– ¿Por qué los Talbi? -le presiona Soria.
– No lo sé. A menudo me lo he preguntado. Se han lanzado algunas suposiciones, generalmente elucubraciones. Algunas muy graves, a menudo inverosímiles. Tengo mis principios: este país nos ha acostumbrado a tanta manipulación y desinformación que, para no perder la cabeza, sólo creo en lo que tocan mis manos y ven mis ojos. Lo de los Talbi no lo entiendo. En cuanto a los demás, eran ricos y se les acusaba de no haber apoyado económicamente la lucha armada. Negarse a participar en el esfuerzo de guerra se consideraba alta traición.
– Tarek nos dijo que fue para que El Zurdo se quedase con sus bienes.
– Eso es lo que hizo luego. La versión oficial sigue siendo la primera.
– Los Talbi no tenían dinero.
– Cierto. Ése es el punto oscuro del asunto. Más adelante corrieron algunos rumores al respecto que no duraron mucho.
– ¿Cuáles?
– Quizá sólo fuera un chismorreo.
– Dígalo de todos modos.
– No tengo derecho a hacerlo, pero conozco a alguien en mejores condiciones que yo para contestarle.
– ¿Vive por aquí?
– Sí, pero ignoro si estará dispuesto a hablar con ustedes. En un momento dado, fue muy amigo de Tarek. Es además una persona íntegra. En mi opinión, él conoce buena parte de la verdad.
– ¿Nos puede llevar hasta él?
– Primero tengo que preguntárselo.
Yelul Labras nos recoge en el hotel hacia medianoche. Nos recomienda que dejemos el Lada donde está y que nos deslicemos a pie por un dédalo de callejuelas que se pierden por la ciudad antigua. Se adelanta varias veces para inspeccionar los alrededores. Otras, nos oculta en una puerta cochera y vuelve hacia atrás para comprobar que no nos siguen. No está aterrorizado; sólo toma medidas y no parece estar exagerando. No son medidas para protegernos. Labras ha debido de prometer a nuestro testigo que no le haría correr ningún riesgo. A pesar de mi impaciencia por llegar, le dejo tantear el terreno a su manera.
Un coche nos está esperando. Labras nos pide que nos sentemos en la parte trasera, se pone al volante y empuja el coche hasta la calzada con las luces apagadas. Las enciende cuando ya hemos salido de la parte vieja. Salimos de la ciudad y tomamos la carretera de Medea. La noche está oscura y el cielo tormentoso. No nos cruzamos con ningún coche. El campo está sumido en las tinieblas y no se oye más que algún que otro ladrido de perro salvaje. Llegamos a un cruce, damos unos bandazos debido a un puente dañado por una crecida y alcanzamos una pista. Labras apaga las luces y se apea para escuchar. Regresa al cabo de tres minutos, ya seguro de que no nos siguen.
Vuelve a arrancar con suavidad, siempre con las luces apagadas, y se dirige hacia un bosquecillo. Un relámpago raya la oscuridad, seguido por una ráfaga de viento que se cuela entre los árboles. Unas primeras gotas de lluvia, gordas y dispersas, constelan el parabrisas. Labras enciende las luces en un camino abollado y medio invadido por la maleza. El chirrido de los amortiguadores se sobrepone al rumor del bosque. Soria mira hacia delante y contiene la respiración. Se toca las rodillas con desazón.
– ¿Falta mucho? -pregunto.
Labras no me contesta. Maniobra con destreza entre los baches, con un ojo puesto en la pista y otro en el retrovisor. Seguimos adelante unos veinte minutos más, hasta atisbar unos lejanos fuegos fatuos, que señalan unos corrales tan alejados unos de otros como la mentalidad del granjero y la mía. Suenan unos ladridos cuando cruzamos una hilera de pinos esqueléticos. Los ojos del perro relucen en la oscuridad. Se enciende una luz en una casa, detrás de nosotros. Aparece una silueta en el porche y manda callar al animal. Reconozco a Rabah Alí, el hombre que vino a verme al hotel y que me sugirió que contactara con el criador de pollos. Ha cambiado desde el otro día; parece haber recuperado el ánimo. Nada que ver con aquel señor asustado y con ganas de salir pitando. Esta vez, tiene aspecto agresivo y la cara ceñuda. Me pregunto si su aparente gallardía no se debe a su indumentaria de cazador: pantalón de tela gruesa, K-Way de camuflaje encima de un jersey de lana y un imponente cinturón militar claveteado.
Nos hace entrar en un salón cubierto por alfombras chaui * alumbradas por pantallas caladas de bronce. Nos sentamos en unos bancos acolchados. Yelul Labras prefiere quedarse de pie junto a la ventana.
– Para mi familia, estoy cazando perdices -nos explica Rabah con una voz entrecortada que contrasta con su fingido aplomo-. Lo cual tampoco es mentira. Dentro de unas horas llegarán unos amigos míos. A las cuatro de la mañana nos meteremos en el bosque. Toda esta escenificación es para no llamar la atención. Ya se lo he dicho, señor Llob. No quiero tener nada que ver con esta historia, aunque sé que ya va siendo hora de que el tumor reviente. Yelul no ha tenido que insistir mucho para convencerme. Yo mismo estoy hasta las narices, así que acabemos ya de una vez con esto. Pero antes de proseguir, tengo que hacerles algunas preguntas.
– Me parece bien -le digo-. Pero yo también tengo una, absolutamente prioritaria. Luego, le doy la palabra y las riendas.
– Le estoy escuchando, señor Llob.
– La primera vez fue usted quien nos remitió a Labras. Esta noche, es él el que nos trae hasta usted. ¿Puedo saber qué los une?
Yelul levanta la mano para indicar a nuestro anfitrión que quiere contestar por él. Éste acepta. El criador de pollos se dirige a Soria:
– Rabah Alí es el hombre armado al que Debbah mandó que me saltara la tapa de los sesos aquella noche del 12 al 13 de julio.
A Soria la exaspera mi comportamiento. Esos detalles no le interesan. Está impaciente por entrar en el meollo del asunto. Pregunta a Rabah:
– ¿Puedo tomar notas, señor Alí?
– Por mí, no hay inconveniente.
– Gracias.
Saca de su bolso un cuaderno de notas y un bolígrafo, poniendo de paso en marcha la grabadora oculta en él. Totalmente dueña de sus gestos y de su mente, abre el debate:
– Estoy esperando sus preguntas, señor Alí.
– ¿Sabe con quién se la está jugando?
– Con Hach Thobane, alias El Zurdo, un personaje influyente a escala nacional y miembro del buró político.
– Muy bien, señora. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar?
– Yo, hasta el final -dice Soria.
– ¿Es decir?
– Lo que quiere decir.
– ¿Está segura de poder plantar cara a Hach Thobane? De ser así, dígame cómo.
– ¿Puedo saber de qué va esto? -gruño.
– ¡Haga usted el favor, comisario! -se rebela Soria-. Sé perfectamente de qué va, y tiene razón. Han muerto dos hombres por la investigación que estamos llevando a cabo. Juro que esas muertes no quedarán impunes… ¿Se pregunta usted, señor Alí, cómo pienso enfrentarme a una deidad como Thobane, que campa por sus respetos y no teme a las leyes ni a quienes las aplican? No se preocupe, no estoy sola. Estoy muy apoyada, autoridades importantes que están al tanto de mis investigaciones y dispuestas a defenderlas si consigo algo suficientemente gordo como para ponerle en un apuro. Jamás me habría embarcado en esto si no estuviese segura de movilizar a gente dispuesta a poner la palabra Fin a esta historia.