Azucena le pidió que se relajara y respirara profundamente. Enseguida le dio indicaciones de que respirara con inhalaciones cortas y seguidas. Después le pidió que repitiera varias veces en voz alta: «¡Tengo miedo!» Rodrigo siguió al pie de la letra todas las instrucciones. Llegó un momento en que su cara y su respiración cambiaron. Azucena supo que ya había entrado en contacto con los recuerdos de su vida pasada.
– ¿En dónde está?
– En el comedor de mi casa…
– ¿Y qué pasa ahí?
– No quiero ver…
Rodrigo empezó a llorar. Su rostro mostraba un gran sufrimiento.
– Repita: «No quiero ver lo que pasa ahí porque es muy doloroso.»
– No, no quiero…
– ¿En esa vida es hombre o mujer?
– Mujer…
– ¿Y qué es lo que le hacen para que tenga tanto miedo? ¿Quién la lastimó?
– El hermano de mi esposo…
– ¿Qué le hizo?
– Yo no quería… Yo no quería…
– ¿No quería qué?
– Que… me violara…
– Vamos a ese momento. ¿Qué está pasando?
– Es que fue horrible… no quiero verlo…
– Yo sé que es doloroso, pero si no lo vemos, no vamos a avanzar ni se va a poder curar. Es bueno que lo hable por más malo que haya sido.
– Es que me acababan de decir que estaba embarazada.
El llanto de Rodrigo se hacía cada vez más doloroso.
– Y… para mí estar embarazada era algo muy sagrado… y él arruinó todo…
– ¿De qué manera?
– Mi esposo estaba tomado y se había quedado dormido y yo estaba recogiendo la mesa y…
– ¿Y qué pasó?
– No veo… No veo nada…
– Repita: «No quiero ver porque es muy doloroso…»
– No quiero ver porque es muy doloroso…
– ¿Ahora qué ve?
– Nada, todo está negro…
Cuquita no alcanzaba a oír nada de lo que Rodrigo y Azucena hablaban, pero ni así perdía detalle de lo que estaba pasando en el rincón de la nave donde ellos se encontraban. Sus oídos se agudizaron tanto para pescar algo de la conversación, que al poco rato de estarse esforzando alcanzó a oír hasta lo que Anacreonte trataba de decirle a Azucena y ella estaba renuente a escuchar: Rodrigo no podía hablar por dos cosas. Por un lado tenía un bloqueo de tipo emocional muy parecido al de Azucena, y, por el otro, un bloqueo real provocado por la desconexión con su memoria. Pero si Azucena había podido romper ese bloqueo al escuchar la música que le pusieron durante su examen de admisión en CUVA, lo mismo podía suceder con Rodrigo, pues al ser almas gemelas reaccionaban a los mismos estímulos. Cuquita esperó un rato a ver si Azucena ponía atención a su guía, pero al ver que no, se decidió a prestar sus servicios de metiche profesional llevando a Azucena el mensaje de su Ángel de la Guarda: «tenía que poner a Rodrigo a escuchar una de las arias de ese compact disc y registrar la regresión con una cámara fotomental». Azucena le preguntó a Cuquita cómo le hacían para conseguir una, y Cuquita recordó que el compadre Julito tenía una. Siempre viajaba con ella, pues le era muy útil para detectar estafadores entre los asistentes a sus espectáculos. Azucena cada día se sorprendía más con Cuquita. Le resolvía todos sus problemas. ¡Y ella que la había menospreciado por tanto tiempo! Esa mujer realmente era un genio.
Rápidamente le pidieron prestada la cámara al compadre Julito y la instalaron frente a Rodrigo. Acto seguido, le pusieron en la cabeza los audífonos del discman para que escuchara una de las arias de amor.
PRESENTACIÓN 3:
Nessun dorma (Aria de Calaf)
Turandot – Puccini
CUARTA PARTE
Uno
Después de esta imagen aparecieron en la pantalla puras rayas horizontales. Rodrigo, a manera de evasión, se quedó dormido. No podía ir más allá. Aparentemente su bloqueo era mucho más poderoso que el de Azucena. De cualquier manera, las imágenes que ella tenía en su mano le iban a ser de enorme utilidad. Como quien no quiere la cosa, las había empezado a hojear en lo que Rodrigo despertaba. Lo primero que le impactó fue descubrir que el comedor de esa casa correspondía a la misma habitación que ella había ocupado como recámara en su vida en 1985. Azucena reconoció el vitral de una de las ventanas como el que se le había venido encima el día del terremoto. Fuera de eso, entre el comedor de la vida de Rodrigo y la recámara de ella existía una abismal diferencia. El comedor pertenecía a la época de esplendor de la residencia y la recámara a la de decadencia. Azucena suspendió de golpe sus comparaciones. Acercó a su rostro una de las fotografías para apreciarla en detalle y descubrió que la cuchara que Rodrigo había sostenido en la mano durante la violación ¡era la misma que ella había visto en Tepito y que había comprado la amiga de Teo el anticuario! En cuanto regresaran a la Tierra, lo primero que Azucena tenía que hacer era ir a buscar a Teo para que lo condujera con su amiga. ¡Ojalá que esa mujer aún conservara la cuchara! Por lo pronto, tenía que terminar con la sesión de Rodrigo. Tenía que armonizarlo. No podía dejarlo en el estado en que se encontraba. Azucena, poniéndole los dedos en la frente, le ordenó que despertara y que continuara con la regresión. Rodrigo reaccionó perfectamente a sus indicaciones.
– Vamos al momento de tu muerte. Vamos a que veas por qué tenías que haber tenido la experiencia que tuviste. ¿Dónde estás?
– Acabo de morir.
– Pregúntale a tu guía qué tenías que aprender.
– Lo que es una violación…
– ¿Por qué? ¿Violaste a alguien en otra vida?
– Sí.
– ¿Y qué se siente ser violado?
– Mucha impotencia… mucha rabia…
– Llama a tu cuñado por su nombre y dile lo que sentiste cuando te violó.
– Pablo…
– Más fuerte.
– ¡Pablo…!
– Ya está frente a ti, dile todo…
– Pablo, me hiciste sentir muy mal… me lastimaste mucho…
– Dile qué sientes hacia él.
– Te odio…
– Dilo más fuerte. Grítaselo en la cara.
– Te odio… Te odio…
– ¿Qué sientes?
– Rabia, mucha rabia… ¡Siento los brazos cargados de rabia!
El rostro de Rodrigo se deformó. Tenía las venas saltadas. Los brazos tensos y las manos apretadas. La voz le salía ronca y distorsionada. Lloraba desesperadamente. Azucena le indicó que tenía que continuar gritando hasta que saliera toda la rabia encerrada. Para facilitar el desahogo le proporcionó un cojín y le ordenó que lo golpeara con todas sus fuerzas. El cojín fue insuficiente para alojar la furia que deja una violación dentro del organismo. Rodrigo, al poco rato de golpear, lo destrozó, lo cual fue muy bueno, pues su rostro empezó a mostrar alivio. Lo malo fue que todos en la nave se tuvieron que hacer a un lado para evitar ser alcanzados por los golpes, y la nave, que no andaba en muy buenas condiciones que digamos, se desestabilizó y empezó a brincotear. La abuelita de Cuquita, que dormía profundamente, se despertó entre el alboroto. Los gritos de Rodrigo se le metieron hasta el fondo del alma y en medio del sueño alcanzó a pronunciar: «Ya lo decía yo, éste es el mismo borracho de mierda.»
Azucena logró tranquilizar a todos. Les explicó que Rodrigo ya había descargado la energía negativa y que de ahí en adelante ya no iba a causar ningún problema. No tenían nada que temer. Todos volvieron a sus puestos. La nave recuperó la calma. Y ella pudo continuar con su trabajo.
– Muy bien, Rodrigo, muy bien. Ahora tenemos que ir al momento en que se originó el problema entre tu cuñado y tú. Porque estoy segura de que fue en otra vida. Dime si lo conocías de antes.