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Eugene me presentó y yo inicié la canción con entusiasmo, pero mi esfuerzo fue recibido con indiferencia. Parpadeé a la oscuridad. Nadie me estaba prestando atención, ni siquiera el hombre de ojos oscuros. ¿A quién iba a cantarle para atraer a los demás, si nadie demostraba interés? La mesa de franceses se concentraba en admirar los entrantes variados que les acababan de servir, los estadounidenses estaban encendiéndose mutuamente los cigarrillos y contándose unos a otros sus historias. Madame Baquet iba serpenteando entre ellos, tratando de atraer la atención hacia mí, pero era labor del artista cautivar a su público, no de la dueña del local. Ella solo era responsable de asegurarse de que sus invitados se lo pasaran bien, independientemente de mí. «Por favor, míreme», le rogué en mi interior al hombre de ojos negros. Sin embargo, él continuó comiéndose una alcachofa con fruición. Tenía dificultades para hacer que mi voz se escuchara por encima del parloteo. Podría haber cantado cualquier cosa en cualquier idioma y aun así nadie me habría escuchado. Le eché una mirada a Eugene, pero estaba tan concentrado en su música que no se dio cuenta de que yo tenía problemas.

«Depende de mí.» La letra de la canción de Sherezade apareció como un fogonazo en mi mente. «Depende de mí.» Recordé lo aterrorizada que estaba el día que me vi catapultada al papel protagonista en Le Chat Espiègle por una emergencia.

Comencé a cantar el número de la introducción de Sherezade, dejando que Eugene continuara con la canción del champán. Un escandaloso grupo de estadounidenses podía ahogar la voz de una cantante de club nocturno, pero tendrían más dificultades para competir con la capacidad pulmonar de una artista de teatro de variedades. Cogí aire y les hice saber lo poderosa que podía llegar a ser mi voz. En menos de un instante, cesaron las conversaciones, apartaron a un lado los cuchillos y tenedores, dejaron de tintinear las copas y todas las miradas se volvieron hacia mí.

Al principio, el cambio repentino del jaleo al silencio sepulcral me desconcertó. Eugene, imperturbable ante el hecho de que yo hubiera cambiado a otra canción, continuó tocando la tonadilla del champán.

Durante algunos compases, canté desentonando con la música, pero entonces pensé en madame Baquet, cantando mientras discutía mi contrato con monsieur Etienne, y volví a la canción del champán, como si aquella hubiera sido mi intención en todo momento. Acabé el número con la sensación de que o bien había destruido mis posibilidades en el Café des Singes o bien mi actuación causaría sensación. Se me subió el corazón a la garganta cuando me di cuenta de que el sonido que escuchaba dentro de mis oídos ya no era el latido de mi sangre, sino un aplauso.

– Elle est superbe! -gritó alguien-. ¡Es magnífica!

Completé mi repertorio arropada por la calidez radiante de las sonrisas que el público me dedicaba. Se pusieron en pie después de mi bis para aplaudir aún más y gritar: «¡Bravo!». Mi primera actuación en París no solo fue un éxito: fue un triunfo. Los estadounidenses avanzaron rápidamente para estrecharme la mano y gritarme en su informal francés: «Tu es magnifique!». Introdujeron tantos billetes en nuestro bote de propinas que Eugene tuvo que apretarlos con el puño para hacer hueco. Zelda Fitzgerald dejó caer un anillo de perlas.

– Para la buena suerte -me dijo, tocándome la mejilla con un dedo congelado.

Tuve la sensación de que alguien me estaba observando fijamente y cuando me di la vuelta encontré al hombre de los ojos negros de pie detrás de mí.

– Una actuación memorable, mademoiselle -me dijo sonriendo, y deslizó un fajo de billetes en el bote.

Fue como si alguien hubiera roto una botella de champán contra mi cabeza y tuviera que esforzarme por ver a través de las dulces burbujas. Abrí la boca para hablar, pero perdí la oportunidad porque los estadounidenses que se estaban tomando otra ronda en la barra estallaron en carcajadas, aunque ya casi era la hora del cierre.

– Au revoir-me dijo, todavía sonriéndome-, espero verla actuar de nuevo.

Mis ojos no abandonaron su espalda. Lo observé uniéndose a sus acompañantes, que estaban ocupados recogiendo sus abrigos. Cuando se volvió y me dedicó una última mirada antes de salir por la puerta e internarse en la noche, sentí que acababa de conocer a una persona que algún día cambiaría mi vida.

Capítulo 1 1

Gané tres veces más de lo que esperaba con las propinas en el Café des Singes aquella noche. Como no había contado nunca antes con dinero propio, no tenía ni idea de qué podía hacer con él aparte de gastármelo. Al día siguiente, inspirada por la filosofía de Odette, me fui de compras. Recorrí las secciones de ropa, calzado y cosméticos de las Galerías Lafayette, con las piernas temblorosas y la cabeza funcionándome a mil por hora. Pero no eran ni el dinero ni las compras los que me provocaban esas sensaciones. Me deleitaba en recordar la sonrisa del hombre de ojos negros. ¿Era posible que intercambiar unas pocas palabras con un extraño me hiciera sentir tan…? ¿Qué? ¿Viva?

No regresé a mi habitación hasta después de anochecer. Le di una propina al taxista por llevarme las bolsas y las cajas hasta la puerta. Miró con aprensión el desorden de escobas mugrientas, cubos y basura que se amontonaban en el final del rellano. Yo estaba tan ensimismada con mis nuevas adquisiciones que no se me había ocurrido sentir vergüenza por el ruinoso estado del edificio donde vivía. El taxista debía de preguntarse qué hacía viviendo en aquel estercolero alguien que había comprado tantas cosas en las Galerías Lafayette. Lo observé mientras descendía las escaleras, tapándose la nariz para no respirar el olor a moho y a excrementos de perro que apestaba el ambiente.

Dejé mis tesoros sobre la cama. Apenas podía creerme que fuera mío el vestido esmeralda con mangas a la altura de los codos, ni que lo hubiera comprado gracias al dinero que había ganado cantando. Mi adquisición más cara fue un abrigo de tela estampada. Con solo echármelo sobre los hombros, me sentí instantáneamente abrigada. Me probé toda la ropa nueva, incluido un camisón de lino que había comprado para sustituir el mío, que estaba desgastado. Y abrí la caja que contenía un espejo de plata con soporte. Coloqué el espejo sobre la cama y me alejé todo lo que pude, tratando, sin conseguirlo, de verme entera en él.

Pretendía cenar en la crémerie italiana de la Rue Campagne donde había cenado la noche anterior, después de mi espectáculo. La propietaria, una antigua modelo de artistas, servía sopas por unas pocas monedas. Los artistas que no tenían dinero podían pagar colgando sus cuadros en las paredes. Pero cuando pasé por delante de las luces doradas del Café de la Rotonde decidí celebrar mi éxito allí.

El sonido de las risas y el aroma del licor de café me envolvieron en cuanto entré. Dos hombres en la barra me miraron. Un camarero me condujo a una mesa cerca de la puerta, aunque a juzgar por la algarabía que provenía de la estancia posterior del local aquel debía de ser el lugar donde había que estar. Estaba teniendo lugar una bulliciosa discusión, tan animada que logré escuchar algunos fragmentos por encima del sonido del tintineo de las copas y la cubertería.

– ¡Los surrealistas! ¡La revolución! -gritó una voz.

Se oyó una estruendosa risa sardónica.

– ¡Eso ya lo veremos!

Había dos mujeres apoyadas en la pared junto a la puerta que comunicaba con la estancia posterior. Una de ellas hacía nubes de humo con un cigarrillo de boquilla. Llevaba el rostro maquillado como un cuadro: unas brillantes lunas verdes destacaban sobre sus párpados y los labios pintados de rojo sangre resaltaban sobre una piel pálida y una melena negra. Cuando se reía, la punta de la nariz se le afilaba, lo cual hacía que sus facciones fueran aún más llamativas.