Выбрать главу

El último día de nuestro viaje, André y yo nos levantamos al alba para unirnos a los demás pasajeros a la espera de atracar en el puerto de Nueva York. Vitoreamos al pasar junto a la Estatua de la Libertad y vimos como se recortaban contra el horizonte las siluetas de los edificios de Manhattan. Sentí una oleada de alegría y esperanza: la ternura de André me había proporcionado confianza en el futuro de nuestro amor. Después de todo, ¿acaso Liane de Pougy no se había casado con su príncipe Ghika? ¿Y Winnaretta Singer no había hecho otro tanto con su príncipe Edmond de Polignac? Y eso que ellas habían vivido de una manera mucho más atrevida. La familia de André no podía reprocharme nada aparte de no pertenecer a una estirpe adinerada.

André y yo nos besamos, tan felices como una pareja en su luna de miel. Aunque, por supuesto, no estábamos casados. Aún no.

Capítulo 21

El Ziegfeld Follies de Nueva York era tan famoso como el Folies Bergère de París, pero mientras que Paul Derval se había mantenido fiel a la consigna francesa de que «la uniformidad alimenta el aburrimiento», Ziegfeld era famoso por su «fábrica» de bellezas de largos cuellos, proporciones similares y peso homogéneo. Le habían citado diciendo: «La perfecta chica Ziegfeld tiene las siguientes medidas: busto de noventa y un centímetros, cintura de sesenta y seis centímetros y caderas exactamente cinco centímetros más que el busto».

Para cuando André y yo llegamos a Nueva York, el teatro musical estaba experimentando una serie de cambios. Mientras que el teatro había nacido de los números de variedades, al público estadounidense le gustaban los musicales en los que las canciones y coreografías se desarrollaban dentro de una línea argumental. Ziegfeld había logrado una vez más volver a ser millonario el año anterior siguiendo esa nueva tendencia con dos de sus producciones de más éxito de su carrera: Show Boat y Whoopee. Sin embargo, cuando nosotros llegamos al Ziegfeld Theatre en la calle 54, con su fachada llena de arcos que lo hacía parecer una tarta de bodas, no nos costó mucho darnos cuenta de que había algún problema con Show Girl.

Nos recibió en el vestíbulo la secretaria de Ziegfeld, Matilda Golden, a la que él siempre llamaba «Goldie». Era una mujer que hablaba bajito y que nos informó de que Ziegfeld estaba en una reunión, así que le pedimos que nos mostrara el teatro hasta que la reunión hubiera terminado.

– Fue diseñado por Joseph Urban, el mismo hombre que se está encargando de los decorados del espectáculo -nos explicó Goldie, abriendo las puertas del auditorio-. Es de Viena.

André y yo la seguimos para adentrarnos en una sala iluminada discretamente. Percibí el parecido con la obra del artista Gustav Klimt, con aquellos tonos dorados de las alfombras y las butacas. El color fluía por las paredes y se fundía en un mural de figuras románticas de varias épocas, incluyendo a Adán y Eva. Cubría todo el techo y formaba un reborde alrededor del escenario. La sala había sido construida sin molduras y daba la impresión de que estábamos dentro de un enorme huevo decorado.

– Monsieur Urban es un verdadero artista -comenté con creciente emoción ante la perspectiva de trabajar en un teatro tan impresionante.

Goldie se apartó un rizo de pelo para ponérselo detrás de la oreja.

– Mister Ziegfeld nunca pone en juego la belleza -aseguró.

Después de enseñarnos la biblioteca musical y los camerinos con sus espejos de bisel y sus cuartos de baño individuales, Goldie nos llevó a la séptima planta para que conociéramos a Ziegfeld. Sentí un revoloteo en el estómago por la anticipación. ¿Realmente era yo, Simone Fleurier, la que estaba aquí en Nueva York, de camino a conocer al gran empresario teatral Florenz Ziegfeld?

Resultó que finalmente escuché su voz antes de verlo. Goldie levantó el puño para llamar a la puerta de su despacho, pero previamente a que los nudillos tuvieran la oportunidad de tocar la madera, una voz nasal bramó:

– ¡Maldita sea! ¡No se atrevan a entrar en mi despacho para decirme tamaña sarta de tonterías!

Supuse que la voz era de Ziegfeld porque había dicho «mi despacho». Posteriormente, me daría cuenta de que su aguda voz era lo que denominaban «acento de Chicago».

Otra voz le contestó:

– Ayudaría mucho que su genial Bill McGuire se pusiera manos a la obra. ¡¡¡Nosotros podríamos escribir las canciones mucho más rápido si tuviéramos el guión!!!

La voz del segundo hombre tenía mucha más sonoridad que la de Ziegfeld. Su acento también era estadounidense, pero, por la mañera en la que acentuaba las sílabas en algunos lugares raros, puede que fuera ruso.

Ziegfeld volvió a bramar:

– ¡Haz simplemente lo que te he pedido, George! ¡Mete la mano en ese baúl tuyo y saca un par de canciones que sean todo un éxito!

– ¡Oh, Dios mío! -exclamó Goldie, dirigiéndonos hacia su propio despacho-. Todavía están con eso.

En realidad, no quería que me despacharan a la oficina de Goldie -la conversación de Ziegfeld con aquel hombre resultaba interesante-, pero la seguí obedientemente.

– Y tú, Ira -continuó diciendo Ziegfeld-, no puedes quejarte de absolutamente nada. Te he conseguido a Gus Khan para que te ayude con las letras.

¿George? ¿Ira? Ziegfeld debía de estar hablando con los hermanos Gershwin, ¡el famoso dúo de compositores, conocidos por su enérgica música y sus ingeniosas letras! Le di un codazo a André, que asintió con la cabeza. No sabía que iban a ser los compositores del espectáculo. Me pregunté qué tipo de canción compondrían para mí. ¿Sería algo sensual? ¿Algo elegante y cortés? ¿O quizá una canción llena de juegos de palabras?

Goldie nos ofreció sendos asientos junto a su mesa y cerró la puerta.

– Mister Ziegfeld espera repetir el éxito de Maurice Chevalier con usted, miss Fleurier -dijo mientras nos servía el café-. La aparición de mister Chevalier como artista invitado en Midnight Frolics fue muy bien recibida.

– ¿Tiene usted una copia de la partitura de mademoiselle Fleurier? -le preguntó André-. Nos gustaría comenzar con los ensayos tan pronto como sea posible. La escena estadounidense es nueva para nosotros y queremos asegurarnos de que mademoiselle Fleurier encaja en el espectáculo sin problemas.

«Ya tocan a su fin nuestras vacaciones», pensé con una sonrisa. André abordó el tema de los negocios sin andarse por las ramas. Aunque esta vez al menos compartíamos habitación de hotel.

Goldie tomó un sorbo de café y agitó la mano frente a la boca.

– Vaya, sí que estaba caliente -comentó, mirando de reojo su teléfono. Antes de que André pudiera repetir su pregunta, Goldie se dio media vuelta sentada en la silla, alargó la mano para coger un plato lleno de donuts y se lo ofreció a André bruscamente-. ¿Quiere probar uno? -le dijo, metiéndole uno de ellos directamente en la boca-. El agujero es la mejor parte.

Sonó un portazo desde la entrada del despacho de Ziegfeld y varias pisadas se alejaron por el pasillo. No había oído hablar a Ira antes, pero supuse que fue él el que le dijo a su hermano:

– ¿Sabes lo que voy a contestar la próxima vez que alguien nos pregunte: «Qué viene primero, la letra o la música»?

– ¿Qué? -preguntó George.

– Voy a contestar: «El contrato».

Sonó el teléfono de Goldie y ella cogió el auricular.

– Sí, los hago pasar ahora mismo. -Nos sonrió-. Mister Ziegfeld ya está listo para recibirles.

Había oído de boca de los bailarines estadounidenses en el Adriana que Ziegfeld era un tirano, y su manera de tratar a los hermanos Gershwin sustentaba esa imagen. Así que cuando seguí a Goldie al despacho del empresario teatral me sorprendió encontrar a un hombre sonriente con los ojos más fascinantes que había visto en mi vida. Eran redondos y risueños como los de un osito de peluche, el tipo de ojos que nunca envejecen.