Le revolví el pelo para que supiera que yo no era la típica diva arrogante, pero me sentí demasiado nerviosa como para decirle nada.
Los bailarines principales estaban alineados en la parte superior de las escaleras, preparados para hacer su entrada antes que yo. Las coristas se amontonaban entre bambalinas. Algunas de ellas me dirigieron gestos alentadores. Hice lo que pude por devolverles la sonrisa, que más bien debió de ser como una mueca.
A las nueve menos cuarto sonaron los trois coups, los tres golpes que daba el personal en el escenario para indicar que el espectáculo estaba a punto de comenzar. El público se sumió en el silencio y la orquesta empezó a tocar. Me golpeé con el puño el nudo que notaba en mitad del pecho. La sangre me latía en los oídos.
El director de escena dio la entrada a los bailarines y los contemplé avanzando en fila. Descendieron para adentrarse bajo la luz de los focos, con ojos brillantes y rostros radiantes. Otros seres celestiales descendieron por encima del escenario encaramados en plataformas de cristal, como genios sobre alfombras mágicas. Durante un instante, olvidé mis nervios, pues todo era hermosísimo. El público debió de pensar lo mismo, porque podía oír sus oohhhhs y aahhhs que llegaban hasta mí.
La música cambió de ritmo y el público dejó escapar una ovación cuando los bailarines se quitaron las togas y las coronas y comenzaron a bailar a ritmo de jazz. Un grupo de intérpretes ataviados con esmóquines y sombreros de copa irrumpieron en escena montados en un deportivo Hispano-Suiza. El director de escena me hizo un gesto con la cabeza y me guiñó el ojo. Me alisé el vestido e inspiré profundamente antes de moverme hacia la parte superior de las escaleras y comenzar a descenderlas, bajo la luz cegadora.
Bonjour, Paris!
¡Soy yo!
Esta es la noche en la que las estrellas saldrán y brillarán, brillarán
para que todo París las vea.
Aunque me había imaginado a mí misma tropezándome y rodando por la empinada escalera para aterrizar muerta en el escenario, dejaron de temblarme las piernas tan pronto como empecé a cantar. Proyecté la voz tan bien que incluso yo misma me sorprendí. Llegué al escenario y bailé un charlestón que todos los bailarines principales y secundarios imitaron, después bailamos un foxtrot, antes de que las luces se atenuaran y el bailarín masculino principal y yo interpretáramos un tango lento, en referencia a mi pasado artístico. El público aplaudió.
Las luces cambiaron a azul y se introdujo un piano de cola de atrezo en el escenario. Los hombres me subieron sobre él y volví a bailar el charlestón, con las luces parpadeando sobre mí, de modo que parecía que estaba actuando en una película a cámara lenta.
El público no esperó a que yo terminara para aplaudir. Las luces se volvieron doradas y entonces pude ver sus rostros. Me estaban dedicando grandes sonrisas. Sin embargo, fue la expresión en las caras de cuatro hombres lo que más me satisfizo: Lebaron, Minot, André y un hombre que se parecía a él, solo que mayor. Estaban sonriendo de oreja a oreja. Sentí que si podía complacer al patriarca de la familia Blanchard, podría satisfacer a cualquiera.
Los actores avanzaron hacia el frente y cantamos el estribillo todos juntos. El público aplaudió y vitoreó. No cabía la menor duda de que les gustaba lo que estaban viendo.
Hasta que los tramoyistas le dieran la vuelta al decorado teníamos que mantener la pose, pero empecé de nuevo a notar que me temblaba la pierna derecha. Puesto que estaba de pie sobre un piano con una falda corta, no había nada que pudiera hacer para ocultarlo. Algo que me había dicho el doctor Daniel me vino a la mente: «La energía fluye hacia fuera o hacia dentro. En el caso de los artistas, si la dejan fluir hacia dentro resulta fatal. Deje salir su energía siempre hacia fuera».
Aunque no estaba en el guión de ese número, levanté los brazos en el aire y grité:
– Bonjour, París! C'est moi! ¡Hola, París! ¡Soy yo!
Desde el patio de butacas escuché el clamor de los espectadores, que se pusieron en pie y me gritaron:
– ¡Bonjour, mademoiselle Fleurier! ¡Bienvenida!
A partir de aquel momento supe que no había vuelta atrás. París me amaba.
Capítulo 20
Bonjour, París! C'est moi! fue el espectáculo de variedades con más éxito que se había representado en el Adriana o en cualquier otro de los teatros de París. Estuvo en cartel durante un año, se representó un total de cuatrocientas noventa y dos veces, con un pequeño descanso antes del comienzo del nuevo espectáculo: París Qui Danse. Los críticos de todos los periódicos importantes, desde Le Matin hasta el París Soir, estaban emocionados, y además del público habitual de la alta sociedad parisina y de los turistas adinerados, tuvimos el honor de recibir entre los espectadores a personalidades como el príncipe de Gales, los reyes de Suecia y la familia real danesa.
Si André y yo habíamos trabajado horas y horas antes del espectáculo, después tuvimos que quemar todos los cartuchos que nos quedaban. Me levantaba a las siete de la mañana y me tomaba un desayuno compuesto por zumo de naranja y una tostada. A continuación, me daba un baño antes de que llegaran mi peluquera, mi manicura, mi masajista y mi secretaria. Le dictaba la correspondencia a esta última durante mis tratamientos de belleza. Después, me dirigía al Adriana para reunirme con Lebaron, Minot y André para planear París Qui Danse. Ya que Bonjour, París! había gozado de tanto éxito, Lebaron estaba decidido a que el nuevo espectáculo fuera aún mejor. Consagraba las tardes a los ensayos, las pruebas de vestuario y las entrevistas con la prensa. Por las noches, llegaba al teatro aproximadamente a las siete y media y no me marchaba hasta la una de la mañana. Dedicaba todo el resto del tiempo libre a hacer algo que pronto aprendería a odiar: un concienzudo ejercicio de contorsiones, sonrisas falsas,manipulación de imagen y «mentiras piadosas» cuyo eslogan era: «El talento no es suficiente para triunfar». Aquel ejercicio se llamaba publicidad.
Me había enamorado del teatro de variedades por su magia y disfrutaba cantando y bailando para el público, pero aprendí que ser «una estrella» era diferente de lo que yo esperaba. Una estrella tenía que estar en el punto de mira del público no solo sobre el escenario, sino también fuera de él si quería mantener su estatus. A medida que aumentaba mi fortuna -parte de la cual André se había preocupado de invertir convenientemente, para regocijo de monsieur Etienne-, también aprendí la diferencia entre ser rica y ser famosa. Cualquiera que viera mis vestidos de alta costura, mis diamantes, mi Voisin con chófer, mi apartamento y al atractivo André acompañándome en las reuniones sociales supondría que yo disfrutaba de una vida maravillosa. Sin embargo, aquello no era vida; era solo una imagen. No me quedaba tiempo para saborear ninguna de esas cosas. Todas eran para consumo público.
Una vez oí a Mistinguett decir que nunca haría el más mínimo esfuerzo por ganar fama. Sin embargo, tanto ella como Joséphine Baker y yo nos pasábamos la vida tratando de provocar más sensación que las otras. Mistinguett aseguró sus piernas por un millón de dólares; Joséphine organizó una boda con un conde que al final resultó ser un picapedrero italiano que fingía ser de la nobleza; y mi publicista «filtró» a la prensa que el secreto de mi vitalidad era beber motas de oro con el café todas las mañanas y bañarme en leche con pétalos de rosa. Incluso organizó que el lechero acudiera todas las mañanas a mi puerta con varias cubas de leche para demostrarlo. Eran el tipo de disparates frívolos que nos daban mala prensa en lugares como Austria o Hungría, en donde la gente apenas tenía para comer. Un panfleto comunista llegó a publicar que la cantidad de leche en la que yo me «bañaba» todos los días podría haber mantenido con vida a diez niños durante una semana.