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– ¡Mire las mangas del vestido de mademoiselle Fleurier! -le dijo Ziegfeld.

Separé los brazos del resto del cuerpo para que todo el mundo pudiera ver las mangas. El vestido de gasa me había parecido bien cuando me lo había probado. Miré de reojo a André, que sacudió la cabeza.

– ¿Qué les pasa? -preguntó el joven-. Son mangas a tres cuartos, como usted quería.

El rostro de Ziegfeld adquirió un tono aún más oscuro.

– Puede que sean a tres cuartos, pero se le estrechan en los codos cuando tendrían que abrirse en abanico, ¡como si fueran campanas! ¡Se supone que es un ser celestial, no una campesina!

– Eso es lo que usted ordenó -replicó el joven.

Claramente, el muchacho no llevaba demasiado tiempo trabajando en el Ziegfeld Theatre como para saber que no podía dar una contestación así. Por el modo en que le temblaban las manos a Ziegfeld, temí que no fuera a durar mucho tiempo más en su empleo.

– ¡Eres un idiota! -voceó Ziegfeld y su grito hizo eco por todo el auditorio-. ¡Sal de mi vista! ¡Vete de aquí! ¡Yo dije «celestial», no «campesina»!

El hombre se encogió de hombros contrariado y salió corriendo del teatro. Un toro enfurecido era menos aterrador que Ziegfeld cuando se enfadaba.

El empresario corrió escaleras arriba hacia el escenario, con la mirada fija en mí. Yo me había confundido con algunas palabras de la canción. Me era casi imposible pronunciar la palabra «ojos» correctamente. Siempre decía algo parecido a «oguios». «París es un festín para los oguios. Ven aquí y mírame a los oguios.» Me quedé helada en el sitio, esperando su reprimenda.

Se paró en seco, me cogió de la mano y me habló con un tono muy tierno.

– Me pregunto, mademoiselle Fleurier, ¿cómo se siente con respecto a la canción? También me pregunto ¿qué le dice a usted esta canción?

Su tono era tranquilizador, y era tal el contraste con el arrebato que acabábamos de presenciar que me convencí de que estaba siendo sarcástico. Lo miré fijamente. Pero parecía totalmente ajeno a mi confusión y clavó su intensa mirada en mí.

– Lo que quiero saber, mademoiselle Fleurier, es qué le dice a usted esta canción. Como artiste.

El director me ahorró tener que contestar; porque en ese momento llamó al trío de Lou Clayton, Eddie Jackson y Jimmy Durante al escenario.

– Enséñenle a mister Ziegfeld lo que han elaborado -les dijo.

No obstante, los humoristas no habían terminado apenas su primer número en el que hacían que eran tramoyistas entre dos escenas, cuando Ziegfeld les ordenó que se marcharan.

– ¡Ya está bien! ¡Traed a las chicas otra vez! -gritó, y, volviéndose hacia mí añadió-: Nunca entiendo a los humoristas. No cojo sus chistes. Me desharía de ellos si no fuera porque al público le encantan.

Mis nervios no mejoraron la noche del estreno de Show Girl respecto al estreno en París. En todo caso, habían empeorado. Ziegfeld había insistido en que yo cantara el número con reserva y elegancia, de modo que no podía recurrir a nada de mi personalidad y mi extravagancia francesas. Hacia las siete me temblaban las manos, y cuando calenté la voz, apenas podía controlarla. Le pedí a André que se quedara en mi camerino hasta que me llamaran a escena.

– Simone -me dijo, cogiendo a Kira y colocándola sobre mi regazo-, no deberías ponerte tan nerviosa. Sabes que el público que viene a los estrenos de Ziegfeld siempre acude dos veces a ver el espectáculo: una para fijarse en los escenarios y otra para disfrutar de los artistas.

La música del espectáculo, que había comenzado a sonar con fuerza, se detuvo de nuevo. Alguien llamó a la puerta. André la abrió y un hombre vestido de frac se introdujo en el camerino. Tenía una barriga redonda como una calabaza y lucía una barba afeitada en tres pulcras líneas bajo la barbilla. No me gustó su aspecto. Había algo siniestro en sus ojos.

– ¿Puedo ayudarle en algo? -le ofreció André.

El hombre negó con la cabeza y gruñó haciendo una mueca. André y yo nos intercambiamos una mirada.

– Debe de haber algún error -dijo André, suponiendo que el hombre era algún actor secundario que había entrado en el camerino equivocado.

– No, no hay ningún error -contestó el hombre, inclinando la cabeza, de modo que la luz se reflejó sobre su pelo engominado.

Se llevó la mano a la chaqueta y sacó algo negro y largo. Durante un terrorífico instante pensé que era una pistola, y entonces vi que sostenía un delgado globo en la mano. Dobló el globo en varias partes y lo sostuvo entre los dedos antes de retorcerlas para que el globo pareciera una ristra de salchichas. La goma producía chirridos cada vez que el hombre la tocaba, pero sus dedos se movían con la destreza de los de un maestro de origami. André y yo nos quedamos hipnotizados. El hombre dobló el globo y enrolló ambas partes juntas, formando un cuello y unas orejas, dos patas delanteras, dos traseras y un rabo. André y yo dejamos escapar un «¡ahhh!» simultáneo cuando colocó la figura de un gato sobre el tocador.

El hombre nos dedicó una sonrisa bobalicona y sacó una tarjeta con un lazo en una esquina y la colgó alrededor del cuello del gato. «Buena suerte», decía la tarjeta.

– El Ziegfeld Theatre le desea a mademoiselle Fleurier una actuación maravillosa -dijo el hombre, haciendo una reverencia antes de retirarse por la puerta.

Kira saltó de mis brazos hasta el tocador y olfateó el gato de goma. André se echó a reír.

– Es una inocentada -me explicó-. Se trata de una tradición estadounidense. Consiste en enviar un actor especial a las estrellas para hacerlas reír y que se relajen antes de salir al escenario.

– Mon Dieu! -exclamé, hundiéndome de nuevo en mi asiento-. No me siento relajada en absoluto. Pensé que nos iba a matar.

– ¿De verdad? -preguntó André, agarrándome de las muñecas. Yo tenía las manos firmes y las palmas estaban secas. Se echó a reír-. Creo que sé lo que voy a hacer la próxima vez que tengas que salir al escenario en París.

A pesar de mis temores, mi actuación fue bien recibida por los estadounidenses. El público de Broadway era tan sofisticado como el parisino, aunque aplaudían con más facilidad y me gritaban su aprobación antes de que terminara mi número.

– ¡Gracias! -les dije-. Es maravilloso estar aquí, en su emocionante ciudad.

Me olvidé de mi papel. Aquello era un musical, no el teatro de variedades, y yo me había salido del personaje. Pero al público le encantó y se pusieron en pie para ovacionarme.

Ziegfeld tenía razón: los estadounidenses esperaban sentimiento y no humor de una cantante francesa. Me sentí alborozada cuando el crítico de The New York Times describió mi voz como «un instrumento líquido con las notas tejidas con hilo dorado».

No obstante, y por desgracia, el espectáculo no tuvo éxito. El trío cómico -especialmente Durante, al que apodaron afectuosamente «Schnozzola» [2] por su enorme nariz- recibió buenas críticas por su actuación junto con los bailarines Eddie Foy, Harriet Hoctor, las bailarinas y yo misma, pero los críticos cargaron contra todos los demás, incluida Ruby Keeler. «Renquea por el escenario con tanto fuego como el de una caja de cerillas húmeda en lugar de como una muchacha de Brooklyn decidida a aprovechar su gran oportunidad», decía una crítica. Apenas unas semanas más tarde, Ruby abandonó el espectáculo, alegando que padecía mala salud, y fue sustituida por Dorothy Stone. La estrella de cine de Hollywood aceleró un poco el ritmo, pero la obra era algo bastante aproximado a lo que los críticos describían: una farsa lenta e inconexa donde no pasaba apenas nada.

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[2] Narigudo. (N. de la T.)