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Cuesta trabajo entender el Amor. Generalmente uno está acostumbrado a obtenerlo por medio de una pareja. Pero el amor que experimentamos durante el acto amoroso es sólo un pálido reflejo de lo que es el verdadero Amor. Nuestro compañero es únicamente el intermediario a través del cual recibimos el Amor Divino. Gracias al beso, al abrazo, uno obtiene en el alma la paz necesaria para poder alinearse y conectar con El. Pero, ojo, eso no quiere decir que nuestra pareja sea la poseedora de ese Amor ni la única que nos lo puede proporcionar, ni que si esa persona se aleja se lleve el Amor dejándonos en el desamparo. El Amor Divino es infinito. Está en todas partes y completamente al alcance de nuestra mano en todo momento. Es muy tonto tratar de disminuirlo y limitarlo al pequeño espacio que abarcan los brazos de Rodrigo. ¡Si Azucena supiera que lo único que tiene que hacer es aprender a abrir su conciencia a la energía de otros planos para recibir a manos llenas el Amor que tanto necesita! Si supiera que en este preciso momento está rodeada de Amor, que anda circulando a su lado a pesar de que nadie la está besando ni acariciando ni abrazando. Si supiera que es una hija amada del Universo dejaría de sentirse perdida.

Azucena me culpa de todo lo que está pasando y no se da cuenta que la pérdida de Rodrigo es algo que tenía que sufrir, pues al momento en que se lance a buscarlo va a encontrar en el camino la solución a un problema que ha venido aquejando a la humanidad por milenios. Ésa es la verdadera razón de todo. La explicación de todas sus dudas. Hay un problema de origen cósmico que está afectando a todos los habitantes del planeta, y ella es la encargada de solucionarlo. Es una misión que nos abarca a todos y que el ego de Azucena minimiza y convierte en una cuestión de carácter personal. Su ego adolorido la hace pensar que el mundo está en su contra y que todo lo que pasa únicamente la afecta a ella. Ella forma parte de este mundo, y si a ella la afecta, al mundo también. El mundo tiene intereses mucho mayores que el de querer destruir a Azucena. Sería absurdo, además, pues al aniquilar a un ser humano se estaría aniquilando a sí mismo, y el Universo no tiene esos problemas de autodestrucción. ¡Ojalá que ella pudiera estar aquí a mi lado en el espacio! Vería su pasado y su futuro al mismo tiempo y sólo así entendería por qué permití que Rodrigo desapareciera. ¡Ojalá que pudiera ver que con el doctor Diez no murieron todas sus posibilidades! ¡Ojalá que pudiera ver que tiene a la mano muchas mejores alternativas que las que le ofrecía el doctor! ¡Ojalá que ejerciera correctamente su libre albedrío! ¡Si ni es tan difícil hacerlo, carajo!

La vida nunca nos va a poner frente a una encrucijada donde haya un camino que nos lleve a la perdición. Nos va a poner dentro de las circunstancias que estemos capacitados para manejar. Lo que pasa es que el hombre generalmente se deja vencer por las circunstancias. Las ve como obstáculos inamovibles ante los cuales no puede hacer nada, y no hay nada más falso que eso. El Universo siempre nos pondrá dentro de las situaciones que correspondan a nuestro grado de evolución. Por eso en el caso específico de Azucena yo siempre me opuse a que apresurara su encuentro con Rodrigo. Y no era porque a ella le faltara evolucionar ni por las deudas que él aún tenía pendientes, sino porque a Azucena le faltaba aprender a controlar un poco más sus impulsos y su rebeldía antes de enfrentarse a la situación en que se encuentra ahora. Yo sabía muy bien que se iba a encabronar y no me equivoqué. La confusión en que vive no la deja ver la verdad.

En la Tierra existen una serie de verdades y una sene de confusiones y mentiras. La confusión viene de que el hombre toma como verdad cosas que no lo son. La verdad nunca está afuera. Cada uno tiene la capacidad, si se comunica consigo mismo, de encontrar la verdad. Es lógico que en este momento Azucena se vea confundida. Afuera sólo ha encontrado caos, mentira, asesinatos, miedo, indecisión. Ella piensa que esa verdad es dura como una roca, y no lo es. Ella, ante esa desesperación general que domina afuera, debería decir: «Yo no tengo por qué participar de este caos aunque reconozca que lo estoy viendo, pues YO NO SOY EL CAOS.» En el momento en que niegue como verdad la realidad que la rodea, encontrará su propia verdad y obtendrá paz. Como lo que es afuera es adentro, esa paz individual producirá la Paz Universal. Pero como no espero que Azucena en este momento esté en condiciones de llegar a esto, tengo que propiciar que le dé su ayuda a algún necesitado. Al ayudar a otra persona se estará ayudando a sí misma.

Seis

Unos fuertes toquidos en la puerta hicieron que Azucena se levantara de la cama. Al abrir, se encontró con Cuquita, la abuelita de Cuquita, las maletas de Cuquita y el perico de Cuquita. Cuquita y su abuelita venían todas madreadas. El perico, no. Azucena no supo qué decir, lo único que se le ocurrió fue invitarlas a pasar. Cuquita le confió sus problemas. Su esposo cada día la golpeaba más. Ya no lo soportaba. Pero ahora, el colmo era que había madreado a su abuelita, y eso sí que no se lo iba a permitir. Le pidió a Azucena que la dejara pasar unos días en su casa. Azucena le dijo que estaba bien. No le quedaba otra. Cuquita sabía lo del intercambio de cuerpos y no quería que la denunciara. Claro que ella podía hacer lo mismo y soltar la información de los virtualibros, pero no le convenía. Lo que ella tenía que perder no se comparaba para nada con lo que Cuquita, en dado caso, perdería. Así que decidió hacer a un lado sus penas y compartir su casa con ellas. Total, sería sólo por unos cuantos días.

En cuanto Cuquita tomó posesión de la cocina, Azucena empezó a sentirse invadida. Es verdad que su abuelita necesitaba urgentemente un té de tila para el susto, pero lo que a Azucena le molestó fue que Cuquita colgara la jaula del perico justo sobre la mesa del desayunador. Estorbaba toda la visión y, aparte, significaba que de ahí en adelante iban a comer con las plumas del perico en las narices. La sensación de invasión se fue agudizando conforme Cuquita se instalaba. Para empezar, dio acomodo a su abuelita en el sofá cama de la sala. La abuelita era bastante adaptable y silenciosa, pero de cualquier manera estorbaba. Ahora, cada vez que Azucena quisiera ir por un vaso de agua a la cocina tendría que brincar sobre ella. Pero el acabóse llegó cuando Cuquita, finalmente, tomó posesión de la recámara de Azucena. Empezó a dejar sus cosas por todos lados. Azucena iba tras ella tratando de poner orden. Amablemente le sugirió que podían guardar la petaca de demostración de Avon en el clóset. Azucena no quería saber lo que Rodrigo iba a pensar de ella el día que regresara y encontrara la pinche petaca a media recámara. Cuquita se negó terminantemente, pues dijo que al día siguiente tenía una demostración y sólo si veía la petaca se iba a acordar.

Azucena no daba crédito a lo que sus ojos veían. Cuquita era dueña de una cantidad impresionante de objetos horrorosos y de mal gusto. Lo que más le llamó la atención fue un extraño aparato parecido a una elemental máquina de escribir. Cuquita la trataba con especial cuidado. Azucena le preguntó que qué era y Cuquita le respondió con gran orgullo:

– Es un invento mío.

– ¡Ah! ¿Sí…? ¿Y qué es?

– Es una Ouija cibernética.

Cuquita acomodó el aparato sobre la mesa de noche y se lo mostró a Azucena como si estuviera vendiendo un producto de Avon. El aparato estaba integrado por una computadora antiquísima, un fax, un tocadiscos de la época de las cavernas, un telégrafo, una báscula, un matraz del que salían unos tubos extraños, un comal delimitado por cuarzos y una matraca. En medio del comal había unas manos delineadas que indicaban el lugar donde uno debía depositarlas.