Sin embargo, el joven no siguió persiguiéndome hacia Unter den Linden. Se detuvo en la esquina y comenzó a cantar algo que sonaba como una canción bélica: «Siegreich wollen wir Frankreich schlagen…».
Yo todavía corría, pero todo se ralentizó como si fuera a cámara lenta. «¿Qué está cantando?», pensé. Era más joven que yo, no podía haber ido a la guerra. Alcancé la siguiente esquina y me volví para comprobar si me estaba siguiendo. El joven gritó en francés para que yo lo entendiera:
– ¡Derrotaremos a Francia! ¡Acabaremos con ella! ¡Francia dejará de existir! ¡Y con ella, los franceses! ¡Escupiremos sobre sus cenizas como si fuera una puta barata!
Capítulo 17
André, vestido con camisa y pantalones y una bata que le cubría la parte superior, abrió la puerta de su habitación y me dedicó una radiante sonrisa.
– ¡Bonjour, Simone! -me saludó, pegando contra la mía su mejilla perfumada de colonia-. ¿Cómo te encuentras esta mañana?
Habíamos abandonado el formalismo de llamarnos «monsieur» y «mademoiselle» la noche anterior; ya nos sentíamos lo bastante cómodos juntos como para tutearnos.
Antes de que pudiera contestarle, recogió los zapatos del umbral de la puerta, me colocó la mano en el hombro y me condujo hacia el interior de su habitación.
– Acabo de terminar de afeitarme -explicó, apartando los periódicos de la mañana del sofá e indicándome que tomara asiento-. No esperaba que estuvieras despierta a estas horas.
Dejó los zapatos en el suelo y miró a su alrededor en busca de la chaqueta y la corbata, que encontró colgando de un galán de noche cerca del armario en el dormitorio. Regresó a la sala de estar y dejó las prendas sobre el respaldo de una silla.
– Pensaba que tendría toda la mañana para ponerme al día con las noticias y escribir algunas cartas. ¿Me equivocaba al pensar que la gente del mundo del espectáculo nunca sale de la cama antes del mediodía?
Como no le contesté, me observó con más detenimiento. Yo noté que las lágrimas estaban a punto de aflorar a mis ojos. Esto no era lo que había planeado. Antes de llamar a su puerta, me había lavado la cara y me había cambiado de vestido. Pero toda la valentía que me disponía a simular no pudo retener el dolor de corazón que me había causado la imagen de la famélica niña y su familia.
– ¿Qué sucede? -me preguntó André.
Una cálida lágrima me cayó por la mejilla. Traté de hablar pero lo único que salió de mi garganta fue un sonido áspero.
– ¡Simone! -exclamó, y se apresuró a acercarse a mí.
Se sentó a mi lado en el sofá. Antes de tener conciencia de mis acciones, apoyé la cabeza contra su pecho. Podía oler el aroma a limón de su camisa y sentir la calidez de su piel debajo de la tela. Hasta que le conté el incidente de la niña hambrienta y su familia, no me percaté de que me había pasado el brazo alrededor del cuerpo.
– ¡Qué horror! -comentó, ciñéndome la cintura un poco más con el brazo-. Si hay algo de lo que podamos estar agradecidos es de que no haya tantos niños hambrientos en Berlín como antes.
Le miré fijamente.
– Francia mantuvo el bloqueo contra Alemania durante meses después de que se firmara el armisticio y cientos de miles de personas murieron de frío y de hambre. Han pasado siete años desde la guerra, pero en muchos aspectos Alemania todavía está sumida en el caos.
Me estremecí. Ver a una niña atormentada había sido suficiente para mí, no podía pensar en miles más. André apartó el brazo de mi cintura y cogió sus zapatos. Le contemplé mientras tiraba de las lengüetas antes de meter los pies en ellos y atarse los cordones. ¿En qué había estado pensando para dejarle cogerme de esa manera?
– Voy abajo a hablar con el gerente -anunció André-. El portero no debería haberte dejado salir sola. Podría haberte sucedido algo terrible.
– No, por favor, no lo hagas -le rogué, pasándome el dorso de la mano por los ojos-. No es culpa del portero. Me sugirió que me llevara a un guía.
– ¿Que te llevaras a un guía? -repitió André-. Lo que tendría que haber hecho era advertirte.
– ¿Advertirme el qué?
André no contestó. Se había quedado demacrado, ya no lucía en su rostro la expresión feliz con la que me había saludado en la puerta. Me hubiera gustado no haber dicho nada y haberme guardado aquel incidente para mí misma.
– De algún modo, no se puede culpar a Francia por querer acabar con Alemania, para que no pueda volver a atacarnos -explicó-. Pero ¿podemos culparles por odiarnos?
– Me he sentido peor por presenciar la situación de la niña que por el altercado con el joven -le contesté-. La pobre se encontraba en un estado lamentable. Él era el típico matón, esa clase de gente se puede encontrar en cualquier parte.
Era cierto que me había horrorizado más por el estado de la niña y su familia que por el joven, pero sabía que aquel tipo era algo peor que un matón normal. Recordé el odio en su voz mientras cantaba a voz en grito aquella canción bélica. No, aquel chico era mucho más amenazante que cualquier matón de poca monta.
André negó con la cabeza.
– Lo siento. Tendría que haberte advertido que en Berlín hay algunos individuos muy extremistas. No esperaba que fueras a levantarte tan temprano, y menos que salieras sin compañía.
Me inquietó el énfasis que André le imprimió al final de aquella frase. Me senté.
– ¿Sin compañía? -repetí.
André me miró fijamente; yo aún no tenía ni la menor idea de a qué se refería.
– ¿A qué te refieres con «sin compañía»? -le pregunté-. ¿Cómo crees que suelo moverme por París?
Sin embargo, tan pronto como le dije aquello, comprendí a qué se refería. Y me di cuenta por el modo en el que dirigió su mirada de mí a su regazo que él también lo había entendido. Las mujeres de la clase social de André no iban a ninguna parte sin algún tipo de escolta, incluso aunque solo se tratara de una criada o del chófer. Era una protección contra la «corrupción» que podía acechar a una mujer si se dedicaba a deambular ella sola. ¿Se había olvidado de quién era yo? ¿Una artista de variedades? Aunque nunca había actuado desnuda, muchas de mis colegas lo hacían con los pechos al aire o sin nada de ropa. ¿Qué tipo de «corrupción» podía acecharme a mí?
– Si tuviera que esperar a que alguien me acompañara, nunca iría a ninguna parte -le dije.
Me parecía gracioso pensar que mademoiselle Canier y sus amistades pudieran escandalizarse por la idea de una joven viajando en métro por París o yendo al Pigalle por su cuenta.
André sonrió repentinamente. Me observó y luego volvió a mirarse el regazo.
– Supongo que a veces me olvido de que existen las mujeres y también están las «mujeres independientes» -comentó.
– ¿Y cuál de los dos tipos prefieres tú?
– Oh, las mujeres independientes, sin duda alguna -respondió.
Ambos nos echamos a reír.
André y yo paseamos por los senderos junto a los lagos del Tiergarten y a las estatuas de famosos alemanes como Goethe y Bach, tratando de encontrar un antídoto para el desagradable incidente de la mañana. El tiempo era soleado pero fresco y los berlineses se habían echado a la calle, caminando en grupos o en contemplación solitaria. Como raza, los alemanes eran más altos que la mayoría de los franceses, con una seriedad en su expresión que era diferente de la vivacidad gala o de la sangre caliente mediterránea que yo conocía. Sin embargo, no todos ellos eran rubios y de ojos azules; igual que los franceses, tenían todo tipo de facciones. La variedad de físicos se multiplicaba aún más porque había muchos extranjeros disfrutando del parque: familias rusas sentadas en mantas de picnic; dos damas italianas que charlaban junto a una fuente; un grupo de estudiantes estadounidenses montando en bicicleta que se hablaban a gritos con un acento estridente…