Bueno, otra vez la starria guerra de 1939-1945, y era una película toda manchada, con rayas y grietas, y se podía videar que había sido hecha por los alemanes. Comenzaba con las águilas alemanas y la bandera nazi y esa cruz toda retorcida que a los málchicos de la escuela les gusta dibujar, y había oficiales alemanes muy altaneros y nadmeños caminando por calles polvorientas, entre agujeros de bombas y edificios caídos. Después se vieron unos liudos fusilados contra la pared, oficiales dando órdenes y también horribles plotos nagos tirados en las alcantarillas, todos como jaulas de costillas peladas y las nogas blancas y delgadas. Después aparecían otros liudos que crichaban, pero eso no se oía en la banda de sonido, oh hermanos -el único sonido era la música-, y los oficiales los tolchocaban mientras se los llevaban a la rastra. Y en eso, a pesar de todo el dolor y las náuseas, comprendí que la música que resonaba y crepitaba en la banda de sonido era de Ludwig van, el último movimiento de la Quinta Sinfonía, y entonces criché como un besuño: -¡Basta! -criché-. Basta, sodos grasños y asquerosos. ¡Un pecado, sí, eso, eso, un sucio e imperdonable pecado, brachnos! -No suspendieron en seguida la filmación, porque sólo faltaban un minuto o dos- unos liudos apaleados y crobosos, más pelotones de fusilamiento, luego la vieja bandera nazi y FIN. Pero cuando se encendieron las luces, este doctor Brodsky y también el doctor Branom estaban de pie frente a mí, y el doctor Brodsky decía:
– ¿Qué decías acerca del pecado, eh?
– Eso -dije, sintiéndome muy enfermo-. Usar de ese modo a Ludwig van. Él no le hizo daño a nadie. Beethoven no hizo más que escribir música. -Y entonces me sentí realmente enfermo, y tuvieron que traerme un recipiente que tenía forma de riñón.
– La música -dijo el doctor Brodsky, como hablándose a sí mismo-. De modo que le gusta la música. No sé nada de música, excepto que intensifica bien las emociones. Bueno, bueno. ¿Qué opina, doctor Branom?
– No puede evitarlo -replicó el doctor Branom-. El hombre destruye lo que ama, como dijo el poeta-prisionero. Quizás hemos encontrado el factor personal de castigo. Esto seguramente complacerá al director.
– Denme de beber -dije-. Por amor de Bogo. -Suéltenlo -ordenó el doctor Brodsky-. Tráiganle una jarra de agua helada. -Así que los subvecos se lanzaron a cumplir las órdenes, y poco después yo estaba piteando galones y más galones de agua, y era una felicidad, oh hermanos míos. El doctor Brodsky dijo:
– Pareces un joven bastante inteligente. Además, se diría que tienes cierto gusto. El único inconveniente es esa inclinación a la violencia, ¿no es así? Violencia y robo, y el robo como forma de la violencia. -Yo no goboré una sola palabra, hermanos. Todavía me sentía enfermo, aunque ahora un malenco mejor. Pero había sido un día espantoso.- Bien -continuó el doctor Brodsky-, ¿qué piensas de todo esto? Dime, ¿qué crees que te estamos haciendo?
– Me hacen enfermar, me siento mal cada vez que veo esas sucias películas perversas. Aunque en realidad no es por las películas. Creo que si dejara de verlas no volvería a enfermarme.
– Justo -dijo el doctor Brodsky-. Asociación, el método educativo más antiguo del mundo. ¿Y cuál es la verdadera causa de que te sientas mal?
– Esas vesches grasñas y podridas que me han puesto en la golová y el ploto -repliqué-. Eso es.
– Muy curioso -comentó el doctor Brodsky- ese dialecto de la tribu. ¿Sabe usted de dónde viene, Branom?
– Fragmentos de una vieja jerga -dijo el doctor Branom, que ya no tenía un aire tan amistoso-. Algunas palabras gitanas. Pero la mayoría de las raíces son eslavas. Propaganda. Penetración subliminal.
– Bien bien bien -dijo el doctor Brodsky, un poco impaciente, como si el asunto ya no le interesara-. Bien -repitió, volviéndose hacia mí-, no son los cables. Nada tiene que ver con los cables que te conectamos al cuerpo. Sólo sirven para medirte las reacciones. ¿De qué se trata, pues?
Claro, entonces videé qué schuto besuño había sido, no dándome cuenta de que todo venía de las hipodérmicas en la ruca. -Oh -criché-, oh, ahora lo video todo. Un truco sucio, vonoso y caloso. Una traición, sodos , y no me la harán otra vez.
– Mejor que protestes ahora -dijo el doctor Brodsky-. Así lo aclararemos todo en seguida. Podríamos meterte en el cuerpo esta sustancia de Ludovico por distintos medios. Oralmente por ejemplo. Pero el método subcutáneo es el mejor. Por favor, no te resistas. No tiene objeto. No nos vencerás.
– Grasños brachnos -dije, medio lloriqueando. Y continué: -No me importa lo de la ultraviolencia y toda esa cala. Puedo aguantarlo. Pero no es justo meterse con la música. No es justo que me enferme cuando estoy slusando al hermoso Ludwig van y G. F. Handel, y otros. Todo lo cual demuestra que ustedes son un perverso montón de sodos , y nunca los perdonaré.
Pareció que los dos se quedaban pensativos. Luego, el doctor Brodsky observó: -Siempre es difícil poner límites. El mundo es uno, y es una la vida. La actividad más dulce y celestial participa en alguna medida de la violencia; por ejemplo, el acto amoroso, o la música. Hemos de correr ciertos riesgos, muchacho. Tú elegiste. -No entendí todos esos slovos, pero contesté:
– No necesitamos seguir, señor. -Astuto, yo había cambiado un malenco el tono.- Ya me demostraron que toda esta dratsada y la ultraviolencia y el asesinato están mal, mal, terriblemente mal. Aprendí la lección, señores. Ahora comprendo lo que nunca había visto antes. Estoy curado, gracias a Dios. -Y levanté piadosamente los glasos al techo. Pero los dos doctores menearon tristemente las golovás, y el doctor Brodsky dijo:
– Todavía no estás curado. Falta mucho por hacer. Sólo cuando tu cuerpo reaccione pronta y violentamente a la violencia, como si estuviera frente a una víbora, sin ayuda nuestra, sin medicinas, entonces podremos…
– Pero, señor -lo interrumpí-, señores, ya veo que está mal. Está mal porque va contra la sociedad, está mal porque todos los vecos de la tierra tienen derecho a vivir y a ser felices sin que los golpeen, tolchoquen y apuñalen. Aprendí mucho, de veras lo digo. -Pero el doctor Brodsky smecó ruidosamente, mostrando todos los subos blancos, y dijo:
– La herejía de la edad de la razón -o unos slovos por el estilo-. Veo lo que es justo y lo apruebo, pero hago lo que es injusto. No, no, muchacho, tienes que ponerte en nuestras manos. Pero alégrate. Pronto todo terminará. En menos de dos semanas serás un hombre libre. -Brodsky me dio unas palmaditas en el plecho.
Menos de dos semanas, hermanos y amigos míos, fue como toda una vida. Fue como vivir desde el principio al final del mundo. Catorce años completos en la staja hubiesen sido nada comparados con esto. Todos los días lo mismo. Cuando apareció la débochca con la hipodérmica, cuatro días después de esta goborada con el doctor Brodsky y el doctor Branom, no pude más y le dije: -Oh, no, nada de eso -y le di un tolchoco en la ruca, y la jeringa fue a parar tincle-tinc-tinc al suelo. Era para ver lo que harían. Lo que hicieron fue traer a cuatro o cinco subvecos realmente bolches de chaqueta blanca que me sujetaron a la cama, tolchocándome con los litsos sonrientes muy cerca del mío, y entonces la ptitsa enfermera dijo: -Perverso y malvado demonio -mientras me pinchaba la ruca con otra jeringa y me metía la sustancia de un modo brutal y malévolo. Y así, agotado, me llevaron en la silla de ruedas al siny de los infiernos.