Sobre esta inscripción, había sido tallada una media luna y una estrella de siete puntas encerradas dentro de un círculo.
El chambelán empujó la hoja de la puerta, y se abrió sin demasiados chirridos, lo que parecía indicar que había sido usada recientemente. Observé que el suelo, a los pies del umbral, estaba limpio del polvo que cubría con fina capa el resto de aquel sótano. Había luz al otro lado de la puerta. Una luz limpia e inesperadamente potente.
El chambelán se hizo a un lado, franqueándome el paso, y dijo:
– El condotiero os aguarda en el interior.
Atravesé el umbral sintiéndome más tranquilo y confiado; aquella luz tan nítida y brillante era la que había espantado los temores de mi mente.
Pero abría un nuevo misterio, pues era difícil imaginar de dónde provendría y cuál sería su fuente de combustión.
Entonces vi algo todavía más asombroso, que me dejó completamente desconcertado: dos pequeños árboles crecían de sendos jarrones a ambos lados del umbral. A partir de ese punto los arbustos se extendían trepando por las paredes hasta casi alcanzar el techo abovedado. ¿Cómo era posible que aquellos arbustos sobrevivieran en aquella remota covacha sepultada en el más profundo sótano del Palacio Imperial?
En mis estudios había comprobado cómo las plantas verdes necesitan de la luz del astro solar para mantener su vida y desarrollo, y no les es suficiente para esta función la pobre iluminación proporcionada por candiles o velas. «La virtud que da el Sol a la flor es cuestión de lugar, porque su fuego calienta el aire y le da calor al agua, y ésta se lo da a la flor.»
El techo era una amplia bóveda que se cimbraba sobre aquella sala de planta circular, y en él se había pintado, en fuerte albayalde, un extraño firmamento, síntesis de la ciencia astrológica, y semejante al catálogo de estrellas de Ptolomeo trazado por Hiparco de Alejandría. Allí estaban mis viejas amigas; la Ursa Major, el Canes Venatici, la Corona Borealis, Cepheus, Orión y el pentágono del Boyero, rotulando ese planisferio entre mitológico y cabalístico.
El vértice de la cúpula era un gran ojo por el que se colaba la luz para rebotar en un complejo juego de grandes espejos lenticulares que colgaban bajo éste, sujetos por unos intrincados mecanismos de metal, que distribuían la luz por el interior de la sala.
¿Qué lugar era aquél? Las paredes curvas estaban cubiertas de estantes, y estos estantes estaban repletos de libros y de redomas de vidrio, alambiques de cobre, morteros de porcelana, y panzudos frascos que almacenaban líquidos de colores.
En medio de la extraña biblioteca-laboratorio, una gran esfera de unas tres varas [2] de diámetro, de color azul brillante, soportada por una estructura de madera tallada. Y tras la esfera, un hombre aún más impresionante. Zanquilargo y huesudo, con ojos grises de acero un poco hundidos, barba rala y movimientos sedosos y gráciles como los de un gato. Observaba con atención, bañado por la luz teñida de azul que se derramaba desde lo alto, la gran esfera metálica. El reflejo de cobalto de la esfera ponía tonos mágicos en sus pómulos descarnados; el fondo de sus pupilas fosforecía. Su sombra, alargada y descoyuntada, lamía el muro del fondo.
Parecía un galgo, curtido tras abrirse camino en la vida a dentelladas y zarpazos.
Era Roger de Flor.
Parecía un galgo curtido tras abrirse camino
en la vida a dentelladas y zarpazos. Era Roger de Flor…
2
– Acércate, doctor iluminado -proclamó Roger de Flor con una voz acerada-. Te agradezco que hayas aceptado mi invitación.
Caminé hasta situarme a un par de pasos frente a aquel hombre impresionante. Iba perfectamente armado con una ancha espada que pendía desafiante de su cinturón de piel, como si esperara entrar en combate de un momento a otro. Incluso vestía una mohosa cota de malla bajo su lujosa sobrevesta a la francesa, de brillante seda negra, adornada con una gran flor bordada en oro sobre el pecho.
Su rostro era agreste y anguloso, como si hubiera sido tallado a machetazos sobre un bloque de madera. Señalando la gran esfera azul junto a la que estaba plantado, preguntó qué me parecía que era. Extrañado, la observé con cuidado.
La esfera no era completamente azul, tenía unas amplias manchas de color cobre distribuidas por su superficie. El bastidor de madera sobre el que estaba montada le permitía girar en todas las direcciones, y se deslizaba tan suavemente, sobre sus ejes bien engrasados, que era posible moverla con apenas el roce de una mano.
– ¡Dios Todopoderoso! -musité al comprender lo que tenía bajo mis dedos.
Sonriendo satisfecho, Roger dijo:
– Doña Irene me aseguró que eres el más inteligente de los hombres. Me alegro de haberle dado crédito.
Me sentía tan confuso por todo aquello que creía estar viviendo un sueño. Pregunté quién era aquella «doña Irene», a lo que Roger respondió que se trataba de su futura madre política; la hermana del Emperador Andrónico. Y que era una de esas mujeres griegas a las que les gusta leer. Ella le habló de mí al megaduque, afirmando que era cuanto necesitaba y que mi inteligencia le guiaría.
Llevé mis manos a las sienes, e intenté contener la ansiedad que latía en mi mente.
¿Qué era todo esto? ¿En qué lugar me hallaba?
Ignorando mis cuestiones, Roger volvió a preguntarme por la esfera. Volví a mirarla. Era maravillosa, como la más preciosa de las joyas, algo que nunca hubiera soñado ver. Acaricié con mi mano la estrecha mancha azul del Mediterráneo, la deslicé sobre las llanuras de cobre de Argelia y Libia, y situé mi dedo índice sobre la península Ibérica. Allí estaba todo, pero con una proporción extraña y a la vez maravillosa. El tamaño de la península itálica y griega parecía diminuto comparado con las vastas regiones de África y Asia. Los océanos ocupaban la mayor parte de la superficie de la esfera, y en comparación con ellos el Mare Nostrum apenas parecía un pequeño lago. Y desde luego no ocupaba el centro de…
– El Orbis Terrae; magníficamente representado.
– Eso mismo afirma doña Irene, pero no le creí -dijo el guerrero, y me preguntó sobre cómo algo redondo como una bola podía representar la Tierra.
– ¿Y qué forma esperabas que tuviera? Como marino que eres, ¿acaso no has observado que los barcos desaparecen poco a poco en la lejanía, ocultados por la curvatura del horizonte?
Roger me miró con sus ojos grises, pequeños y desconfiados, y afirmó que el Mundo no podía ser redondo.
– ¿Cómo viviría entonces la gente que estaba al otro lado? -dijo-. ¿Boca abajo?
Y, a continuación, me dijo cómo él siempre había oído decir que la Tierra era un elemento situado en el centro del Mundo, como la yema en el centro de un huevo. A su alrededor se encontraba el agua, como la clara que rodea la yema. Por fuera estaba el aire, como la membrana del huevo, y rodeándolo todo el fuego, que encerraba el mundo como la cáscara al huevo.
– No seguiré hablando contigo -le interrumpí- si antes no me explicas cuáles han sido tus verdaderas intenciones al traerme a Constantinopla, y qué lugar es éste.
El guerrero asintió en silencio, como si meditara sus siguientes palabras. Se apartó levemente de la esfera azul, y señaló:
– Es evidente que sabes quién soy.
Por supuesto; su nombre llevaba muchos años resonando por todo el Mediterráneo.
Lo último que había oído decir sobre Roger de Flor era que, el antaño gran héroe de la orden de los caballeros templarios, había sido expulsado con deshonor acusado de haber robado el tesoro que custodiaba durante la evacuación de Acre. Que salvó muchas vidas cristianas al acudir al rescate con su famosa nave el Halcón, pero que el tesoro nunca había aparecido.
Sobre cómo había acabado liderando a los feroces almogávares, como mercenario en la decadente ciudad de Constantinopla, era una historia que desconocía.
– Yo, en cambio, nunca había oído hablar de ti… -me confesó-. Mi vida ha sido muy azarosa, y nunca dispuse de tiempo para el estudio. Por eso te necesito, necesito a un hombre de ciencia en quien pueda confiar. El Emperador pretende imponerme a su físico, Misser Samuel, pero sospecho que éste es un espía a las órdenes de su estúpido hijo Miguel.
Le dije que no entendía de qué me estaba hablando, ni por qué necesitaba a un hombre de ciencia.
Roger me miró; parecía asombrado de que yo no lo hubiera deducido:
– Para que me ayude a encontrar el reino del Preste Juan, por supuesto.
– ¿El reino del Preste Juan? -repetí estúpidamente.
– ¿No te parece fascinante? Preparo una expedición al Oriente Asiático, donde se encuentra la ciudad del Preste Juan, con sus infinitas riquezas y sus calles adoquinadas de oro. Una fortaleza inexpugnable, poblada de cristianos descendientes de los que evangelizara el apóstol santo Tomás; próxima a las tierras de Gog y Magog y a otros lugares habitados por criaturas monstruosas.
Le miré atónito, y le pregunté por el motivo de un viaje tan increíble.
La situación en Romania [3] era desesperada, me confesó con seriedad; tras la caída de Acre, ya nada se interponía entre los turcos y las murallas de Constantinopla. Los otomanos correteaban impunemente por toda Anatolia, saqueando las ciudades griegas sin que nadie pudiera mover un dedo en su defensa. Habían sitiado Artaki, y cuando cayera esa plaza, cruzarían el estrecho mar de Mármara y llamarían a las puertas de la ciudad.