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– Sí… hace mucho…

– ¿Dónde vivían y cuál era tu relación con él?

– Él era mujer… Yo era hombre… Vivíamos en México…

– En qué año.

– En 1527… Ella era una india que estaba a mi servicio…

– Vamos al momento en que surgió el problema. ¿Qué pasa?

– Yo estoy sobre una pirámide, que dicen que es la Pirámide del Amor, y ella llega… y yo… la violo allí mismo…

– ¡Mjum! Eso es interesante… Ahora que ya sabes lo que se siente al ser violado, ¿qué sientes hacia ella?

– Me siento muy apenado de haberle causado un dolor así.

– Díselo. Llámala. ¿La conoces en tu vida presente?

– No, en ésta no, pero en la otra sí. Ella era el cuñado que me violó.

– ¡Mjum! ¿Y después de saber lo que sabes lo sigues odiando?

– No.

– Pues llámalo y díselo. ¿Sabes cómo se llama en esa vida?

– Sí. Citlali… Citlali, quiero pedirte perdón por haberte violado… yo no sabía que te estaba dañando tanto… Perdóname, por favor… me da mucha pena lo que te hice… no era mi intención lastimarte… yo sólo te quería amar, pero no sabía cómo…

– Dile cómo fue que pagaste haberla violado… avanza en el tiempo… vamos a la vida inmediatamente posterior a ésa… ¿Dónde estás?

– En España…

– ¿En qué año?

– Creo que es 1600 y pico… Soy un monje… Tengo barba y la cabeza rasurada… Estoy tratando de domar mi cuerpo… Estoy desnudo hasta la cintura, hundido en la nieve… Hay ventisca… tengo mucho frío, pero tengo que vencer a mi cuerpo.

El cuerpo de Rodrigo temblaba de pies a cabeza, se le veía cansado y angustiado, pero Azucena necesitaba continuar con el interrogatorio.

– ¿Y aprendes a controlarlo?

– Sí… Viene una monja y se desnuda frente a mí, pero yo me resisto…

– ¿Cómo es la monja?

– Bonita… tiene un cuerpo bellísimo… pero… es una alucinación… no existe… mi mente la fabrica porque llevo días sin comer para vencer la gula… Me estoy muriendo… estoy muy débil… me arrepiento de haber desperdiciado mi cuerpo… mi vida…

– ¿Por qué? ¿A qué te dedicaste en esa vida?

– A nada… a controlar mi cuerpo y mis deseos… Pero me costó mucho trabajo…

– Pero algo bueno tienes que haber hecho… Busca un momento que te haya dado mucha satisfacción…

– No lo encuentro… No hice nada… Bueno, lo único útil que hice fue inventar groserías…

– ¿Cómo fue eso?

– Los monjes de la Nueva España no querían que los indios aprendieran a insultar a la manera de los españoles, pues éstos constantemente decían «Me cago en Dios», y nos pidieron que inventáramos groserías nuevas…

– ¡Mjum! Qué interesante. Bueno, entonces no fue una vida del todo desperdiciada, ¿no crees…?

– Pues no, pero sufrí mucho…

– Díselo a Citlali en la vida en que la violaste… Dile que tuviste que penar mucho para pagar tu culpa… Dile que fue muy duro aprender a controlar tus deseos… Dile cómo sufriste.

Azucena le dio un tiempo a Rodrigo para que hablara mentalmente con Pablo-Citlali y luego se decidió terminar con la sesión.

– Bien, ahora repite junto conmigo: «Te libero de mi pasión, de mis deseos. Me libero de tus pensamientos de venganza, pues ya pagué lo que te hice. Te libero y me libero. Te perdono y me perdono. Dejo salir toda la rabia que me tenía unido a ti. La dejo circular nuevamente. La libero y permito que la naturaleza la purifique y la utilice en la regeneración de las plantas, en la armonización del Cosmos, en la diseminación del Amor.»

Rodrigo repitió una a una las palabras que Azucena le dijo y su rostro poco a poco fue llenándose de alivio. Descubrió que el dolor de cadera había desaparecido, y cuando abrió los ojos, papujados por el llanto, su mirada era por completo otra. Inmediatamente el humor en la nave mejoró y todos se sintieron inmensamente felices por el resto del trayecto.

Dos

Hacen estrépito los cascabeles,

el polvo se alza cual si fuera humo:

recibe deleite el Dador de la vida.

Las flores del escudo abren sus corolas,

se extiende la gloria,

se enlaza en la tierra.

¡Hay muerte aquí entre las flores,

en medio de la llanura!

Junto a la guerra,

al dar principio la guerra,

en medio de la llanura,

el polvo se alza cual si fuera humo,

se enreda y da vueltas,

con sartales floridos de la muerte.

¡Oh príncipes chichimecas!

¡No temas corazón mío!

en medio de la llanura,

mi corazón quiere

la muerte a filo de obsidiana.

Sólo eso quiere mi corazón:

la muerte en la guerra…

Ms. «Cantares Mexicanos», fol. 9 r.

Trece Poetas del Mundo Azteca, MIGUEL LEÓN-PORTILLA.

México, 1984

Con el mismo ímpetu con que el volcán de Korma lanzó escupitajos de lava, el corazón de Isabel bombeó sangre.

Tuvo que hacerlo como medida de emergencia, pues en cuanto Isabel sintió que podía ser alcanzada por la lava, empezó a correr como loca, dejando atrás a sus guaruras. Nadie le pudo seguir el paso. Corrió y corrió y corrió hasta que se desmayó. El miedo a morir calcinada entró en su cuerpo con la fuerza de un huracán y disparó su alma hacia el espacio. Su cuerpo, tratando de recuperarla, corrió infructuosamente tras ella hasta que no pudo más y cayó al piso. No era la primera vez que perdía el sentido. De joven era corredora de fondo, pero dejó de practicar ese deporte cuando perdió el control sobre su cuerpo. Con frecuencia, al correr, su cuerpo, cual caballo salvaje, se le desbocaba y no se detenía hasta que se le agotaban todas las fuerzas. Generalmente corría sin motivo ni justificación. Bueno, escapar de la lava del volcán era una razón más que justificada, pero no siempre era así. Su galgomanía tenía que ver con una inexplicable necesidad de huir que le surgía del fondo del alma. El caso es que su cuerpo, extenuado por la carrera, había caído en el piso justo al lado de Ex Rodrigo, quien a su vez había perdido el conocimiento a manos de la primitiva que lo había noqueado de un solo golpe.

Cuando Agapito y Ex Azucena llegaron al lado de su jefa, se alarmaron. Ignorantes por completo del pasado correril de su patrona, no sabían ni qué pensar. Isabel, en apariencia, estaba completamente muerta. ¿Qué cuentas iban a dar al partido en caso de que eso fuera cierto?

Ex Azucena rápidamente sugirió que debían inculpar del asesinato al que fuera. Pensaron que lo más indicado era buscar al sospechoso entre los aborígenes de Korma, pues como no hablaban español no se podían defender.

– ¿Qué te parece éste? -preguntó Agapito, mientras señalaba a Ex Rodrigo.

– ¡Perfecto! -respondió Ex Azucena, y dieron inicio a la operación madriza.

En ésas estaban cuando Isabel recuperó el conocimiento. Al ver que sus guaruras estaban golpeando salvajemente al que ella creía Rodrigo, les gritó hecha una furia.

– ¿Qué están haciendo?

Agapito respondió de inmediato:

– Estamos interrogando a este sujeto, jefa.

– ¡Pendejos! ¡No le hagan daño! -Isabel se levantó y corrió al lado de Ex Rodrigo, y ante el azoro de sus guaruras le empezó a limpiar la sangre que le escurría por la nariz-. ¿Te lastimaron? -le preguntó.

Ex Rodrigo, a quien para entonces ya se le habían bajado los efectos de la borrachera y la noqueada, reconoció de inmediato a Isabel como la candidata a la Presidencia Mundial del Planeta y se le abrazó con desesperación. Con ojos llorosos, le suplicó:

– ¡Señora Isabel! ¡Qué bueno que la encuentro! Ayúdeme por favor. No sé qué hago aquí, yo vivo en la Tierra y me llamo Ricardo Rodríguez… mi esposa me trajo en una nave y…