Выбрать главу

Madame Ducroix empujó el dinero hacia mí.

– No -respondió, negando con la cabeza-. Eso era una prueba.

Tengo que saber si la gente que se lleva a mis gatitos realmente los quiere. Cualquiera que esté dispuesto a pagar quinientos francos por un gato comprende su valor real.

Acompañé a madame Ducroix a la entrada del hotel y le paré un taxi.

– Me gustaría mucho que viniera a visitar a Kira alguna otra vez. O podría ir a visitarla yo a usted -le ofrecí.

El rostro de madame Ducroix se iluminó.

– ¿Visitarme usted a mí? Me encantaría. Por favor, tome mi dirección -me respondió, entregándome su tarjeta.

El taxista la ayudó a entrar en el vehículo y madame Ducroix me dijo adiós con la mano antes de que el coche arrancara. Parecía tan contenta como un niño que empieza las vacaciones de verano.

Unas semanas más tarde, al no tener noticias de madame Ducroix, decidí hacerle una visita. Su apartamento estaba en la Rue Rembrandt. No había conserje en la portería, así que subí las escaleras por mi cuenta. Llamé al timbre del apartamento de madame Ducroix, pero nadie contestó. Suponía que tenía una sirvienta, así que esperé un momento antes de intentarlo otra vez. Cuando estaba a punto de marcharme, se abrió la puerta del otro lado del descansillo y miró hacia fuera una mujer muy elegante que llevaba un vestido color crema.

– ¿Puedo ayudarla en algo? -me preguntó.

– Estoy buscando a madame Ducroix -le dije-. Pero no parece estar en casa.

Una expresión de sorpresa pasó por el rostro de la mujer, que me anunció:

– Pero mademoiselle, madame Ducroix falleció la semana pasada. Su apartamento se ha puesto en alquiler.

Me agarré con fuerza a la barandilla. No me había esperado una cosa así. Madame Ducroix me había parecido frágil, pero estaba tan animada la última vez que nos habíamos visto…

La mujer salió al descansillo, dejando la puerta de su apartamento abierta.

– Lo lamento, mademoiselle. Le he producido una conmoción. ¿Quiere usted pasar un momento? ¿Eran ustedes parientes?

Negué con la cabeza.

– No -respondí-. Me dio uno de sus gatitos y venía a contarle lo bien que está.

La mujer asintió. Estaba a punto de encaminarme escaleras abajo de nuevo cuando en el último momento se me ocurrió una idea y me volví para preguntarle:

– ¿Sabe si madame Ducroix encontró hogares para todos sus gatos?

Una sonrisa apareció en el rostro de la mujer y señaló a sus pies. Apoyados a cada lado de ella, había dos gatos adultos, uno más grande y otro más pequeño. Por su porte majestuoso y sus vividos ojos, supe que tenían que ser los padres de Kira.

– Oh, puede estar segura de eso -me contestó-. Madame Ducroix no estuvo lista para marcharse hasta que no encontró hogares para todos ellos.

Estaba recordando todas aquellas cosas cuando monsieur Etienne llamó a la puerta. Me dio tal sobresalto que pegué un brinco y envié a Kira volando hasta la alfombra, pero me perdonó rápidamente y me siguió hasta la puerta. Antes de abrirla, cerré los ojos con fuerza y pedí el deseo de poder continuar cantando en el Casino de París. Abrí la puerta llena de esperanzas. Pero me bastó una mirada a la expresión ojerosa del rostro de monsieur Etienne para saber que no me traía buenas noticias.

Capítulo 16

París estaba especialmente bonito en primavera, pero incluso en los Jardines de Luxemburgo, con sus castaños repletos de ramilletes de florecillas blancas y los parterres rebosantes de lirios, anémonas y tulipanes, todo el esplendor de la estación me resultaba indiferente. No tenía trabajo ni suerte.

Me senté en un banco bajo las ramas de un lilo de flores tempranas, sin apenas percibir el perfume almibarado procedente de sus florecillas púrpura que me envolvía. Lo que había sucedido con Jacques Noir en el Casino de París había sido un desastre. Aunque monsieur Volterra había dejado claro que creía mi versión de los hechos, también había insistido en su decisión de despedirme, porque, si no lo hacía, Noir amenazaba con abandonar el espectáculo. Monsieur Volterra rescindió mi contrato y me pagó una indemnización, después de descontar los gastos por el traje y la tarifa de Vincent Scotto. Tuve que regresar al hotel del Barrio Latino, a una habitación más pequeña que la que había alquilado la vez anterior. Vendí una de las sillas de piel de leopardo, el biombo oriental y parte de mi ropa. La silla que me quedé era una especie de disculpa hacia Kira por tener que arrastrarla conmigo a aquella pérdida de calidad de vida. Sin embargo, si le importaba que ahora compartiéramos una cama estrecha en una desgastada habitación, nunca lo demostró. Siempre que le sirviera un plato de leche y que pudiera acomodarse hecha un ovillo en el hueco de mi codo, era feliz.

El golpe que supuso perder mi número en el Casino de París no me habría resultado tan traumático si monsieur Etienne hubiera podido encontrarme un papel en algún otro sitio. Pero aunque monsieur Volterra nunca anunció públicamente que yo había intentado sabotear la actuación de Noir, el humorista difundió la historia todo lo que pudo. El Folies Bergère ya estaba en fase de ensayos para La Folie du Jour, en el que iba a debutar Joséphine Baker, una cantante estadounidense. Después de gastarse una fortuna en más de mil trajes diferentes y música de Spencer Williams, no estaban dispuestos a hacer nada que pudiera disgustar a su temperamental estrella. La respuesta del director del Moulin Rouge fue la misma. Acababan de desembolsar más de medio millón de francos para pagar a las Hermanas Dolly por un conflicto con Mistinguett y no tenían intención de contrariar a la diva contratando a alguien que tuviera un número que le pudiera hacer la competencia. Solamente el Adriana expresó cierto interés, pero todos sus puestos de cantantes y bailarinas estaban cubiertos para los dos años siguientes.

Una niña con abrigo rojo patinó por la gravilla enfrente de mí, provocando que las palomas se dispersaran asustadas. Se agarró las rodillas, con los ojos como platos por el asombro. Se echó a llorar en el momento en que la niñera la cogió entre sus brazos.

– ¿No te he dicho ya que no te vayas corriendo tan lejos? -la regañó la niñera, sacudiéndole el polvo del abrigo.

Las vi doblando un recodo del camino y desapareciendo entre los árboles. El día era soleado y el parque estaba lleno de gente paseando entre los parterres y terrazas. Todo el mundo parecía animado, feliz de que el invierno hubiera desaparecido para dar paso a una vibrante primavera. Desde el estanque se oía la risa de los niños. Y, por encima del ruido, escuché el sonido de alguien que canturreaba.

Me miré los pies. Si no podía triunfar en el Casino de París, ¿dónde iba a hacerlo? ¿Aquello quería decir que todo había terminado? Quizá era el momento de reconocer la derrota y regresar a casa.

El hombre que cantaba se aproximó y su voz fue sonando cada vez más fuerte. Su tono era varonil e intenso, pero cantaba desafinando.

Cuanto más consigues,

más quieres;

quieres más y más,

y luego todo se va

Me erguí y miré a mi alrededor.

– ¿Qué sucede? -preguntó la voz masculina-. Parece usted triste.

Miré a través del lilo. Mi interlocutor se había colocado de manera que las hojas del árbol le tapaban el rostro. Solo alcanzaba a ver que era alto y llevaba un abrigo de piel de camello y unos zapatos muy lustrosos. Una de sus manos descansaba sobre una de las ramas del árbol, suave y morena, como la de un indio, aunque yo sabía que no podía ser del subcontinente, porque aquella mano era demasiado grande. Además, la voz me resultaba familiar.