en la cocina, escucharemos tu canción.

Por su risa áspera y su presencia imponente, supe que tenía que ser madame Baquet. Me dijo que me quitara el abrigo y me sentara en una mesa. Se sentó al lado contrario y la silla crujió bajo su peso.

– ¿Has visto algo que te guste? -me preguntó, señalando el menú.

Aunque era la carta más lujosa que había visto en mi vida, me pudieron los nervios. Lo único que acerté a decirle fue que una tortita estaría bien.

Echó la cabeza hacia atrás y emitió una carcajada que resonó por toda la habitación.

– Tendríamos que ir al otro lado de la calle para conseguir una de esas. ¿Cuántos años tienes? Eres más joven de lo que yo pensaba.

Por un segundo consideré la posibilidad de mentir, pero me lo pensé mejor. Madame Baquet era demasiado perspicaz para eso. Decirle la verdad era lo más adecuado.

– Tengo casi dieciséis -respondí.

– Un bebé, justo lo que yo pensaba. -Emitió con la lengua un sonido parecido a una risa ahogada-. Ha pasado mucho tiempo desde que yo tuve tu edad. Y aun así, monsieur Etienne dice que eres excepcional, y si alguien sabe lo que significa esa palabra está claro que es él.

De la cocina surgió un estruendo de sartenes cayéndose al suelo. Madame Baquet se giró sobre sí misma y gritó:

– ¡Eugene! ¿Vienes ya o solo estás destrozando el establecimiento?

– ¡Ya voy! -contestó una voz de hombre desde detrás de la puerta giratoria.

Sonó el timbre y madame Baquet se levantó para abrir la puerta. Sentí alivio al ver a monsieur Etienne y a Odette, que esperaban en el rellano.

– Bonjour! -les saludó madame Baquet-. Justo estaba charlando con su cantante. Eugene está esforzándose por provocarse una indigestión en la cocina, pero saldrá en un minuto.

Poco después de que monsieur Etienne y Odette me saludaran, la puerta de la cocina se abrió bruscamente sobre sus goznes y un hombre negro entró a toda prisa en la estancia mientras se limpiaba la boca con una servilleta. La arrojó sobre una de las mesas.