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– ¿Sabes qué hora es, amigo?

– ¿Por qué?

– ¿Cómo que por qué? ¿Seguro que estás bien de la olla? No irás a decirme que eres amnésico.

– ¿Y tú, seguro que sabes dónde llamas?

– ¿No eres Llob?

– Exacto.

– Entonces sé dónde llamo, señor mío. Además, jamás me equivoco. Son las dos y tú sigues dándole coba a las sábanas.

– ¿A ti qué te importa?

– ¿A mí qué me importa? ¿Tú estás seguro de que no estás loco, amigo? He venido a echarte de aquí.

Soria abre su puerta. El gorila la mira con espanto. Vuelve a dirigirse a mí y sigue con sus idioteces.

– ¿Has liado tu petate, amigo?

Pido a Soria con un gesto de la cabeza que vuelva a meterse en su habitación y, tras empujar con un dedo la abultada panza del cretino, le señalo:

– Te has equivocado de circo.

Y le cierro la puerta.

Antes de que me haya dado la vuelta se oye un estruendo. El mono gigantón acaba de invadir con una coz mi integridad territorial. Acto seguido, me levanta y me aplasta contra la pared. Mis piernas bailotean en el aire.

– A mí nadie me deja plantado, amigo.

Me lanza a través de la habitación.

– ¡Tu petate, y al galope!

Coge mi bolsa de aseo del lavabo y me la tira a la cara, abre el armario, agarra mi maleta y amontona mis cosas dentro. En ese momento nota algo metálico pegado a su nuca, se da la vuelta y se topa de frente con mi Beretta.

He visto camaleones cambiar de color, pero ignoraba que los gorilas también tuviesen esa facultad. A Kong se le ensanchan tanto las ventanas de la nariz que casi se le ven las larvas del cerebro. A todas luces, es la primera vez que se baja de su árbol y se tropieza con la civilización.

– El señor alcalde no me habló de pistola.

– Quizá también él ignore lo que es.

Retrocede hacia el pasillo con los brazos en alto.

– Tranquilo, amigo. Te advierto que esos chismes se disparan solos. ¿No te importa apartar un poco el cañón?

– De ti depende. Si prometes regresar a tu selva y no volver a salir de ella, me guardo la pipa y se acabó todo. En cambio, si vuelves por aquí a hacerme perder el tiempo, el señor alcalde ya no podrá premiarte con tu ración de plátanos.

Asiente con su cabezón y sale disparado escaleras abajo, más asustado que un forzudo de feria ante una avispa.

Soria me aplaude, apoyada en el marco de la puerta, con el pelo suelto hasta el nacimiento de las nalgas. Está tan orgullosa de mí que olvida abotonarse el camisón. Su pecho redondo y bello como una pera divina me deja turbado. Sin previo aviso, siento a la altura del ombligo un estremecimiento picudo cuyas ondas se van expandiendo por todo mi ser. Como no consigo apartar la mirada del pecaminoso esplendor medio oculto tras los encajes del escote, me apresuro a guardarme la pistola en la cintura para impedir que se me desborde la cosa.

Kong casi se desvanece cuando me ve entre el barullo de gente que se atropella en el vestíbulo de la alcaldía. Piensa que he ido allí para ajustarle las cuentas y huye por una salida de urgencia. Otro gorila intenta impedirme subir al piso. Le enseño mi placa. Afortunadamente, en las zonas rurales los polis aún gozan de cierto prestigio, y se deshace de inmediato en reverencias a la vez que me abre paso hasta una puerta acolchada. Una secretaria pintarrajeada deja de limarse las uñas y me echa una mirada golfa. Intuye que ando con prisas y me orienta con la barbilla por un pasillo, al final del cual me encuentro con una sala grande, de un lujo hortera, donde tres hombres berrean alrededor de una mesa atestada de teléfonos.

Los dos energúmenos que me dan la espalda hacen girar sus asientos y se ponen tiesos, pasmados ante mi intrusión. El más grueso cierra de golpe la tapa de un maletín lleno de billetes; el otro se limita a agazaparse tras sus grandes gafas de sol. No necesito una echadora de cartas para adivinar lo que está ocurriendo en el despacho del alcalde. Los dos mangantes apestan a chanchullo a kilómetros a la redonda. Los trajes idénticos, negros con rayas finas, la ridícula corbata de un amarillo espantoso y los zapatos acharolados delatan a los nuevos ricos del socialismo científico a la argelina, esto es, a esa cofradía de canallas visionarios que han conseguido convencer a los aparat-chiks de la necesidad de abusar de sus prerrogativas para erigir imperios financieros que nos permitan acceder al nuevo orden mundial mejor equipados y preparados.

– Podía usted haber esperado su turno, señor Llob -refunfuña el alcalde-. ¿No ve que estoy ocupado?

Los dos energúmenos olfatean el peligro. Recogen sus cosas y se largan. El alcalde, muy afectado por mi falta de tacto, se coge la barbilla con una mano y me mira con animosidad.

– No soporto a los descarados -me declara.

– Y yo no soporto que me atropellen. No debió mandarme a su gorila al hotel. Por su culpa no he podido echarme la siesta y no estoy de buenas.

– Ignoraba que estaba usted cumpliendo una misión. Normalmente, cuando es así pasan primero a verme a mí. Jamás lo han lamentado. Les pongo a su disposición mis recursos humanos y materiales y hago todo lo posible para que tengan una estancia agradable.

Se levanta, pasa por delante de la mesa y me agarra por la muñeca. En Argelia, esto es una actitud conciliadora. Cuando tu adversario te coge la muñeca y te lleva tras su estela, es que quiere enterrar el hacha de guerra, y a ti con ella.

– De haber sabido que es usted de la Muhafada *

– Soy de la policía.

Frunce el ceño.

– ¿De la policía? ¿Acaso se ha cometido un asesinato en mi ciudad sin que yo me haya enterado, inspector?

– Comisario.

Me ofrece una silla y me sirve un vaso de té.

– No le entiendo, comisario.

Le tiembla la mano.

El pitbull que antes amenazaba con comerme de un bocado en el salón del hotel se ha quedado sin colmillos. Opta por discutir.

– Estoy investigando los acontecimientos de julio-agosto de 1962.

– No veo qué tiene que ver eso con la policía.

– No es necesario, señor Jaled… ¿Operaba usted en la comarca durante la guerra?

– Por supuesto. Me uní al FLN al principio de la insurrección armada. Primero trabajé como enlace. Mi papel consistía en proporcionar ayuda y asistencia a nuestros comandos que estaban de paso por aquí. A veces los hospedaba y también hacía de guía. En 1956, un chivato me denunció. Me detuvieron, me torturaron y me echaron cinco años. Conseguí evadirme con un grupo de presos. En 1958 estuve en el maquis de Chréa, pedí que me volvieran a destinar por aquí y el comandante de zona me mandó a las montañas de Sidi Ba. Ejercí como secretario de compañía, bajo las órdenes del Zurdo. En 1959 mataron a nuestro jefe de batallón durante un encontronazo con los paracas franceses. El Zurdo lo sustituyó, pero permanecí en la compañía hasta el final de la guerra.

– ¿Llegó a conocer a los…?

– ¿Talbi?

Mi asombro le hace gracia. Me explica:

– Toda la ciudad está al corriente, comisario.

– ¿Los conoció?

– ¡Y tanto que los conocí! Por entonces, Sidi Ba era un pueblo muy pequeño. Todo el mundo se conocía. Éramos casi de la misma tribu. Los Talbi vivían en una casita cercana al puente romano. Era gente tranquila. El padre, Kadur, era tratante de ganado. El hijo, Ameur, que tenía aproximadamente mi edad, estudiaba en un colegio de la ciudad. No éramos amigos pero alguna vez que otra nos tomamos un café juntos. Cuando murió el padre durante una inundación, el hijo se encontró endeudado hasta las cejas. Los acreedores de su padre lo arruinaron. Xavier Lapaire, el colono que gestionaba la mayor plantación de la comarca, lo contrató como contable. Que yo sepa, Ameur no eligió su bando; no estaba ni contra la revolución ni a favor de la pacificación. Las purgas de 1962 no le afectaron. No recuerdo haber oído a ningún muyahid echarle en cara algo.

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* Comisariado político, órgano ejecutivo del FLN. [N. del. E.]