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– Mire, señorita, ¡por favor no me salga con esa pendejada! La prueba de que existe soy yo misma, pues soy su alma gemela. Rodrigo Sánchez existe porque yo existo, y punto.

No hubo un solo ser viviente dentro de la Procuraduría de Defensa del Consumidor que no oyera los gritos destemplados de Azucena, pero nadie se sorprendió tanto al escucharlos como su compañero de fila. Suspendió de inmediato la enrimelada que se estaba dando en las pestañas. Se estaba retocando los ojos después del copioso llanto que había derramado. Las manos le temblaban de la impresión que recibió y le fue muy difícil poner el rímel en su lugar dentro de su bolsa. Cuando Azucena, hecha una furia, tomó sus papeles y dio la vuelta para salirse, no supo qué hacer. Le tocaba su turno para que lo atendieran, pero se quedó dudando entre dar un paso al frente o seguir a Azucena.

Al salir a la calle, Azucena sintió un golpe en el hombro que la hizo brincar. A su lado estaba un hombre de aspecto muy desagradable susurrándole algo al oído.

– ¿Necesita un cuerpo?

– ¿Que qué?

– Que yo le puedo conseguir un cuerpo en muy buen estado y a precio módico.

¡Nada más eso le faltaba para terminar una bella e inolvidable mañana en la burocracia! Había cometido el error de prestarle atención a este «coyote» y eso iba a ser suficiente como para no poder quitárselo de encima unas tres cuadras más. En todas las oficinas de gobierno abundaba ese tipo de personajes, pero era necesario ignorarlos por completo si uno quería caminar con tranquilidad por la calle, ya que si ellos veían que uno los observaba por la comisura de los ojos aunque fuera un segundo, insistían en vender sus servicios a como diera lugar.

– No, gracias.

– ¡Ándele! ¡Anímese! No va a encontrar mejor precio.

– ¡Que no! No necesito ningún cuerpo.

– Pues no es por nada, pero yo la veo medio maltratada.

– ¡Y eso a usted qué le importa!

– No, pos yo nomás digo. Ándele, tenemos unos que nos acaban de llegar, bien bonitos, con ojos azules y todo…

– ¡Que no quiero!

– No pierde nada con irlos a ver.

– ¡Que no! ¿No entiende?

– Si le preocupa la policía, déjeme decirle que trabajamos con cuerpos sin registro áurico.

– ¡A la policía es a la que voy a hablar si no me deja de estar chingando!

– ¡Uy, qué genio!

No había estado mal, sólo se había tardado una cuadra y media a paso veloz para dejar a un lado al «coyote». Azucena volteó desde la esquina para ver si no la seguía y lo vio abordar a su ex compañero de fila. ¡Ojalá que la desesperación de esa ex «bailarina» frustrada por no tener un cuerpo de mujer no lo fuera a hacer caer en las garras de ese gañán! Pero bueno, ella qué tenía que andarse preocupando, con sus propios problemas tenía más que suficiente. De ahí en fuera, el mundo se podía caer, que a ella no le importaba. Caminaba tan abstraída en sus pensamientos que nunca se dio por enterada de que una nave espacial recorría la ciudad anunciando el nombramiento del nuevo candidato a la Presidencia Mundiaclass="underline" Isabel González.

Dos

Ser demonio es una enorme responsabilidad, pero ser Mammón, el demonio de Isabel, es realmente una bendición. Isabel González es la mejor alumna que he tenido en millones de años. Es la más bella flor de mansedumbre que han dado los campos del poder y la ambición. Su alma se ha entregado a mis consejos sin recelos, con profunda inocencia. Toma mis sugerencias como órdenes ineludibles y las lleva a cabo al instante. No se detiene ante nada ni ante nadie. Elimina al que tiene que eliminar sin el menor remordimiento. Pone tanto empeño en alcanzar sus pretensiones que pronto va a pasar a formar parte de nuestro cuerpo colegiado, y ese día voy a ser el demonio más orgulloso de los infiernos.

Considero una fortuna haber sido elegido como su maestro. Podían haber escogido a cualquier otro de los ángeles caídos que habitamos las tinieblas, muchos de ellos con mejores antecedentes en el campo de la enseñanza. Pero, ¡bendito sea Dios!, el favorecido fui yo. Gracias a la aplicación de Isabel me voy a hacer merecedor del ascenso que por tantos siglos he esperado. Por fin se me va a dar el reconocimiento que merezco, pues hasta ahora no he recibido más que ingratitudes. ¡Mi labor es tan mal pagada! Los que siempre se han llevado los aplausos, las condecoraciones, la gloria, son los Angeles de la Guarda. Y me pregunto, ¿qué harían ellos sin nosotros, los Demonios? Nada. Un espíritu en evolución necesita atravesar por todos los horrores imaginables de las tinieblas antes de alcanzar la iluminación.

No hay otro camino para llegar a la luz que el de la oscuridad. La única manera de templar un alma es a través del sufrimiento y el dolor. No hay forma de evitarle este padecimiento al ser humano. Tampoco es posible darle las lecciones por escrito. El alma humana es muy necia y no entiende hasta que vive las experiencias en carne propia. Sólo cuando procesa los conocimientos dentro del cuerpo los puede adquirir. No hay conocimiento que no haya llegado al cerebro sin cruzar por los órganos de los sentidos. Antes de saber que era malo comer el fruto prohibido, el hombre tuvo que percibir el poder de su aroma, sufrir el antojo, gozar el placer de la mordida, estremecerse con el sonido de la piel desgarrada, recibir el bocado dentro de la boca, saber de sus redondeces, de sus jugos, de la suave textura que le acariciaba el esófago, el estómago, el intestino. Hasta que Adán comió la manzana, su mente se abrió a nuevos conocimientos. Hasta que sus intestinos la digirieron, su cerebro llegó a la comprensión de que caminaba desnudo por el Paraíso. Y hasta que sufrió las consecuencias de haber adquirido la sabiduría de los Dioses que lo habían creado, supo de su equivocación. Nunca habría bastado que se le dijera que no podía comer del Árbol del Bien y del Mal. No hay manera de que los seres humanos acepten un razonamiento a priori. Lo tienen que vivir a plenitud. ¿Y quién les proporciona esas experiencias? ¿Los Angeles de la Guarda? No señor, nosotros, los Demonios. Gracias a nuestra labor, el hombre sufre. Gracias a las pruebas que le ponemos, puede evolucionar. ¿Y qué recibimos a cambio? Rechazo, ingratitud, mal agradecimiento. Ni hablar, así es la vida. Nos tocó jugar el papel de los malos. Alguien tenía que jugarlo. Alguien tenía que ser el maestro, el corrector, el guía del hombre en la oscuridad. Y les aseguro que no es fácil. Educar, duele. Aplicar la pena, el castigo, la condena, es una punzada constante. Ver al hombre sufrir eternamente por nuestra culpa, es un penoso tormento. Nada lo alivia. Ni siquiera saber que es por su bien. Eso no ahuyenta el sufrimiento. Sería tan placentero pertenecer al grupo de los que dan alivio, los que consuelan, los que secan las lágrimas, los que dan el abrazo protector. Pero entonces, ¿quién iba a hacer evolucionar al hombre? La letra con sangre entra, y alguien tiene que dar el golpe. ¿Qué sería de la cuerda de un piano si alguien no golpea la tecla? Nunca nos enteraríamos del bello sonido que puede producir. A veces hay que violentar la materia para que muestre su hermosura. Es a golpes de cincel que un pedazo de mármol se convierte en una obra maestra. Hay que saber golpear sin piedad, sin remordimiento, sin miedo a hacer a un lado los trozos de piedra que impiden que la pieza muestre su esplendor.

Saber producir una obra de arte es saber quitar lo que estorba. La creación utiliza el mismo procedimiento. En el vientre materno, las propias células saben hacerse a un lado, se suicidan para que otras existan. Para que el labio superior pudiera separarse del labio inferior, tuvieron que morir las miles de células que los unían. De no haber sido así ¿cómo podría el hombre hablar, cantar, comer, besar, suspirar de amor? Desgraciadamente, el alma no tiene la misma sabiduría que las células. Es un diamante en bruto que, para irse puliendo, necesita los golpes que el sufrimiento proporciona. Después de tantos siglos, ya era para que lo hubiera aprendido y dejara de resistirse al castigo. Se niega a ser la célula que se suicida para que la boca se abra y hable por todos. Lo mismo pasa con los seres humanos. No les gusta ser esa piedra que se desecha para que aparezca una escultura. Entonces no hay más remedio que hacerlos a un lado para beneficio de la humanidad. Los indicados para hacerlo son los violentadores de la materia: esos seres que no respetan el lugar ni el orden de las cosas. Son aquellos que no se maravillan ante la vida, ni se sientan a contemplar la belleza de un atardecer. Aquellos que saben que el mundo puede ser transformado para su beneficio personal. Que no hay límites que no puedan ser traspasados. Que no hay orden que no pueda ser desacomodado. Que no hay ley que no pueda ser reformada. Que no hay virtud que no pueda ser comprada. Que no hay cuerpo que no pueda ser poseído. Que no hay códices que no puedan ser quemados. Que no hay pirámides que no puedan ser destruidas. Que no hay opositor que no pueda ser asesinado.