Una fila de «maricas» esculturales apareció en el escenario con poco más que unos corsés y unas botas.
Durante la siguiente actuación, los «chicos» de la barra bailaron un tango. Se deslizaban, descendían y se contoneaban de un modo muy sugestivo, pero la expresión glacial de sus rostros no cambiaba en ningún momento. El tango bailado por dos mujeres hacía que lo que Rivarola y yo bailábamos fuera torpe en comparación. Nosotros nos movíamos con fuego y pasión, pero la actuación de aquellas mujeres provocaba escalofríos entre el público, que esperaba con una agonía expectante y con la sensación de que estaban reservando en todo momento algo para más tarde.
Observé con interés. Comprendí que al exponerme a aquellos artistas y nuevas ideas, André me estaba tentando para que saliera de mi cascarón. Cuanto más abriera mi mente, más facetas podría aprovechar en mi propio trabajo. Berlín tenía una escena fresca, sin referencias de ningún tipo, y yo estaba lista para absorberlo todo.
La mayoría de las actuaciones eran simpáticas farsas de travestismo, pero también hubo un extraño número con un enano que tocaba una sierra musical. La extensa tira de metal que mantenía sujeta entre las rodillas era más larga que él mismo. Sin embargo, lograba pasar el arco por el borde sin esfuerzo y doblaba hábilmente el metal para producir las notas más agudas o lo soltaba para las más graves. La música que interpretaba era un inquietante vibrato, tan etéreo que los espectadores se quedaron inmóviles a lo largo de todo el número, como si temieran que si se movían o hablaban, pudieran convertirse en piedra. Durante un instante me volvió a la cabeza el rostro de la niña famélica y me estremecí. El conde era un entendido sobre política alemana: le preguntaría sobre ello cuando mademoiselle Canier no estuviera presente. Por la somera conversación que había tratado de mantener con ella, había llegado a la conclusión de que el único tema por el que sentía interés era por ella misma.
Terminamos la noche con algo que llegaría a convertirse para mí en uno de los recuerdos más felices de Berlín. En el Residenz Casino -o «el Resi», como se le conocía informalmente-, el maître nos asignó la mesa número 14. El conde nos preguntó a mademoiselle Canier y a mí si nos importaba que él y André hablaran en privado en la barra durante unos minutos.
– Asuntos de negocios -se disculpó-. Muy aburridos.
– Adelante -le dije.
Mademoiselle Canier se disculpó y se marchó al tocador, ya que obviamente no le interesaba quedarse a charlar conmigo. «Está claro que no es Odette», pensé, acordándome de mi amiga, cuyo exterior era tan hermoso como su interior. Mademoiselle Canier era todo apariencia. Era obvio que ahora se preocupaba por guardar a André mucho más celosamente que antes, pero, por lo que yo percibía, no había necesidad. Nada había cambiado en sus sentimientos hacia mí.
Centré mi atención en la alborotada multitud. Una banda de jazz tocaba sobre el escenario y las parejas bailaban el foxtrot en la pista de baile. Me percaté de que todas las mesas tenían un teléfono en el centro y supuse que era para pedir la cena o las bebidas: otro ejemplo más de la eficacia germana. Quizá eran necesarios porque la banda tocaba muy alto y los camareros no eran capaces de oír los pedidos de manera normal. Entonces me sobresalté cuando sonó el teléfono de nuestra mesa.
– Hola -saludé al auricular.
La persona al otro lado de la línea masculló algo en alemán.
– No hablo alemán -le advertí.
– Ah, es usted francesa -comentó el hombre-. Es usted preciosa. ¿Puedo unirme a su mesa?
– ¿Qué?
– Salúdeme -me dijo-, estoy aquí, en la mesa número 22.
Levanté la mirada para ver a un joven con mostacho y una pajarita color rojo que me estaba saludando con los dedos de la mano.
– Estoy aquí con mi prometido -le mentí-, pero gracias de todas formas.
Volví a colgar el auricular. Por supuesto, no había ningún prometido, pero pensé que era mejor rechazar al hombre con delicadeza. Unos minutos más tarde, el teléfono volvió a sonar, pero no lo cogí. Finalmente, se quedó en silencio, pero volvió a sonar de nuevo. Miré fijamente hacia la banda de música e hice como que no lo oía.
– Su teléfono está sonando -me informó la mujer de la mesa de al lado.
Le dediqué una mirada de estupefacción, aunque se había dirigido a mí en francés.
Un momento después, un muchacho vestido con un uniforme y un gorro azules se aproximó a mí.
– Un envío del servicio de correos del Resi -me anunció, y colocó un paquete envuelto en papel dorado sobre la mesa.
Estaba a punto de decirle que había habido un malentendido, cuando me di cuenta de que la tarjeta que lo acompañaba estaba dirigida a «la fräulein de la mesa número 14».
– ¿De quién es? -le pregunté.
– Del caballero de la mesa número 31 -me respondió-. ¿Tiene algún mensaje en respuesta para él?
Negué con la cabeza. ¿Qué sucedía allí? Paseé la mirada por la estancia, con cuidado de evitar mirar hacia la mesa número 31. André y el conde estaban de pie junto a la barra, mirando en mi dirección y riéndose. Les hice un gesto con la mano.
– No me voy a acostumbrar nunca a sus bromas -les dije-. ¿Qué tipo de lugar es este?
– Es divertido, ¿verdad? -comentó el conde-. Nadie tiene por qué estar solo en Berlín. Si ve a alguien que le gusta, lo único que tiene que hacer es llamarle o enviarle un regalo: perfumes, cigarros o cocaína.
No era en absoluto lo que yo esperaba de aquellos berlineses circunspectos. Qué alegre parecía la vida entonces. Qué hermoso y divertido.
Mademoiselle Canier regresó del tocador oliendo a lirios y, por lo demás, tan arreglada como siempre. Nos quedamos con el conde en el Resi hasta que cerró, bailando la música de jazz y bebiendo champán a precios que habrían asombrado incluso a los parisinos. Me olvidé del joven que me había gritado improperios en la calle y de lo que André me había contado sobre la guerra. Me dejé llevar por la alegría que me rodeaba. Estaba haciendo lo mismo que todos los demás en el Resi: abandonarme a la decadencia y tratar de olvidar el mundo real que se cernía en el exterior.
Capítulo 18
Me había imaginado que mi estancia en Berlín iba a ser como unas vacaciones, donde podría pasar de una diversión a la siguiente con un helado en la mano. Sin embargo, André tenía otros planes. Descubrí que aunque fuera francés, y en su caso particular un parisino adinerado, disfrutaba trabajando. Es más, esperaba que yo me sintiera de la misma manera. Por supuesto, yo quería ser una estrella y estaba preparada para hacer todo lo que hiciera falta para ello, pero no podía imaginarme que mis días en Berlín iban a comenzar tan temprano y terminar tan tarde, y que iba a pasarme todo el tiempo saltando de una clase a otra.
Unos días después de visitar Eldorado y el Resi, André me informó de que el conde me había conseguido una plaza con madame Irina Shestova, que antes había pertenecido al Ballet Ruso.
– ¡Ballet! -No tenía ninguna intención de revivir la pesadilla de clases de madame Baroux en Le Chat Espiègle.
– Pero no para bailar con puntas -exclamó André, echándose a reír-, sino para adquirir gracia y elegancia. Para hacer de ti una sangre azul del escenario. De otro modo, parecerás torpe cuando actúes con las coristas.
A la mañana siguiente, cogí un taxi hasta el estudio de madame Shestova en Prager Platz, no muy lejos de Kurfürstendamm. Para mi alivio, madame Shestova no tenía ninguna intención de convertirme en una bailarina profesional. Me ayudó a mejorar mi postura y equilibrio con ejercicios en la barra. Pero, por lo visto, su misión más importante era asegurarse de que yo supiera inclinarme para saludar.