Выбрать главу

Resultaba difícil reconocerle como el hombre que podía hacer desmayarse con una reprimenda a los nuevos reclutas, como el sargento que había dirigido a los infantes de marina de la MacArthur en la lucha contra la Guardia de la Unión. Kelley levantó la tapa con un gesto teatral.

—¡Magnífico! —exclamó Sally.

Si se trataba sólo de un cumplido, lo hacía muy bien. Kelley resplandeció. En la fuente apareció una reproducción en pasta de la MacArthur y la fortaleza de negras cúpulas contra la que había luchado, todos los detalles esculpidos con tanto cuidado como en una obra de arte del Palacio Imperial. Las otras fuentes eran lo mismo, así que, aunque ocultaban pastel de levadura y otras lindezas parecidas, el efecto fue un banquete. Rod consiguió olvidar sus preocupaciones y disfrutar de la cena.

—Y ¿qué hará usted ahora, señorita? —preguntó Sinclair—. ¿Ha estado alguna vez en Nueva Escocia?

—No, ya que viajo, en principio, por motivos profesionales, teniente Sinclair. No sería halagador para su planeta natal el que yo lo hubiese visitado, ¿verdad? —sonrió, pero había años luz de espacio en blanco tras sus ojos.

—¿Y por qué no habría de halagarnos su visita? No habría lugar en el Imperio que no se sintiese honrado.

—Gracias…, pero soy una antropóloga especializada en culturas primitivas. Y Nueva Escocia no es precisamente eso —le aseguró.

El acento del teniente despertaba en ella su interés profesional. ¿Hablan así realmente en Nueva Escocia? Este hombre habla como un personaje de una novela preimperio. Pero pensó esto muy cuidadosamente, sin mirar a Sinclair mientras lo hacía. Percibía perfectamente el desesperado orgullo del ingeniero.

—Bien dicho —aplaudió Bury—. Me he encontrado con gran cantidad de antropólogos últimamente. ¿Es una nueva especialidad?

—Sí. Lástima que no fuésemos más antes. Hemos destruido todo lo que era bueno en tantos lugares incorporados al Imperio. Ojalá no se repitan esos errores.

—Supongo que debe de ser un gran choque —dijo Blaine— verse incluido de pronto en el Imperio, le guste a uno o no, sin previo aviso; incluso aunque no haya más problemas. Quizás debiera haberse quedado usted en Nueva Chicago. El capitán Cziller dijo que tenían muchos problemas para gobernar el planeta.

—Me resultaría imposible. —Ella miró sombríamente su plato, y luego alzó los ojos con una sonrisa forzada—. Nuestra primera norma es que debemos sentir simpatía hacia la gente que estudiamos. Y odio ese planeta —añadió con agria sinceridad. La emoción la hacía sentirse mejor. Incluso el odio era mejor que… el vacío.

—Sí, claro —asintió Sinclair—. A cualquiera le pasaría después de meses en un campo de concentración.

—Es aún peor que eso, teniente. Dorothy desapareció. Era la chica que venía conmigo. Simplemente… desapareció. —Hubo un largo silencio que llenó de embarazo a Sally—. No me permitan que estropee la fiesta.

Blaine buscaba algo que decir y Whitbread le dio su oportunidad. Al principio Blaine sólo vio que el joven brigadier andaba haciendo algo en el borde de la mesa… pero ¿qué? Estaba tanteando el mantel, probando su resistencia. Y antes había estado mirando la cristalería.

—Sí, señor Whitbread —dijo Rod—. Es muy fuerte. Whitbread alzó la vista, ruborizándose, pero Blaine no se proponía poner nervioso al muchacho.

—El mantel, los cubiertos, la vajilla, la cristalería, tienen que ser muy resistentes —dijo dirigiéndose a todos los comensales—. El material corriente no soportaría el primer combate. Nuestra cristalería es especial. Es material extraído del parabrisas de un vehículo averiado del Primer Imperio. O al menos eso me contaron. No somos ya capaces de construir materiales tan fuertes. El mantel no es en realidad tela; es fibra artificial, también del Primer Imperio. Las tapas de las fuentes son acero-cristal electroplacado sobre oro batido.

—El cristal fue lo que primero me llamó la atención —dijo Whitbread respetuosamente.

—Lo mismo me pasó a mí, hace algunos años —dijo Blaine con una sonrisa.

Eran oficiales, pero eran también muy jóvenes aún, y Rod recordó la época en que se hallaba en situación similar. Trajeron más platos, mientras Kelley orquestaba la cena. Por último se despejó la mesa quedando sólo el café y los vinos.

—Señor Vice —dijo protocolariamente Blaine.

Whitbread, tres semanas más bisoño que Staley, alzó su vaso.

—Capitán, señora. Por su Majestad Imperial. —Los oficiales alzaron los vasos para brindar por su soberano, tal como habían hecho los hombres de la Marina durante dos mil años.

—Debe permitirme usted que le enseñe mi planeta natal —dijo Sinclair, ansiosamente.

—Desde luego. Gracias. Aunque no sé cuánto tiempo pararemos allí. —Sally miró interrogante a Blaine.

—Ni yo. Tenemos que hacer una reparación general, y no sé el tiempo que tardarán los técnicos en los talleres.

—Bueno, si no es demasiado tiempo, me quedaré a esperar. Dígame, teniente, ¿hay mucho tráfico de Nueva Escocia a la Capital?

—Más que entre la mayoría de los mundos de este sector del Saco de Carbón y la Capital, aunque eso no sea decir mucho. Hay pocas naves con servicios decentes para pasajeros. Quizás el señor Bury pueda decirle más. Sus naves trabajan también en Nueva Escocia.

—Pero, tal como dice usted, no transportan pasajeros. Nuestro negocio es reducir el comercio interestelar, ¿sabe? —Bury vio miradas quisquillosas; luego continuó—: Autonética Imperial se dedica al transporte de fábricas reboticas. Siempre que podemos hacer algo más barato en un planeta, instalamos fábricas. Nuestra competencia principal son los cargueros mercantes.

Bury se sirvió otro vaso de vino, eligiendo cuidadosamente uno del que Blaine había dicho que tenían poca reserva. (Debe de ser bueno; si no su escasez no habría preocupado al capitán.)

—Por eso estaba yo en Nueva Chicago cuando estalló la rebelión.

Cabeceos de aceptación de Sinclair y de Sally Fowler; Blaine siguió inmóvil e imperturbable; Whitbread hizo un gesto a Staley —espera que te cuente—, con lo que indicó a Bury más de lo que éste deseaba saber. Sospechas, pero nada confirmado, nada oficial.

—Tiene usted una vocación fascinante —dijo a Sally antes de que el silencio pudiese prolongarse—. Háblenos más de su profesión. ¿Ha visto usted muchos mundos primitivos?

—Ninguno —dijo ella quejumbrosamente—. Sé de ellos sólo por los libros. Teníamos que haber ido a visitar Arlequín, pero la rebelión…

—Yo estuve una vez en Makasar —dijo Blaine. La cara de Sally se iluminó instantáneamente.

—Había todo un capítulo dedicado a ese mundo. Muy primitivo, ¿verdad?

—Aún lo es. No había una gran colonia allí con que empezar. Todo el complejo industrial quedó destruido en las Guerras Separatistas, y nadie visitó el planeta en cuatrocientos años. Cuando llegamos nosotros, tenían una cultura Edad de Hierro. Espadas. Cotas de mallas. Barcos de madera.

—Pero ¿cómo era la gente? —preguntó Sally muy interesada—. ¿Cómo vivían?

Rod se encogió de hombros, embarazado.

—Estuve allí sólo unos días. Apenas tuve tiempo de ver cómo era aquello. Fue hace años, yo tendría la edad de Staley. Recuerdo sobre todo que anduve buscando una buena taberna. —Después de todo, deseó añadir, no soy un antropólogo.