¿Bentley ya está casado? -Me di cuenta de que había supuesto que Bentley era un joven soltero buscando diversión y animación en la ciudad. Y, posiblemente, amor.
– Por supuesto -respondió Camille, riéndose entre dientes-. Su esposa está en Londres, organizando bailes para asociaciones benéficas, reuniéndose con las matronas de la alta sociedad londinense y haciendo todas las cosas que se le exigen a una buena mujer casada.
Iba a añadir algo más cuando Bentley regresó con la sirvienta y una bandeja de bebidas. Francois llegó arrastrando los pies tras ellos, se había puesto un batín y un pañuelo al cuello. Parecía que ya se le habían pasado los ardores amorosos y me sonrió antes de rebuscarse en el bolsillo y sacar una bolsita.
– Deje la bandeja -le ordenó a la sirvienta una vez que esta había servido las bebidas.
Cuando la sirvienta se marchó, Francois apartó las botellas y pasó por encima de la bandeja una servilleta limpia. Abrió la bolsita y vertió un montón de cocaína sobre la brillante superficie.
– Ah, ¡unas rayas de nieve! -comentó Bentley, echándose a reír-.:Eres mejor anfitrión de lo que yo pensaba, François!
Se metió la mano en el bolsillo y abrió un estuche metálico, del que sacó una tarjeta de visita y se la entregó a Francois.
– ¡Qué oportuno! -comentó Francois, empleando la tarjeta para dividir el polvo en cuatro líneas.
Cuando terminó, volvió a meterse la mano en el bolsillo y sacó cuatro pajitas, entregándonos una a cada uno.
Bentley empujó la bandeja hacia mí.
– El primero que salude al amanecer, gana -sentenció.
– Hazlo tú primero -le dijo Camille, devolviéndole la bandeja a Bentley-. Estoy segura de que Simone no lo ha hecho nunca antes.
– ¿Es eso cierto? -exclamó Bentley, agachando la cabeza sobre la bandeja-. Entonces no sabe lo que es la vida.
Se colocó la pajita en uno de los orificios de la nariz y, cerrándose el otro con un dedo, esnifó el polvo como un oso hormiguero aspirando los insectos con su trompa. Se echó hacia atrás en la silla y parpadeó, con los ojos húmedos. Camille fue la siguiente en hacerlo, seguida de Francois. Camille comenzó a reírse, pero apretó los puños con tanta fuerza que un hilo de sangre se le resbaló desde donde se había clavado una de sus uñas en la palma de su propia mano. Francois gimió y empujó la bandeja hacia mí, pero en lo único en lo que yo podía pensar era en aquel hombre en el exterior de Le Chat Espiègle que gritaba que tenía miles de cucarachas bajo la piel recorriéndole todo el cuerpo. Me levanté suavemente de la silla y abrí la puerta que conducía al salón.
La sirvienta me ayudó a ponerme el chal y los guantes en el recibidor.
– ¿Desea la señorita dejar algún mensaje a monsieur Duvernoy? -me preguntó.
Negué con la cabeza.
Fuera, en la avenida, la mañana estaba despuntando. El sol brillaba detrás de los tejados de los edificios y de las ramas de los árboles más altos. No había ningún taxi a la vista, así que continué caminando hacia el Arco del Triunfo, en busca de una estación de métro,
Capítulo 1 3
Cuando monsieur Volterra comenzó a planear el siguiente espectáculo, monsieur Etienne negoció para que me dieran un número mejor con baile y canción: moderno en lugar de cómico. La mayoría de los teatros en París, incluido el Casino, cerraban en agosto a causa de los ensayos de los nuevos espectáculos que se estrenaban en septiembre. Podría haberme unido a alguna de las compañías que se iban de gira por las provincias en verano o podría haber actuado más noches en el Café des Singes. Opté por no hacer ninguna de las dos cosas y dejé el trabajo en el club nocturno de madame Baquet. Quería volver a la finca durante el verano. Me sentía sola. Debido a mi edad y a mi ocupación, estaba aislada de la vida normal y también del resto de artistas que me rodeaban. Las coristas no tenían interés en conocerme y no era lo bastante famosa como para codearme con las estrellas. Tal y como había quedado claro la noche en el apartamento de Francois, Camille y yo pertenecíamos a mundos totalmente diferentes. Odette era mi única verdadera amiga, pero entre su trabajo y sus clases de pintura, y mis extrañas horas laborales, apenas nos veíamos. Me encantaba París, pero había llegado la hora de hacer una visita a mi hogar.
Cogí el tren nocturno a Pays de Sault, haciendo un derroche al pagar un compartimento en coche cama de segunda clase para no tener que soportar la incomodidad de viajar sentada toda la noche. Me encontré con Bernard en la estación, pero no traía un automóvil deportivo, sino una camioneta.
– Bonjour, Simone. Bienvenida a casa -me saludó y sonrió.
Bernard cargó mi equipaje en la parte trasera de la camioneta y me abrió la puerta del copiloto antes de tomar asiento al volante y poner en marcha el motor. El sol meridional entraba a raudales a través del parabrisas. Me resultaba deslumbrante, después de haberme acostumbrado a la anémica luz de París. Los pinos brillaban bajo el cielo azul y los ruiseñores cantaban. La carretera estaba tan llena de baches que me imaginé que el vaso de leche que me había bebido en el tren se me estaría convirtiendo en mantequilla dentro del estómago.
Le hablé a Bernard sobre Montparnasse, el Café des Singes, mi número en el Casino de París y mi cena en Fouquet's.
– Nos hemos intercambiado las vidas -comentó mientras esbozaba una sonrisa en su bronceado rostro-. Tú te has civilizado y yo me he asilvestrado.
Paseé la mirada desde sus botas con tachuelas hasta su gorra. Una fina película de transpiración hacía que le brillaran las mejillas y la frente. Se había convertido en un auténtico agricultor, pero no tenía nada de silvestre. Sus pantalones de trabajo lucían una raya perfectamente planchada que le recorría cada una de las perneras y el hedor a piel requemada reinante en la cabina de la camioneta desaparecía gracias al toque de colonia que provenía del cuello de su camisa.
Ya había terminado la temporada de cosecha de lavanda. Bernard me contó que había sido todo un éxito y que estaban pensando en adquirir otro alambique para el año siguiente. También esperaban poder comprar la finca abandonada de los Rucart al único heredero, que vivía en Digne. No había posibilidad alguna de restaurar el antiguo caserío, pero querían utilizar el huerto y preparar el resto de los campos para plantar lavanda.
– Tengo un contacto en Grasse que asegura que sus científicos están desarrollando un híbrido que es más resistente que la lavanda silvestre y que produce diez veces más aceite -me explicó Bernard, que sonaba como mi padre cuando tenía uno de sus arrebatos empresariales-. Si funciona, necesitaremos más terreno.
Llegamos a la finca por la tarde. Los cipreses proyectaban su sombra sobre el ardiente camino. Mi madre estaba de pie en el patio, haciéndose visera con la mano y con Bonbon de guardia a sus pies.
Ya de lejos pude ver que la perrita había ganado peso; sin duda, la habían malcriado con las comidas de tía Yvette. Recorrimos la arboleda y mi madre nos llamó. Tía Yvette surgió por detrás de la cortina de cuentas de la cocina, con una sartén en la mano. Chocolat y Olly corretearon tras ella.
Bernard aparcó en el patio. No esperé a que me abriera la puerta; salté de la camioneta y corrí hacia mi madre. Ella también se apresuró hacia mí y me cogió la cabeza entre las manos, besándome repetidas veces en las mejillas. La ternura le brillaba en los ojos, además de una ligera sorpresa, como si yo fuera una aparición que hubiera surgido del bosque.