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– Éstas son las condiciones -dijo Myers, entregándole el papel.

Héctor lo cogió, saludó con indolencia y se fue.

– Bueno, ¿qué te ha dicho? -preguntó Mandras mientras bajaban por el empinado y resbaladizo camino de cabra que serpenteaba hacia el valle desde la cueva que Myers había utilizado como cuartel general.

– Nada. Un montón de mierda -respondió Héctor-. Lo que has de entender es que los británicos son unos fascistas que sólo quieren conquistar Grecia para su imperio, y gente como Zervas y sus lacayos del EDES les están ayudando a conseguirlo. Por eso él tiene todas las provisiones y nosotros nada.

– Pero si tenemos toneladas de cosas -dijo Mandras-. Hay suficiente como para hacer saltar por los aires a todos los nazis que hay en Grecia.

Héctor hizo caso omiso; Mandras era joven, ya aprendería.

– Esos aldeanos se han chivado a Myers -dijo-. Creo que deberíamos darles una buena lección. Cabrones colaboracionistas.

– Había unas cuantas tías buenas -apostilló Mandras, sonriente.

– A ellas también les enseñaremos un par de cosas -replicó Héctor, y los dos rieron conchabados de placer.

Aquellos aldeanos eran un hatajo de pequeñoburgueses, realistas y republicanos que sólo aparentaban ser contrarios a un rey a quien todo el mundo aludía despreciativamente como «Glucksburg». Eran todos compañeros de viaje del fascismo, y todos ellos desdeñaban el socialismo científico. Sí, había que hacer chillar y retorcerse a aquellas traidoras, y no preocuparse por problemas de conciencia, porque era lo menos que se merecían; estaban a punto de construir una Grecia nueva y mejor, y con los ladrillos de mala calidad había que hacer lo que a uno le diese la gana, al fin y al cabo iban a desecharlos. Era como hacer una tortilla y tirar las cáscaras.

Allá en su cueva, Myers reconsideró la posibilidad de pedir la evacuación. El Cairo pasaba por alto lo que les contaba sobre el ELAS y no parecían entender que antes o después -más bien antes- los comunistas iniciarían una guerra civil. Él sólo estaba perdiendo el tiempo. Se enjugó la frente con su pañuelo y se pasó la mano por la incipiente barba que aún era una novedad para él. Entró Tom Barnes, que venía de andar cinco días tras haber destruido un puente con ayuda de los hombres de Zervas. Se dejó caer en la vieja silla de madera, se quitó las botas y examinó las ampollas en carne viva que tenía en la planta del pie y en los dedos. Myers le interrogó enarcando una ceja y Barnes levantó la vista, sonriente.

– Una explosión de narices -dijo, arrastrando las palabras-. Ha sido la hostia. Vigas voladizas por todas partes. Los wops y los jerries * tienen trabajo para semanas.

– Magnífico -dijo Myers-. ¿Un poco de té? Acaba de estar aquí ese Héctor. Es casi tan horrendo como Aris, un auténtico canalla hasta los tuétanos.

– Es lo que pasa con los sombreros malos -dijo Barnes-, uno acaba poniéndoselos siempre en la cabeza.

35. PANFLETO DISTRIBUIDO POR TODA LA ISLA BAJO EL ESLOGAN FASCISTA «CREE, LUCHA Y OBEDECE»

¡Italianos! Celebremos la vida y las conquistas de Benito Andrea Amilcare Mussolini, quien pese a unos inicios poco prometedores nos ha llevado a la ruina.

De niño se creyó que era mudo, pero más adelante demostró una garrulería incorregible y un pasmoso talento para la verborrea. De muchacho cogía pájaros y los dejaba ciegos con un alfiler, arrancaba plumas a las gallinas, se le consideraba ingobernable y pellizcaba a las niñas en el colegio para hacerlas llorar. Era el jefe de la banda, siempre buscaba pelea, iniciaba riñas sin mediar provocación y se negaba a pagar las apuestas que perdía. A los diez años apuñaló a un chico durante la cena y poco tiempo después apuñaló a otro más. Hizo correr la voz de que era el primero de su clase, cuando no era así, y al comienzo de la pubertad empezó a frecuentar todos los domingos un burdel en Farti. ¡Éstos son los velos de esplendor entre los que inició su vida!

Cometió estupro en la persona de una virgen, en un hueco de escalera, y cuando ella lloró por su honor él le reprochó no haber ofrecido suficiente resistencia. Misántropo y eremítico, era zarrapastroso, maleducado, incapacitado para cualquier empleo, y sólo salía al anochecer. ¡Con cuánta largueza continuó desarrollando sus habilidades!

Como maestro de escuela se le conocía como «el tirano», pero era incapaz de dominar sus aulas. Se dio al alcohol y las cartas, tuvo un lío con la mujer de un soldado que estaba de servicio, la acuchilló y se compró una llave inglesa. A fin de eludir a sus acreedores, a sus líos y al servicio militar, huyó a Suiza, donde rehusó trabajar. En cambio, empezó a mendigar con amenazas, y tras haber sido arrestado por vagancia, protestó ante la policía afirmando que él odiaba a los vagabundos y que, por tanto, no se consideraba uno de ellos. Demostró así un talento especial para la oratoria razonada que tan bien conocemos todos.

Empezó a trabajar en un comercio de vinos, pero fue despedido por beberse todo el género. Su versión de esta historia es que en esa época mantenía entrevistas con Lenin, el cual profesaba la más profunda admiración por sus cualidades. En 1904 empezó a fomentar la deserción entre los soldados italianos, cosa perfectamente compatible con su última exigencia (tan familiar ahora para nosotros) de que todos los desertores debían ser fusilados.

Se trasladó a París, donde se ganaba la vida diciendo la buenaventura. Fingió interesarse por la filosofía, y recientemente ha revelado que estudió en las universidades de Ginebra y Zurich. Lo cual es cierto, por supuesto, aunque no existe constancia de que asistiera a clase ni de que se matriculara. También es cierto que no abandonó a su madre en la penuria, ni a su padre en la cárcel. Como todos sabemos, el Duce cree en su propia propaganda y, por lo tanto, nosotros también.

Aceptó una nueva plaza de maestro y fue despedido al cabo de un año por celebrar fiestas licenciosas en cementerios. Asimismo, contrajo la sífilis durante un lance adúltero. No obstante, ello no puede aceptarse como causa de su demencia actual, puesto que ya estaba loco cuando contrajo la enfermedad. Fue por entonces que escribió su soberbia historia de la filosofía, que según dice él fue destrozada por una amante celosa, pero que todos nuestros catedráticos saben que fue una obra genial, incluso sin haberla leído. Fue depuesto de una nueva plaza docente, y descubrió una nueva ideología política consistente en la idea de que primero hay que actuar y luego inventarse los motivos, siendo éste el único punto de conflicto con las doctrinas de Stalin, el cual sabía siempre de antemano lo que pretendía conseguir.

Al Duce le dio por calarse el sombrero hasta los ojos para no reconocer a nadie y verse obligado a conversar; iba con la ropa deliberadamente arrugada y utilizaba un lenguaje soez. Escribió una excelente novela a la manera de Edgar Allan Poe, que fue inexplicablemente rechazada por todas las editoriales a las que envió el original. Era una obra genial, probablemente demasiado sofisticada para el gusto de la época. Poco tiempo después se convirtió en subdirector de Il Popolo y descubrió que podía ahorrarse los periodistas fabricando él mismo las noticias. Se le confiscaron diez ediciones por difamación, y fue arrestado por no pagar una multa. Así pues, la originalidad siempre ha sido objeto de persecución.

El Duce logró notoriedad por acusar a Jesucristo de copular con María Magdalena, y por redactar un panfleto titulado «Dios no existe». Al poco tiempo fue encarcelado por fomentar la sedición en el seno del ejército. Se casó con su propia media hermana -hija ilegítima del padre de él- y después engendró un hijo ilegítimo en Trento. Los hijos obedientes deberían pues emular siempre a sus padres, y de este modo cada generación será un faro cuya luz se perpetuará en las siguientes. En esa época se dijo de él que era incapaz de mirar a la gente a la cara durante una conversación, que carecía de sentido del humor, que era un delincuente paranoide, y todo el mundo le conocía por «el Loco». Esto, claro está, no es cierto, si bien los que le conocieron entonces lo recuerdan perfectamente. En 1911 se opuso a la guerra con Libia, y al acceder al poder años después llevó a cabo una política de bestial represión contra ese mismo país, haciendo gala de su extraordinaria adaptabilidad ante situaciones inalterables.

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* Términos utilizados en inglés para referirse, respectivamente, a italianos y alemanes generalmente con una connotación despectiva. (N. del T.)