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– A veces fantaseábamos que éramos ricos, no inmensamente ricos, pero lo suficiente para que quizá pudiéramos viajar alguna vez, tomar un avión e ir a parar a alguna parte. A mí me gustaría ir a Portugal. No sé por qué Portugal, pero hace mucho tiempo escuché música de allí y expresaba lo que siento dentro, o a mí me lo pareció.

Miró a su alrededor en la habitación como para examinar lo que John y ella habían logrado con el paso de los años. Lindell siguió su mirada.

– Tienen un apartamento bonito -expresó.

– Gracias -dijo Berit con humildad.

*****

Una hora más tarde, con esa vieja sensación de debilidad en el cuerpo, Lindell salió al paisaje invernal. Los coches de la calle Vaksalagatan y el zumbido de una farola eran los únicos sonidos que se oían. La gente estaba en su casa, cocinaba el jamón y empaquetaba los regalos. Pensó en llamar al móvil de Ola Haver, pero comprendió que era muy tarde. ¿Cómo se tomaría que ella se hubiera entrometido en la investigación? ¿Qué diría su mujer si llamaba?

Decidió esperar hasta la mañana siguiente para ponerse en contacto con Ola. En lo más profundo de su conciencia acechaba la idea de que quizá pudieran verse. Apenas les quedaba un día antes de que llegaran sus padres. «Veros -pensó-. Es su abrazo lo que deseas. Si solo quisieras verlo podrías ir al trabajo en cualquier momento. No, quieres tenerlo en casa, sentado a la mesa de la cocina, como un amigo muy íntimo, que pueda abrazarte y quizá besarte. Tan hambrienta estás de calor humano.»

No le apetecía nada la visita navideña de sus padres. Al contrario, la temía. Justo ahora no aguantaba las atenciones de su madre. El padre pasaba la mayor parte del tiempo sentado en silencio frente al televisor y era soportable, pero las preocupadas preguntas de la madre sobre su vida la desquiciaban. Ahora tampoco podía escapar, como había hecho en las cada vez más escasas visitas al hogar de su infancia.

Además, su madre había comenzado a hablar de mudarse a Uppsala. La casa de Odeshög le resultaba pesada de cuidar. Lo ideal sería, según su madre, comprar un apartamentito en Uppsala y estar más cerca de Ann y Erik.

¿Había hecho bien al visitar a Lennart y a Berit? Lindell se detuvo en la nieve. Si fue para descansar los brazos, si la acera era difícil de transitar cuando las ruedas del cochecito del niño cortaban la nieve recién caída o si le embargó la certeza de haber actuado de una forma poco profesional no importaba. Permaneció parada. Nevaba copiosamente y en cierta manera se sentía segura y reconfortada.

«En realidad no soy demasiado sofisticada -se dijo a sí misma en silencio-. No como esos policías de la tele, que escuchan ópera, conocen la mitología griega y pueden decidir si un vino va bien con el pescado o la carne blanca. Yo solo soy una chica corriente que resulta que es policía, como otras son cocineras, jardineras o conductoras de autobús. Deseo de tal manera que haya justicia que me olvido de vivir, es así de sencillo.

Tampoco ninguno de mis colegas es especialmente sofisticado. Algunos ni siquiera conocen el significado de la palabra. Se afanan. ¿De qué hablan? Es evidente que no de las añadas de los vinos de algún viñedo fantástico en un lugar desconocido de la Tierra. Como mucho, comparan, siguiendo los test de los periódicos, sus experiencias de los vinos bag in box [7] del Systembolaget

Sammy Nilsson estaba suscrito desde hacía muchos años al Illustrerad Vetenskap y venía a menudo, encantado como un niño, con sus pequeñas anécdotas sobre acontecimientos del universo o sobre investigaciones médicas, y esparcía los hallazgos de divulgación científica con la evidente autoridad de un premio Nobel. Fredriksson apostillaba al mencionar lo maravilloso que era que el ratonero calzado invernara en Alunda, o por qué los lobos dudaban antes de cruzar la vía del tren. «Es nuestra cultura», pensó satisfecha.

Ottosson muchas veces parecía distraído y algo perdido. Seguramente prefería quedarse en su casa de verano cortando madera y entreteniéndose en el huerto. Berglund era un tipo tranquilo y un gran recurso gracias a su conocimiento de las personas y su habilidad para ganarse la confianza de la gente.

Fredriksson era un enamorado de la naturaleza al que le desagradaban las prisas y el cada vez más brutal día a día. Además, a veces mostraba tendencias algo racistas; no eran sermones conscientes sobre la superioridad de la raza blanca, sino más bien una confusión sobre el estado de las cosas. No comprendía el desarraigo de los jóvenes de procedencia extranjera que cada vez con más frecuencia figuraban en los archivos de la policía. Sammy llegaba a enfurecerse cuando Fredriksson salía con sus generalizaciones, y surgían pequeñas peleas que siempre finalizaban con Fredriksson diciendo: «Tú sabes que no era eso lo que quería decir».

«Por eso somos buenos -siguió pensando Lindel!, y empujó el cochecito unos cuantos metros más-. Si tuviéramos una educación más fina seríamos peores policías.» Era posible que lo hubiera en otros distritos, pero en Uppsala, la ciudad del conocimiento, los policías eran como la gente normal.

Sammy podía encargarse de los jóvenes, no por su espiritualidad, muchas veces ni siquiera era metódico o agudo, sino por que era alguien al que los chicos de la calle respetaban. Nada de chorradas, nada del rollo social, sino las cosas claras. Lo necesitarían a jornada completa, junto con una docena de colegas igual de dispuestos de Gottsunda, el barrio más poblado de Uppsah donde la dirección había tenido la genial idea de cerrar la comisaría de policía. «Es un eslabón más en el desarrollo de la policía de proximidad -lanzó un colega quisquilloso en una reunión matinal-. Colocad ahí a Sammy Nilsson y los destrozos, los grafitos, los robos, las amenazas y el miedo de la gente descenderá drásticamente.»

Ann Lindell sonrió para sí. Su autosuficiencia relucía, irradiaba, a través de su razonamiento y sabía que era para justificar su propia excursión policial privada. Intentaba convencerse de que el resto de la unidad hubiera actuado igual.

Naturalmente no era así. Su investigación privada no era compatible con una buena ética, ella lo sabía. Ottosson estaría seriamente preocupado por su ocurrencia. La mayor parte de sus colegas movería negativamente la cabeza. Pero ¿qué debería haber hecho? Lennart deseaba hablar con ella y con nadie más. ¿No era su obligación como ciudadana ayudar? Y Lennart no vivía lejos de Berit.

A Lindell le resultaba difícil comprender a Berit. Era posible que ella, tras esa expresión de sorpresa en su bonita cara marcada por el dolor, ocultara conocimientos que no deseaba compartir con la policía, sin importar cuánta «conversación de amigas» hubiera. Antes que nada, deseaba proteger a su hijo y luego la memoria de John, dos caras de la misma moneda. ¿Sabía dónde estaba el dinero del póquer? ¿Había tenido alguna relación con otro hombre? ¿Eran los celos, quizá mezclados con el deseo de dinero, el motivo del asesinato? A Lindell le resultaba difícil ver la forma en la que Berit podía haber contribuido al asesinato de su esposo, o que un amante despechado estuviera detrás, un hombre con el que había tenido una relación y al que luego había rechazado. Lindell creía en la fidelidad de Berit. Deseaba creer en ella y jugaba con la idea de que quizá podrían verse en más ocasiones. Berit parecía sensata, de trato directo y seguro, y también tenía buen humor.

Colocó el cochecito en el portamaletas. Erik se despertó al atarlo a la sillita. La miró con sus grandes ojos. Ella le acarició la mejilla.

30

Sabía que, en cierta manera, la muerte de John estaba relacionada con él. No podía ser una coincidencia que se castigara a dos torturadores. Se hacía una especie de justicia.

Vincent apenas tenía vagos recuerdos de los primeros cinco, seis años de escuela. Se las había apañado aceptablemente. Los problemas comenzaron en secundaria. No sabía qué fue lo que creó la sensación de estar excluido, pero muchas veces se manifestó de forma física, como cuando sus compañeros de clase evitaban tocarlo. Los juegos corporales de los niños le pasaron de largo. Buscó la compañía de las niñas, pero era demasiado extraño para lo aceptaran plenamente. En tercero de secundaria abandonaron los juegos mixtos, que cada vez les parecían más infantiles, y los sustituyeron por un posicionamiento en el grupo, una búsqueda de los roles tradicionales. Fue entonces cuando Vincent no encajó. No era guapo ni encantador, solo poseía un silencio que las chicas muchas veces apreciaban como contraposición a las revelaciones altisonantes y sucias de los otros chicos. Pero a la larga lo aislaron y quedó descartado.

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[7] Recipiente que permite envasar productos de forma aséptica. (N. del T.)