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Joseph nos llevó a una habitación en la parte trasera de la tienda y apartó una caja de embalaje.

– Le he estado guardando estas -me explicó, señalando dos sillas Luis XV tapizadas con piel de leopardo-. Tan pronto como se las enseñé a Odette, me dijo que serían perfectas para usted.

Pasé la mano por la lustrosa piel. Aquellas sillas eran los objetos más hermosos que había visto jamás. Le eché un vistazo a la etiqueta del precio. Eran escandalosamente caras, incluso con el mejor descuento que Joseph pudiera hacerme, pero tenía que comprármelas. Después de que nos pusiéramos de acuerdo en el precio, Joseph sacó un biombo oriental.

– Cubrirá el color gris metálico de las paredes de tu habitación -me aseguró Odette, acercándose para examinar los grabados de caracolas marinas y hojas doradas del biombo.

– Me lo llevo -anuncié, con la cabeza ligera por la excitación de gastar tanto en lujos.

Después de la compra, que los tres cerramos brindando con una copa de champán, Odette y yo regresamos a la habitación de mi hotel. Odette les indicó a los repartidores dónde debían colocar las sillas y el biombo, decisión que cambió varias veces hasta que se sintió satisfecha una vez que los colocaron en el lugar exacto en el que tenían que estar.

– Te meterías en un buen lío con tu tío si te viera haciendo esto -le dije-. Piensa que no debería estar gastando tanto.

Odette negó con la cabeza.

– Si quieres ser una estrella, tienes que vivir como tal.

– No sé si tu consejo es más sensato que el de tu tío, pero está claro que me atrae más -le contesté.

– Voy a ir a ver la representación de esta noche -me anunció Odette-. No la he visto desde que incluyeron todas tus canciones.

Me alegré de contar con su amistad. Los artistas del Casino de París se comportaban de forma extrovertida sobre el escenario, pero eran arpías y tiranos fuera de él. Parecía que una vez que se pasaba de hacer números de tercera, ya no existía la camaradería en el negocio del espectáculo y únicamente quedaba la rivalidad.

Capítulo 1 5

El espectáculo en el Casino de París era tan popular que prolongó hasta mayo del año siguiente. A pesar del éxito, aquella era una vida solitaria para mí. Aparte de Odette, el efusivo aplauso del público era la única compañía que conocía. Cuando miraba más allá de las luces de los focos y veía las filas de rostros hechizados noche tras noche era como encontrarse con amigos; una ilusión que podía mantener mientras los espectadores siguieran siendo anónimos para mí. Regresaba a mi camerino para encontrarlo rebosante de flores y botes de Amour-Amour. Siempre llevaban una tarjeta adjunta, en la que el remitente me expresaba su aprecio y solicitaba una cita. Procuraba ser encantadora y educada con mis admiradores, pero sabía que aquellos hombres -y también algunas mujeres- en realidad no tenían interés en proporcionarme nada. Más bien, lo que querían era obtener algo de mí.

– Los hombres son seres despiadados -me dijo Camille una noche que me invitó a cenar en su apartamento-. Por eso, si eres lista, obtendrás de ellos lo que puedas mientras tengas la oportunidad. Solo las tontas les tienen lástima. ¡Como si actuaran con un ápice de moralidad! Cuando un hombre toma la decisión de deshacerse de una mujer, puedes estar segura de que no sentirá compasión por ella.

Corté una tajada de Neufchâtel y unté el aterciopelado queso sobreun trozo de pan. Alprincipio me habíasentido halagada por lainvitación de Camille -después de todo, ella era una estrella de verdad-, pero a medida que avanzaba la noche me sentí como una espectadora anónima de su filosofía sobre la vida y los hombres. Yo podría haber sido cualquiera. Y, sin embargo, la escuché con muchísima atención porque quería gustarle. O aunque no llegara a agradarle, al menos quería que me aprobara. Yo era demasiado inexperta sobre el tema como para estar o no de acuerdo con Camille. Mi conocimiento de los hombres -aparte de mi padre, tío Gerome y Bernard- era insignificante. Y, de entre ellos tres, el único que hubiera cabido en la descripción de ser despiadado era tío Gerome.

– No toman sus decisiones con el corazón, independientemente de lo enamorados que parezcan estar -continuó Camille, partiéndose un trozo de pan y cogiendo un poco de queso para ella-. Ni siquiera las toman en le pantalón, como dicen las coristas. Cuando se aferran a una idea, siempre la componen en la cabeza sin inmutarse, con ellos mismos como únicos beneficiarios.

Camille llamó a su sirvienta y le pidió que nos trajeran otra botella de vino. Estudié cuidadosamente la estancia en la que nos encontrábamos. La tapicería de Aubusson y la lámpara de araña bronze d'oré pertenecían al hotel, pero el diván de madera dorada y las sillas con los brazos tallados con cabezas de león eran de Camille. Claramente, ella sí que estaba logrando sacarle beneficio a Yves de Dominici. Incluso corría el rumor de que el playboy pretendía comprarle una casa en Garches junto al Sena, a las afueras de París, donde mucha de la gente perteneciente a la alta sociedad tenía casas de campo.

Después de que la sirvienta nos escanciara el vino, Camille volvió a centrar su atención en cortar el queso. Contemplé la delicada palidez de sus manos y, cuando levantó la mirada, observé el color zafiro de sus ojos. ¿De verdad pensaba que todos los hombres eran despiadados? Me pregunté qué pasaría con la hija de Camille, pero cuando le había preguntado por ella poco antes esa misma noche, Camille me pidió que no mencionara a la niña, pues la sirvienta era una metomentodo y ella deseaba impedir que la gente supiera de su existencia. ¿Ser la única responsable de su hija era lo que hacía que Camille estuviera tan hastiada?

Yo no evitaba a mis admiradores porque estuviera segura de que fueran despiadados, sino porque no pensaba que nada de lo que pudieran ofrecerme fuera a ser más emocionante que el teatro. En mi opinión, el mundo real no era tan hermoso como un escenario diseñado por Gordon Conway o Georges Barbier. Y aunque mis admiradores me compraran vestidos que costaban miles de francos, ¿dónde si no podría ponerme unas alas de ángel y un altísimo tocado con perlas incrustadas? En cada ensayo me esforzaba por perfeccionar algún aspecto de mi forma de bailar o de mi voz, y me emocionaba al ver que mejoraba mi actuación en cada representación. Todas aquellas cosas me resultaban mucho más atractivas que el hecho de que me llevaran de aquí para allá, sirviéndome vino y dándome de cenar en restaurantes con demasiada cubertería, de una fiesta para otra, como una especie de trofeo. Además, yo estaba ganando mi propio dinero y me costeaba mis propios lujos. Aunque hubiera sido bonito vivir en el hotel de Crillon, no estaba preparada para hacerlo a costa de mi libertad.

Había una excepción en mi falta de interés por el sexo opuesto: André Blanchard. Aunque no lo había vuelto a ver desde aquella noche en Le Boeuf sur le Toit, eso no impedía que siguiera pensando en él. A veces, cuando había un descanso en un ensayo o cuando regresaba a mi hotel sin ganas de dormir, me imaginaba conversando con él. Hablábamos sobre el teatro, las cosas que más nos gustaban de París y nuestros platos favoritos. Resultaba un poco raro, sobre todo dado que en realidad no habíamos intercambiado más que unas pocas palabras. Pero yo era demasiado inexperta como para comprender los sentimientos que me provocaba o la química de la atracción. Trataba de no pensar en mademoiselle Canier, a la que veía como un obstáculo para mis fantasías. Recordaba al párroco de mi pueblo dando un sermón en el que insistía en que «pensar en hacer algo es tan malo como hacerlo en realidad». No comprendía cómo podía ser eso cierto. No podía controlar los pensamientos que me pasaban por la cabeza en todo momento, pero sí podía controlar mis actos. Sin embargo, lo que mi madre solía decir era cierto: «A lo que más dediques tus pensamientos acabará por materializarse».