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– Me caigo del guindo -exclamo para dominar el pánico que me está entrando-. ¿Te lo cargaste con tu arma?

– Yo nunca he tenido arma. Mis patronos me entregan una en cada misión.

– ¿Sabes que el arma que utilizaste pertenecía a un poli?

– Eso no es asunto mío. En mi oficio, cuanto menos preguntes más posibilidades tienes de despertarte tras una buena noche de sueño.

– ¿Cómo la consiguieron?

– No puedo contestar a eso, comisario. El tipo me la entregó dentro de una bolsita de plástico. Insistió en que la mantuviera intacta. Había huellas encima, y era para que no me pillaran. Debía llevar guantes al usarla y volver a ponerla de inmediato en la bolsita antes de soltarla en un cubo de basura determinado…

Viendo que me quedo sin aliento, sospecha que le estoy preparando alguna faena.

– ¿Qué pasa, comisario, no le interesa mi historia?

– No es eso.

– ¿Entonces qué es?

– Estoy pensando.

– ¿En qué?

– En lo que me acabas de contar.

– Si me prometes que me protegerás, lo confesaré todo ante un tribunal.

Le pido con la mano que cierre el pico un momento, hasta que consiga ventilar mi cerebro.

– ¿Bueno, qué pasa? -se impacienta-. No me voy a tirar todo el día aquí.

Se me quema el pitillo entre los dedos. Lo he quemado en menos de diez caladas. El gaznate me arde y tengo el paladar amargo de nicotina.

– ¿Podrías identificar a tus patronos?

– No al cien por cien. Se trata de un par de fulanos que sólo aparecen de noche y que se mantienen en la sombra cuando tratan conmigo. Llevo años currando para ellos y jamás me los he cruzado en la calle, en una playa, en un aeropuerto o en un restaurante. Y eso que no paro de moverme de un lado a otro. Jamás me he topado de frente con ellos. Pero ellos siempre saben encontrarme cuando me necesitan.

– Si ni siquiera eres capaz de reconocer a unos fulanos que llevan años utilizándote, no hay manera de que tu historieta salga adelante. Se trata de un asunto muy serio. Aquí no valen valoraciones si no hay dios que las verifique.

Levanta la cabeza y se saca las manos de los bolsillos.

– ¿Qué es esta mierda?

Me doy la vuelta para seguir su mirada.

Tras un terraplén surge una nube de polvo seguida de un zumbido de motor.

– Perro asqueroso -se cabrea el espectro-, me prometiste…

Por la pista aparece un coche que se nos echa encima a toda pastilla.

– No sé quién es -le digo.

– ¡Cabrón, sois todos iguales!

El coche, un endiablado cacharro negro, se precipita ferozmente hacia nosotros. El fulano se pone verde:

– Son ellos. Me han localizado.

Antes de que me dé tiempo a bajarme del carro, sale disparado hacia los árboles. Amago una persecución y renuncio sobre la marcha. Mi asesino ocasional tiene un cohete en el culo. Alcanza de una zancada lo alto de un montículo de escombros, bordea la alambrada y echa a correr hacia adelante como un descosido. Su chaqueta aletea al viento. Me vuelvo enseñando mi Beretta hacia el coche enloquecido. El conductor me descubre en medio de la pista y pega un frenazo en seco que no consigue controlar. Los neumáticos humean, patinan y se descontrolan en su derrape. Sorprendido por la estupidez de la maniobra, me quedo plantado en medio de la polvareda. El enorme trasto casi me embiste, gira sobre sí mismo, pasa a un metro de mí y se estrella contra la hormigonera haciendo crujir toda aquella chatarra.

Espero, alucinado, que se disperse el polvo para calibrar la magnitud del desastre.

El conductor abre la puerta del coche, sonado pero ileso. No es más que un crío.

– No le había visto, señor.

– ¿Qué haces con este coche, lo has robado?

– Por supuesto que no, señor, es de mi padre. A veces me deja que lo lleve para que vaya aprendiendo por aquí que no hay nadie. Le juro que no le vi, señor.

Corro hacia el arbolado con la esperanza de que mi testigo se haya detenido. Le doy voces para que se tranquilice, pero no aparece. A estas alturas ya debe andar por la otra punta de la ciudad.

Regreso a mi despacho y espero. Al día siguiente me planto allí de madrugada y pido que se me deje a solas con mi teléfono. El desconocido no vuelve a llamar. Tampoco los días siguientes. Ya harto de esperar, me rindo a la evidencia: la suerte no llama dos veces a la puerta del mismo idiota. Me resigno y opto por no agobiarme más de la cuenta. Por la noche, me doy una vuelta con Mina para despejarme un poco. De día, intento dar sentido a las cosas de la vida. Ayer, el médico me garantizó que Lino luchaba por salir adelante. Sigue desconfiando de las enfermeras, pero en cambio se lleva de maravilla con los enfermos. Menos da una piedra.

En la madrugada del jueves, Serdj me anuncia que han descubierto un fiambre en un depósito de chatarra. Vamos juntos allá. Se encuentra por la carretera de Tizi Uzú, a la salida de la ciudad. Llegamos tras una hora zigzagueando y soltando tacos. Está detrás de una colina, en un terreno desahuciado donde hasta los pájaros se niegan a anidar. En menos de una hectárea se amontonan un centenar de coches, algunos casi de estreno y otros en un estado indescriptible. Una verja rematada con alambres de púas da a un patio en cuyo centro una garita se muere de tedio. Doy un bocinazo para avisar. Sale un guarda de mirada torva que nos da la espalda para recoger sus llaves. Es un cachas achaparrado y sombrío que saca pecho bajo su camiseta amarillenta por las manchas de sudor. Le sigue un perro canijo que no se puede permitir chulear sin hacer el ridículo.

Va hacia la puerta, abre el grueso candado chino y retira la cadena.

– Ya me iba a sobar -nos reprocha porque le molestamos.

– Ni siquiera son las nueve de la mañana -le señalo.

– Tengo turno de noche.

Aparta la puerta de un manotazo para que pasemos. Llevo el coche hasta la garita y corto el contacto. Serdj baja primero y me pego a él. El guarda ahuyenta a su perro y nos sigue. Su pinta patibularia no suscita la menor simpatía, ni menos aún lo pretende. Pasa por delante sin mirarnos, envuelto en su pestazo a bestia hidrófoba. Más o menos cien kilos para un metro sesenta, con espaldas de cemento y caderas capaces de arrastrar un remolque. Su cabeza rapada se asienta sobre una nuca morcillona, cual bola de cañón medieval sobre un amortiguador desvencijado.

– ¿Usted lo ha descubierto? -le pregunto.

– Aquí no somos precisamente ciento y la madre. Ni siquiera tengo sustituto.

Nos pasea por un laberinto de carcasas de coches. El suelo retumba bajo sus pasos. Está loco por acabar con el tema y meterse en la piltra.

– ¿Por qué tarda tanto la ambulancia? -refunfuña.

– Viene de camino.

– Espero que los camilleros no se detengan para echar el bocata. Lo que quiero es que me quiten de encima cuanto antes esta marranada.

– ¿Lo de ser tan feo es por tus musculitos? -le pregunto exasperado.

– No te he pedido que te cases conmigo -me contesta sin aminorar el paso.

– Pon tus huevos en remojo, gordito. No me gusta que me hablen así.

– No suelo hablar, sino dar leña.

– ¿A tu perro?

Se para en seco y arrima su cara a la mía.

– Oye tú, condecorado, ¿me andas buscando las cosquillas?

– Ya está bien -interviene Serdj.

Al guarda se le disloca la mirada.

– Yo no busco nada con nadie -me avisa-. Yo tengo mi apalanque, ¿vale? Yo no doy por culo a nadie, así que apártate de mi puño, condecorado. A mí me la suda que seas un hukuma [7] o que te dediques a despiojar monos. A mí nadie me achucha, ¿está claro? Soy guarda, no una puerta de servicio.

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[7] Funcionario, esbirro del régimen.