– Tengo entendido que es usted humorista -me dijo madame Piége mientras se le formaban cientos de arrugas en las mejillas al sonreír-. Así que vamos a trabajar sobre eso.
¿Humorista? Un papel cómico no era lo que yo me esperaba. Pensaba que había dejado atrás Marsella. Quería ser sofisticada ahora que estaba en París.
– Mademoiselle Casal la ha puesto por las nubes y monsieur Volterra asegura que tiene usted un sentido innato de la coordinación.
Recordé que Camille no había presenciado mi actuación en Sherezade o en el Café des Singes. Lo único que me había visto hacer era la parodia de las coristas. Comprendí lo que había sucedido: Camille había hablado con monsieur Volterra para que me diera un papel cómico por error. Probablemente, había pensado que yo no era capaz de hacer nada serio.
– Actualmente hago actuaciones muy diferentes, madame Piége -le expliqué-. Ahora canto en un club nocturno.
No obstante, madame Piége no me oyó. Estaba seleccionando unas partituras y le dio una al pianista.
– Vamos a empezar con esta -indicó.
El pianista tocó la melodía y mi cabeza se puso en funcionamiento. Decidí que llamaría a monsieur Etienne inmediatamente después del ensayo y le pediría que le explicara la situación a monsieur Volterra, que a su vez podría proporcionarle nuevas instrucciones a madame Piége sobre mi coreografía. Aquello significaría desperdiciar un ensayo, pero así respetaría los sentimientos de todo el mundo. Monsieur Etienne había insistido firmemente en que él debía encargarse de todas las negociaciones con el Casino de París.
– Me gustó cómo bailó el charlestón -me comentó madame Piége, entregándome una copia de la canción-. Es maravilloso lo rápido que logra aprender las cosas. Eso es un signo de talento.
Suspiré. Tenía la sensación de que, en otras circunstancias, habría disfrutado trabajando con madame Piége. Tomó asiento en la primera fila del patio de butacas y me fue indicando las instrucciones correspondientes mientras yo ensayaba los pasos de baile.
– Contonéese un poco más ahí y dedíquenos una gran sonrisa, ma chérie -me dijo-. Después, continúe arrastrando los pies todo el tiempo que sea necesario, como si hubiera resbalado sobre una cáscara de plátano. -Hice lo que me pedía-. Siga haciendo lo mismo hasta que el público coja el chiste.
Se echó a reír entre dientes, con la diversión bailándole en los ojos. Cuanto más feliz parecía ella, peor me sentía yo. La culpabilidad se estaba empezando a apoderar de mí, porque no tenía ninguna intención de representar aquel número.
Tras el charlestón, madame Piége quería que me paseara contoneándome por el escenario mientras balanceaba un bastón y cantaba una canción que no era graciosa sino más bien simpática, lo cual me hizo odiarla aún más.
¡La! ¡La! ¡Bum! Aquí viene Jean
en su nuevo Voisin.
¡La! ¡La! ¡Bum! Y pregunta: «¿Qué haces?».
¿Qué le puedo decir?
¡La! ¡La! ¡Bum! ¿Que estoy tendiendo la ropa?
– Ahora, cada vez que cante «¡Bum!», golpee el extremo del bastón contra el suelo y tírelo hacia arriba. El tambor le hará un redoble al mismo tiempo. Y cuando coja de nuevo el bastón, el percusionista tocará los platillos -me explicó madame Piége, levantándose de su asiento.
No me sentía capaz de mirarla a los ojos. Se estaba divirtiendo demasiado.
Aunque me aprendí la canción y los pasos de baile en media hora, ensayamos el número durante otras dos horas, suavizando algunos gestos y añadiendo más elementos cómicos. La orquesta se nos unió para que pudiéramos ensayar juntos. Hice lo que pude por seguir animada durante todo el ensayo, aunque se me estaba revolviendo el estómago.
Llegó un mensajero para decirle a madame Piége que las coristas necesitaban que las ayudara a arreglar un error en su coreografía. Se volvió hacia mí.
– Hemos hecho todo lo que necesitábamos con usted, mademoiselle Fleurier. Es usted perfecta. Puede actuar esta misma noche.
– ¿Esta noche?-repetí, con voz ronca.
– Hmmm -musitó monsieur Etienne cuando lo llamé desde la oficina del teatro-, yo también estoy sorprendido. Pensé que Camille Casal no estaba haciendo un número cómico y no esperaba que usted tuviera que hacerlo tampoco. Tenía la impresión de que simplemente iba a cantar la canción que ella interpretaba.
– ¡Quieren que actúe esta misma noche!
– Hmmm -volvió a suspirar monsieur Etienne, quedándose pensativo durante un momento-. En ese caso, no tiene elección. Sencillamente, tendrá que hacerlo. La sustituirán si les resulta problemática.
– ¡Pero detesto ese número! -protesté.
– No tiene usted un nombre lo bastante conocido como para montar un escándalo -replicó monsieur Etienne-. Haga un buen trabajo y veremos qué podemos conseguirle la próxima vez. Solo piense en el dinero que ganará. ¡Es más que en el Café des Singes, únicamente por una canción y un bailecito!
Colgué, sabiendo que tenía razón, pero después de pasar la audición me había sentido eufórica. Ahora, me sentía ridícula. «Cuando sea famosa, voy a montar escándalos por todo y nadie me dirá lo que tengo que hacer», me prometí a mí misma, abrochándome los botones del abrigo y poniéndome el sombrero para dirigirme a casa a descansar antes del espectáculo.
El vestido para mi número del Casino de París estaba cubierto de lunares y tenía volantes alrededor del cuello y del dobladillo de la falda. Las zapatillas de baile blancas lucían unos lazos sobre las correas. Madame Chardin se habría atragantado de la risa si me hubiera visto. En el camerino, que compartía con una domadora de perros y sus dos caniches, le eché un vistazo al programa. Mi número era «de relleno», para darles tiempo a las coristas a que se pusieran un elaborado traje y a los tramoyistas a que hicieran un cambio de decorado.
Cuando salí al escenario y bailé el charlestón, sacudí las piernas y los brazos con entusiasmo, aunque no tuviera ninguna gana. Podía ver al público claramente y, por suerte para mí, todos sonreían. Les respondí con una gran sonrisa, me moví y me contoneé cuando correspondía y canté la canción con la alegría pintada en la cara. Ellos, a su vez, se reían y aplaudían, y salí del escenario convencida de que los parisinos ricos eran más fáciles de contentar que la clase trabajadora marsellesa.
Sin embargo, una vez que entré en bastidores, no había ninguna madame Tarasova, ni ningún monsieur Dargent o Albert para felicitarme por lo bien que lo había hecho. Me crucé con monsieur Volterra en las escaleras y me dio unos golpecitos en el hombro, como si no lograra recordar quién era. Me hubiera gustado quedarme a ver la actuación de Camille en la segunda parte del espectáculo, pero el director de escena me dijo que los artistas de «números menores» tenían prohibido quedarse en el teatro después de que hubiera terminado su actuación, así que me encontré en mi heladora habitación en Montparnasse a las nueve en punto sin tener a nadie con quien hablar. Así fue mi debut en el Casino de París.
Capítulo 1 2
El espectáculo en el Casino de París era un éxito y parecía que iba a prolongarse durante todo el verano. A Camille la catapultó al estrellato. Los críticos no paraban de alabarla sin descanso: «Camille Casal tiene una belleza tan vibrante que el espectador siente un hormigueo en la piel en el instante en que ella hace su aparición en el escenario».
Logré ver la actuación de Camille comprando una entrada para una matiné y tomando asiento entre el público después de mi número en el espectáculo. Camille resultaba más sofisticada que en Marsella. En su número había conseguido atenuar sus contoneos y suspiros de carácter obviamente sexual y ahora mantenía una actitud más remota… e incluso más hermosa. El público contuvo la respiración cuando los focos cruzaron el escenario y comenzó a sonar la música de su canción estrella: Quand je reviens. Camille se deslizó a través del telón, ataviada con un vestido ajustado al cuerpo adornado con perlas y lentejuelas que le acariciaban los pechos y las caderas, cubierta con una capa a juego ribeteada de plumas de avestruz. A medida que se aproximaba al público, dejó caer la capa desde los hombros hasta el suelo, como si fuera una cascada de nieve. De pie sobre sus estilizadas piernas, examinó al público y no se movió hasta que todo el mundo quedó impresionado por lo sublime de su aspecto. Cuando se hizo un silencio sepulcral entre los asistentes, comenzó a cantar. Su voz seguía siendo fina, pero tras aquella memorable aparición a nadie pareció importarle.