Выбрать главу

No era el único en esa situación. Había otra que estaba completamente confundida y no entendía qué pasaba: la abuelita de Cuquita. Estaba muy molesta de que la hubieran sentado junto al «borracho de mierda», como ella llamaba al marido de Cuquita, y nadie la podía hacer entender que no estaba sentada junto al marido de su nieta sino junto a Rodrigo. La abuelita, en su ceguera, sólo se guiaba por los olores y los sonidos, y el cuerpo que tenía al lado, y que apestaba a alcohol y a orines, no podía ser otro que el de Ricardo, el esposo de Cuquita. Le explicaron una y otra vez lo del intercambio de almas y que el alma de Rodrigo, que ahora ocupaba ese cuerpo, era un alma pura. Para comprobarlo le dio un buen soplamocos. Rodrigo no se lo contestó, y eso bastó para que la abuelita de Cuquita cobrara venganza de la paliza del otro día, golpeándolo sin piedad por un buen rato. Le escupió en la cara que por su culpa estaba enferma y le advirtió que para ella era y siempre sería un borracho de mierda. Después de descargar toda su rabia, se durmió tranquilamente. Por fin había descansado en paz.

Rodrigo quedó muy maltratado, más moral que físicamente, por haber sido el receptor de los golpes que le propinó la abuelita de Cuquita. Nuevamente no entendía lo que le pasaba. Le molestaba mucho el olor que su cuerpo despedía. Le daba comezón la mugre. Sentía una necesidad tremenda de alcohol, que no sabía de dónde provenía pues él siempre había sido abstemio. No recordaba haber visto en la vida a la anciana que lo acababa de golpear y de reclamarle maltrato. Se sentía rodeado de locos en esa nave extraña. No sabía adonde lo llevaban ni por qué. Lo único que sabía era que tenía un nudo en la garganta… y unas ganas tremendas de orinar. Se levantó con la intención de ir al baño y sus piernas no lo sostuvieron. La pierna izquierda se le dobló por completo como si alguien se la hubiera desconectado. Azucena se acercó de inmediato a socorrerlo. Lo acostó en el piso y le preguntó si le dolía algo. Rodrigo se quejó de un dolor muy intenso en la cadera. Azucena le puso la mano en el lugar indicado y Rodrigo brincó. No soportaba que nadie lo tocara. Azucena, como buena astroanalista, al instante comprendió que ese dolor tenía su origen en una vida pasada. Era un miedo escondido que fue activado por la abuelita de Cuquita al momento de su agresión. Azucena lo tranquilizó, le explicó que ellos eran un grupo de amigos que habían venido a rescatarlo y que no pretendían hacerle daño sino prestarle ayuda. Que sabían de su pérdida de memoria y que estaban en las mejores posibilidades de poder ayudarlo a recuperarla, ya que ella era astroanalista y era… su mejor amiga. Rodrigo observó un buen rato a Azucena intentando reconocerla, pero su rostro le era completamente ajeno.

– Discúlpeme, pero no me acuerdo de usted.

– Ya lo sé. No se preocupe.

– ¿En serio me puede hacer recobrar la memoria?

– En serio. Si quiere podemos empezar el día de hoy.

Rodrigo no quiso perder más tiempo. Sin pensarlo demasiado asintió con la cabeza. El rostro de esa mujer que se decía su amiga lo hacía sentir muy bien. Su voz le daba segundad.

Azucena le pidió que se relajara y respirara profundamente. Enseguida le dio indicaciones de que respirara con inhalaciones cortas y seguidas. Después le pidió que repitiera varias veces en voz alta: «¡Tengo miedo!» Rodrigo siguió al pie de la letra todas las instrucciones. Llegó un momento en que su cara y su respiración cambiaron. Azucena supo que ya había entrado en contacto con los recuerdos de su vida pasada.

– ¿En dónde está?

– En el comedor de mi casa…

– ¿Y qué pasa ahí?

– No quiero ver…

Rodrigo empezó a llorar. Su rostro mostraba un gran sufrimiento.

– Repita: «No quiero ver lo que pasa ahí porque es muy doloroso.»

– No, no quiero…

– ¿En esa vida es hombre o mujer?

– Mujer…

– ¿Y qué es lo que le hacen para que tenga tanto miedo? ¿Quién la lastimó?

– El hermano de mi esposo…

– ¿Qué le hizo?

– Yo no quería… Yo no quería…

– ¿No quería qué?

– Que… me violara…

– Vamos a ese momento. ¿Qué está pasando?

– Es que fue horrible… no quiero verlo…

– Yo sé que es doloroso, pero si no lo vemos, no vamos a avanzar ni se va a poder curar. Es bueno que lo hable por más malo que haya sido.

– Es que me acababan de decir que estaba embarazada.

El llanto de Rodrigo se hacía cada vez más doloroso.

– Y… para mí estar embarazada era algo muy sagrado… y él arruinó todo…

– ¿De qué manera?

– Mi esposo estaba tomado y se había quedado dormido y yo estaba recogiendo la mesa y…

– ¿Y qué pasó?

– No veo… No veo nada…

– Repita: «No quiero ver porque es muy doloroso…»

– No quiero ver porque es muy doloroso…

– ¿Ahora qué ve?

– Nada, todo está negro…

Cuquita no alcanzaba a oír nada de lo que Rodrigo y Azucena hablaban, pero ni así perdía detalle de lo que estaba pasando en el rincón de la nave donde ellos se encontraban. Sus oídos se agudizaron tanto para pescar algo de la conversación, que al poco rato de estarse esforzando alcanzó a oír hasta lo que Anacreonte trataba de decirle a Azucena y ella estaba renuente a escuchar: Rodrigo no podía hablar por dos cosas. Por un lado tenía un bloqueo de tipo emocional muy parecido al de Azucena, y, por el otro, un bloqueo real provocado por la desconexión con su memoria. Pero si Azucena había podido romper ese bloqueo al escuchar la música que le pusieron durante su examen de admisión en CUVA, lo mismo podía suceder con Rodrigo, pues al ser almas gemelas reaccionaban a los mismos estímulos. Cuquita esperó un rato a ver si Azucena ponía atención a su guía, pero al ver que no, se decidió a prestar sus servicios de metiche profesional llevando a Azucena el mensaje de su Ángel de la Guarda: «tenía que poner a Rodrigo a escuchar una de las arias de ese compact disc y registrar la regresión con una cámara fotomental». Azucena le preguntó a Cuquita cómo le hacían para conseguir una, y Cuquita recordó que el compadre Julito tenía una. Siempre viajaba con ella, pues le era muy útil para detectar estafadores entre los asistentes a sus espectáculos. Azucena cada día se sorprendía más con Cuquita. Le resolvía todos sus problemas. ¡Y ella que la había menospreciado por tanto tiempo! Esa mujer realmente era un genio.

Rápidamente le pidieron prestada la cámara al compadre Julito y la instalaron frente a Rodrigo. Acto seguido, le pusieron en la cabeza los audífonos del discman para que escuchara una de las arias de amor.

PRESENTACIÓN 3:

Nessun dorma (Aria de Calaf)

Turandot – Puccini

CUARTA PARTE

Uno

Después de esta imagen aparecieron en la pantalla puras rayas horizontales. Rodrigo, a manera de evasión, se quedó dormido. No podía ir más allá. Aparentemente su bloqueo era mucho más poderoso que el de Azucena. De cualquier manera, las imágenes que ella tenía en su mano le iban a ser de enorme utilidad. Como quien no quiere la cosa, las había empezado a hojear en lo que Rodrigo despertaba. Lo primero que le impactó fue descubrir que el comedor de esa casa correspondía a la misma habitación que ella había ocupado como recámara en su vida en 1985. Azucena reconoció el vitral de una de las ventanas como el que se le había venido encima el día del terremoto. Fuera de eso, entre el comedor de la vida de Rodrigo y la recámara de ella existía una abismal diferencia. El comedor pertenecía a la época de esplendor de la residencia y la recámara a la de decadencia. Azucena suspendió de golpe sus comparaciones. Acercó a su rostro una de las fotografías para apreciarla en detalle y descubrió que la cuchara que Rodrigo había sostenido en la mano durante la violación ¡era la misma que ella había visto en Tepito y que había comprado la amiga de Teo el anticuario! En cuanto regresaran a la Tierra, lo primero que Azucena tenía que hacer era ir a buscar a Teo para que lo condujera con su amiga. ¡Ojalá que esa mujer aún conservara la cuchara! Por lo pronto, tenía que terminar con la sesión de Rodrigo. Tenía que armonizarlo. No podía dejarlo en el estado en que se encontraba. Azucena, poniéndole los dedos en la frente, le ordenó que despertara y que continuara con la regresión. Rodrigo reaccionó perfectamente a sus indicaciones.

– Vamos al momento de tu muerte. Vamos a que veas por qué tenías que haber tenido la experiencia que tuviste. ¿Dónde estás?

– Acabo de morir.

– Pregúntale a tu guía qué tenías que aprender.