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– ¿Cómo llegaron?

– ¿Qué?

– ¿Su coche?

– Un Peugeot 405 gris, matriculado en Argel.

– ¿Ellos se cargaron a Tarek y a Debbah?

Kong se remueve. Le empujo con la punta del zapato.

– Eso no es asunto mío, comisario. Yo soy ordenanza del ayuntamiento. Claro que a veces hago algún que otro encargo, pero nunca cosas serias. Ignoro quién está tras el asesinato de esos pobres diablos. Pero aunque lo supiera, no se lo contaría. No juego con fuego.

– Vamos a hacer un trato.

– ¡Que no! No quiero verme metido en esto. No cuente conmigo.

– Quiero sus nombres.

– Ya sabe usted que este tipo de gente no tiene nombre, ni dirección, ni filiación. Sólo un mote. Aunque se pase toda la noche machacándome, perderá el tiempo. No diré nada. Ni siquiera recuerdo quién es usted y jamás ha venido a mi casa.

Me da la espalda, agarra un trapo que se pasa por la cara y se acurruca miserablemente en su rincón.

Soria escucha sin interrumpirme el relato de mi entrevista con Kong. La arruga que surca su frente me indica que está preocupada por cómo me estoy tomando este asunto. Contiene la respiración, las manos sobre un paquete de folios.

– No le voy a obligar a correr más riesgos, señor Llob. Es libre de adoptar la decisión que le parezca más adecuada. Pero yo no me pienso detener a estas alturas. Ni siquiera un ejército de barbudos matones podría detenerme. Seguiré hasta el límite de mis fuerzas.

– No soy un blandengue.

– Eso no tiene nada que ver. Uno puede retirarse si considera que no le compensa. No hay por qué avergonzarse.

– ¿Se puede saber qué la motiva tanto?

– Lo que le motiva a usted cuando está cumpliendo con su deber, comisario: la verdad. Jamás me he sentido tan motivada por un tema. Es ya un asunto personal.

– ¿Por qué?

– Odio la injusticia. Se han cargado a gente…

– Dados por desaparecidos.

– Vamos, comisario. ¿Qué significa eso de dados por desaparecidos?

Son las diez de la noche y la ciudad se oculta tras un silencio impenetrable. Las calles están desiertas y las tiendas cerradas. Pasa algún coche, como por casualidad, y desaparece de inmediato. Soria tiene ojeras. Con su pequeña grabadora de bolsillo al alcance de la mano, sigue actualizando sus notas, confirmando algunas informaciones y poniendo enormes puntos de interrogación sobre otras.

– Me voy y la dejo tranquila -le digo.

– Tiene razón. Nos vendrá bien una buena noche de descanso.

La dejo prometiéndole no roncar tan alto.

Una vez en mi habitación, le quito el seguro a mi Beretta y la dejo sobre la mesilla de noche. Esta noche no pienso dormir a pierna suelta. No paro de darle vueltas a la presencia de los dos tipos de Argel en Sidi Ba. Si están relacionados con el asesinato de Tarek y de Debbah, nada les impedirá hacerme una visita a mi hotel. Enciendo la lamparilla y, con la mano detrás de la nuca, me quedo indefinidamente tumbado sobre la cama.

Por la mañana, decido ir solo a la ciudad. La única manera de aclararme un poco es localizando el Peugeot 405 gris con matrícula de Argel. Busco sin éxito. Merodeo por el ayuntamiento y luego me sitúo cerca de la comisaría hasta mediodía. Mis agresores no aparecen. He observado que, mientras prosigo con mis indagaciones, me están siguiendo. Se trata de la bola de sebo que entreví en el despacho del comisario de Sidi Ba. Intenta ser discreto, pero la desbandada que provoca a su paso entre los vendedores ambulantes no le ayuda.

Tras el recodo de una callejuela me planto ante él, lo agarro por el cuello y lo aplasto contra la pared.

– Es por tu bien -me dice medio asfixiado pero sin defenderse.

Lo suelto. Se recompone el cuello de la camisa y me dice:

– Si por mí fuera, estaría echando un polvo antes que corretear como un cachorro detrás de ti para evitar que el populacho te linche. Lo que pasa es que el comisario está empeñado en que no te tengamos que recoger con cucharilla. No quiere problemas en su circunscripción, ¿comprendes? Te juro que no es por espíritu de equipo ni por tu cara bonita.

– ¿De verdad que, con dos fiambres y dos locos peligrosos sueltos por la ciudad, no tienes nada mejor que hacer que olisquearme el culo?

– Los muertos ya están enterrados y la investigación sigue su curso. En cuanto a los cabrones que te agredieron, ya se han largado.

– ¡No me digas!

– Aunque no lo parezca, no tenemos nada que ver con esos matones. Somos polis y cumplimos con nuestra tarea con los escasos medios de que disponemos.

– ¡Qué emocionante!

Me mira con aversión.

– No suelo faltar al respeto a mis colegas, pero me muero de ganas de hostiarte.

– Pues muérete ya y acabemos de una vez.

Se ríe con una mueca de desprecio.

– ¡Pobre idiota!

Cuando voy a darle con el puño izquierdo, lo salva un grupo de mujeres que sale de un patio. Nos enganchamos con la mirada. Se raja primero, menea la cabeza y retrocede, con el dedo erguido:

– Ándate con cuidado, comisario. Te estás pavoneando en un campo de minas.

– ¿Y por qué no te pavoneas tú delante de un espejo?

Recupera su dedo para agarrarse las pelotas y se aleja contoneándose.

Por la tarde, Soria insiste en que regresemos a casa de Labras, el de la granja de pollos. Acaba convenciéndome. La obligo a seguir un itinerario complicado con la esperanza de ver el Peugeot 405 gris en mi retrovisor. Tras recorrer unos kilómetros de pista, comprobamos que no nos están siguiendo. Regresamos al puente romano y tomamos por el bosque para ir a la granja de Yelul Labras. Lo vemos sentado sobre una roca en el borde de la carretera, como si estuviese esperando nuestra visita. Nos acoge con cierta frialdad. Soria me pide que la deje a ella, y sale del coche. Desde mi asiento, los veo negociar una entrevista. El granjero no está muy por la labor. Sus gestos de hastío y las miradas que me dirige son desalentadores. Soria no se rinde. Se emplea a fondo, recurriendo a sus encantos y a sus argumentos. El otro se va ablandando, cada vez menos atento a lo que le dicen. Al final, no sé por qué milagro, se levanta y se dirige al eucalipto. Soria me hace una señal para que la siga. Asunto resuelto.

El granjero dispone tres sillas plegables en torno a la mesa, al pie del árbol. No me dirige la palabra. Evita mirarme. Me siento al lado de Soria; él se mantiene un poco al margen. Dice de sopetón:

– He estado en el entierro de Tarek Zubir. Su muerte me ha afectado mucho. Era un tipo decente.

– ¿Lo conocía?

– Sí… Es cierto que había caído muy bajo, pero en otros tiempos fue una persona respetada. Fue una autoridad local allá por los años sesenta. Idealista y limpio. Creía en el renacer de Argelia. Su compromiso no pudo hacer frente por mucho tiempo a la codicia de los carroñeros. De tanto oponerse a los proyectos mafiosos del Zurdo, que se había adueñado de la comarca, acabó en la alcantarilla. Así y todo, tuvo suerte de que no se lo cargaran antes… Tengo esta granja gracias a él. No tenía donde caerme muerto. Nadie quería contratarme. Nadie me tragaba, ni en la ciudad ni fuera de ella. Era un apestado, y lo sigo siendo aunque ya no me tiren piedras. No tenía trabajo, ni parientes, ni apoyos, mi casa fue confiscada por los felagas *

¡Felagas! La palabra explota dentro de mí como una bomba, haciéndome perder la compostura. En una fracción de segundo se me enturbia la mirada y se me hinchan las sienes. Estallo de indignación como un volcán:

– ¿Cómo has llamado a los luchadores por la libertad?

– Felagas…

Esta vez se me incendia el estómago. Una ira incandescente se apodera de mí.

– Retira esa palabra ahora mismo.

– Eso no los disculparía, ¿sabes? -contesta un tanto intrigado por mi reacción.

– No te permito que hables así de ellos.

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* Maqui argelino, combatiente por la independencia. Al comenzar la guerra el término pasó a ser sinónimo de terrorista. [N. del E.]