Выбрать главу

De repente, se detuvo y me separó de él bruscamente. Me di cuenta de que mientras pensaba en la música había perdido la concentración en los movimientos. El rostro de Rivarola se contrajo y se precipitó sobre monsieur Volterra a tal velocidad que pensé que le iba a propinar un puñetazo en la cara. El empresario teatral debió de pensar lo mismo, porque se echó hacia atrás en su asiento.

– ¡Esta piba acaricia la música como una diosa bailando sobre las nubes! -gritó Rivarola.

Monsieur Volterra se quedó boquiabierto y miró consecutivamente a Rivarola y al técnico de iluminación. El rostro del muchacho empalideció y le temblaron las piernas. La aguja del gramófono se salió del disco y la estancia se quedó en un silencio sepulcral. Todo el mundo parecía estar conteniendo el aliento, a la espera de que el técnico interpretara lo que Rivarola había dicho. El chico se deslizó hacia el borde del escenario.

– Rivarola dice que es perfecta -le aseguró a monsieur Volterra, que se había puesto blanco como una sábana-. Dice que acaricia la música como una diosa bailando sobre las nubes.

En un mismo día, pasé de no tener trabajo a ser parte de un dúo con uno de los bailarines de tango más famosos del mundo. Rivarola y yo incluso aparecíamos en cartel, porque bailábamos en varias escenas y nuestro número era la subtrama del tema del espectáculo sobre el amor prohibido. Era la primera vez que veía mi nombre entre luces desde Marsella, ¡y esta vez era en el Casino de París! Pero lo cierto es que me gané a pulso todas y cada una de las letras que aparecían en cartel. A apenas tres semanas del estreno, el programa de ensayos resultaba extenuante: tres horas de clases de tango todas las mañanas y un ensayo de verdad de dos a seis todas las tardes.

– ¡Necesitás más disciplina pa' ser una bailarina seria que pa' ser una cantante de comedia! -me gritaba Rivarola al menos tres o cuatro veces durante cada sesión.

Después de haber aprendido algunas frases de inglés al trabajar en el Café des Singes, ahora empecé a aprender español también -toda una necesidad, al pasar varias horas al día con un argentino que se negaba a hablar en francés- y entendí lo que Rivarola quería decir más de lo que él nunca llegó a reconocer. Resultaba fácil esconderme tras las letras de canciones graciosas; sacar de mi interior lo que estaba oculto a ojos de todos era mucho más difícil. Sabía que si quería dejar atrás las canciones pueriles y los trajes ridículos para siempre, tenía que lograr que nuestro número fuera un éxito. ¡Monsieur Volterra incluso mandó que pintaran nuestro retrato para colocarlo en la pared contraria a donde estaban los carteles de Camille y Jacques Noir!

– ¡Che, préstame más atención! ¡No bailes pa' la gente!

El técnico de iluminación, que hacía las veces de intérprete durante los ensayos, me había escrito aquella frase y yo la pegué en el espejo de mi camerino. «Céntrate en Rivarola. No actúes para el público.» Aquella consigna iba en contra de todo lo que me habían enseñado como cantante, pero era la única manera de que un dúo de bailarines cautivara al público. La gente que nos veía actuar tenía que creer que estaban presenciando un romance en la vida real entre un hombre y una mujer.

Ignoraba si Rivarola comprendía la seriedad con la que me estaba tomando sus instrucciones. Nunca me quitaba las zapatillas de baile hasta que llegaba a mi habitación en el hotel y, cuando lo hacía, tenía que despegármelas de mis amoratados pies llenos de ampollas. Con un grito de alivio, los sumergía en una palangana de agua fría. A menudo, después del ensayo examinaba mi rostro en el espejo. A causa de los constantes improperios de Rivarola, mis ojos estaban adquiriendo una mirada altanera y en la boca lucía una mueca rebelde. Las mejillas y la barbilla se me habían afilado desde que llegué a París. Era como si Rivarola me estuviera transfiriendo algo de sí mismo. Normalmente bailábamos con las mejillas juntas, pero, a veces, durante los ensayos, presionaba su frente contra la mía.

– Así podemos leer la mente del otro -me decía.

Me dio vergüenza la primera vez que Rivarola presionó su pecho con tanta fuerza contra el mío que sentí como si mis senos se aplastaran contra sus costillas, pero no protesté. Tampoco dije nada cuando durante algunos de los pasos del baile frotaba su pierna entre las mías mientras me echaba hacia atrás. Me parecía quizá la mejor manera de deshacerme de mi virginidad y seguir siendo fiel a mi arte. Perder mi inocencia sobre el escenario era infinitamente mejor que venderla por dinero a hombres como Francois. La pureza no correspondía con el estilo del tango. Si quería resultar verosímil bailándolo, tenía que transmitir al menos un toque de lujuria y deseo carnal, y también en eso, al igual que con el baile en sí, me estaba instruyendo Rivarola.

Cuando el público y los columnistas de sociedad nos vieron actuando juntos sobre el escenario, asumieron que Rivarola y yo éramos amantes también en la vida real. Los que nos veían entre bastidores sabían que no era cierto. Durante los minutos que bailábamos juntos, Rivarola y yo ardíamos de deseo en brazos del otro. No obstante, tan pronto como caía el telón y corríamos entre bastidores, él se desembarazaba de mí como de la camisa sudada que le tiraba al ayudante de vestuario. Entre actos, se escondía en su camerino, bebiendo whisky y fumando cigarros. No estaba interesado en mí más allá de lo que yo significaba para él en escena. Creo que ni siquiera se aprendió mi nombre hasta varias semanas después del estreno. Y aun así, desde la primera noche, nuestro baile hacía que el público se pusiera en pie para ovacionarnos y recibiéramos críticas cargadas de admiración. En el Paris Soir, el crítico escribió: «El sublime equipo formado por Rivarola y la recién llegada Simone Fleurier es uno de los platos fuertes del espectáculo. La inconfundible actuación de Rivarola es suficiente para acelerarle el pulso a cualquiera y su pareja de baile lo iguala en todos los sentidos con su elegancia y precisión».

Monsieur Etienne se sintió muy complacido por mi éxito y para celebrarlo nos llevó a Odette y a mí a cenar a La Tour d'Argent.

– Una cosa es ser una gran cantante -me dijo-, y otra es poder bailar como usted lo hace.

– No creo que haya nadie aparte de ti aquí en París que sea capaz de hacer ambas cosas con tanta genialidad como tú -añadió efusivamente Odette.

Monsieur Etienne levantó su copa de champán.

– París es su pareja de tango, Simone. Lo tiene usted al alcance de la mano.

Hasta entonces, las valoraciones que monsieur Etienne había hecho sobre mí siempre habían sido positivas, pero cautas. Aquel elogio tan significativo por su parte me proporcionó la confianza que necesitaba. Viniendo de él, podía estar segura de que no eran meros halagos. Y, sin embargo, aunque puede que fuera cierto que estuviera a punto de conquistar París, no todo el mundo estaba precisamente entusiasmado conmigo.