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– Volveré a casa pronto -notificó-. Dale un poco de plátano, le gusta mucho.

– No necesita ningún plátano, lo que realmente necesita es una madre.

– Tiene una abuela -replicó Ann, y se arrepintió al instante de sus palabras.

La línea quedó en un silencio.

– Ven a casa -dijo su madre al fin, y colgó.

Ann Lindell se quedó de pie con el teléfono en la mano, miró a Haver y a Berglund, simuló finalizar la conversación de una manera civilizada y regresó junto a sus colegas.

– ¿La canguro? -inquirió Berglund.

Lindell cabeceó afirmativamente y vio la rápida mirada que Berglund le lanzó a Haver. En ese mismo instante el viejo coche de Ryde asomó por el camino. Frenó y pareció dudar antes de conducir hacia la casa de Sagander.

Lindell se acercó a Gunnel Sagander, que se había quedado en el porche. Estaba helada.

– ¿Quiere que entremos? -preguntó Lindell.

La mujer negó con la cabeza.

– ¿Qué pasa? -quiso saber ella, y miró intensamente a Lindell.

– Son las huellas de un coche -explicó Lindell-. Tengo que preguntarle quién les ha visitado hoy.

La mujer apartó la mirada.

– El hermano de Agne -respondió con sequedad-. Ruben. Ha estado aquí hace unas horas. Iba a cazar conejos y ha tomado prestada una caja para la escopeta.

– ¿De munición?

La mujer cabeceó afirmativamente.

– ¿Traía el arma?

– La suele llevar casi siempre -informó Gunnel Sagander-. Es…

Guardó silencio. Las dos mujeres vieron como el técnico se bajaba del coche, se acercaba a sus colegas e inmediatamente se agachaba. Berglund volvió a encender la linterna.

– ¿Dónde vive Ruben?

– Arriba en la colina -dijo Gunnel Sagander, y señaló hacia un par de casas a unos cientos de metros de allí.

– ¿En la que está iluminada?, ¿la casa con dos chimeneas?

Gunnel cabeceó afirmativamente.

Lindell regresó a la huella del coche. Ryde le lanzó una rápida mirada, pero no dijo nada. Sacó un metro y la midió en la nieve.

– El mismo ancho -corroboró.

Sacó una cámara y tomó rápidamente media docena de fotos. El flash alumbró el dibujo de la rueda. Haver tembló. Lindell relató que probablemente era el coche del hermano de Sagander, que estaba armado y vivía justo al lado.

Ola Haver la miró, pero Lindell lo sintió muy lejano.

– El cuchillo que Mattias robó estaba en el coche. El mismo coche que dejó las huellas en Libro y ahora aquí. Ruben visitó a su hermano en el hospital el día después del asesinato.

– Qué jodido principiante -opinó Ryde.

– Ruben Sagander -pronunció Lindell, y los cuatro se dieron la vuelta hacia el norte y vieron la casa con las dos chimeneas.

– Está armado -avisó Haver.

Comenzaron a caminar hacia la casa de Agne Sagander como si hubieran recibido una señal. Los cuatro policías vieron que Gunnel Sagander presintió lo que estaba sucediendo. Se ajustó la bufanda, enderezó la espalda y se preparó.

– ¿Sabe si Ruben visitó a su hermano el día después de la operación? -preguntó Lindell.

– Sí, los dos estuvimos allí.

– ¿En el coche de Ruben?

La mujer asintió con la cabeza.

– ¿Tiene una furgoneta roja y blanca?

Un nuevo cabeceo afirmativo.

– ¿Qué ha pasado? -le preguntó, pero Lindell supuso que Gunnel Sagander lo sabía.

– ¿Conocía Ruben a John? -indagó Berglund.

– Claro.

Entraron en la casa. Haver telefoneó. Berglund habló con Agne Sagander, que seguía sentado en la misma posición que cuando lo dejaron. También Ryde sacó su teléfono. Lindell se quedó en el recibidor con Gunnel Sagander.

– ¿Puede conseguir el número de teléfono de Erki? -preguntó Lindell.

Debía irse a casa. Sintió en cierta manera que el asesinato de Johny ya no le interesaba tanto. Quizá se debía a que ella no había participado en la investigación. ¿Era Justus lo que la mantenía ahí?

Haver finalizó su conversación y, justo cuando iba a decir algo, Berglund entró en el salón y cerró escrupulosamente la puerta tras de sí.

– Tendremos que llamar a una ambulancia y a una patrulla -informó-. Sagander no quiere ir a ninguna parte. Dice que no se puede mover.

Berglund no tenía el celo de Haver. El policía a punto de jubilarse deseaba irse a casa con su mujer, sus hijos, sus nietos y el abeto, pero Lindell sabía que si era necesario se quedaría a trabajar la Nochebuena sin rezongar. Él se quedó con la mano sobre el picaporte y miró a Gunnel Sagander, como para lamentarlo o quizá recibir un comentario sobre la supuesta inmovilidad del marido.

– Es muy testarudo -dijo simplemente.

– ¿Cómo es su hermano? -preguntó Haver.

Notaron que dudaba y elegía con cuidado sus palabras.

– Es muy parecido a su hermano en muchas cosas, son gemelos, pero tendría que añadir que él es más irascible.

– ¿Es violento?

– Tiene una mujer maravillosa -prosiguió Gunnel Sagander, como si fuera una respuesta a la pregunta de Haver.

Sonó el teléfono de Haver y este respondió tras la primera señal. Lindell vio su sudor. Pensó en Edvard. Sintió una punzada en el estómago al recordar que hicieron el amor en el palacio de madera de Grasó de tal manera que acallaron el viento del norte. Una noche se levantó en silencio justo antes del amanecer, se acercó a la ventana abierta y cortó la mosquitera para asomarse. Los pájaros cantaban con toda su intensidad. El mar yacía resplandeciente como un espejo y la temperatura se acercaba a los veinte grados. Cuando se volvió para contemplar a Edvard en la cama se sintió la persona más feliz del mundo. Durante la noche él se había destapado y unas gotas de sudor relucían en su vientre.

– Vamos a subir a casa de Ruben -avisó Haver, e interrumpió sus pensamientos-. Ahora llegarán dos coches. Les he pedido que hagan un esfuerzo.

– ¿Me dejas tu coche, Eskil?

El técnico se volvió hacia Lindell y la miró como si no hubiera comprendido la pregunta.

– Tengo que ir al centro -aclaró tan ruborizada como si le hubiera pedido a Ryde que le prestara sus pantalones.

– Puedes coger el mío -intervino Haver para ahorrarle el trance, y le lanzó el llavero.

– Gracias, Ola -dijo ella, y sonrió-. Creo que os apañaréis -añadió, utilizando una de las expresiones de Edvard.

Salió al porche, dobló el papel con el número de teléfono y marcó las cifras. Sonaron cinco, seis señales antes de que el finlandés respondiera. De fondo se oían villancicos y el tintineo de la porcelana.

Ella se presentó, pero antes de alcanzar a explicar su encargo Erki Karjalainen la interrumpió.

– Está aquí -dijo lacónico, con una voz que a Lindell le pareció salida de Mumintrollen. [9]

Rió aliviada.

– ¿Han llamado a Berit?

– No -respondió el finlandés-, el chico no quiere.

– ¿Puedo pasar por ahí?

– Espere -contestó Erki, y Lindell oyó que se alejaba del teléfono.

Intentó imaginarse cómo vivía, cómo era y cómo hablaba con el chico. Mientras se demoraba echó un vistazo a la pradera frente a la casa de Sagander y la de su hermano, unos cientos de metros más allá. ¿Llamaría Agne a su hermano para prevenirlo? No lo creía. Si le resultaba difícil ir hasta el teléfono seguro que tenía un móvil a mano, pero lo dejaría estar. Era una sensación basada en la reacción de Gunnel Sagander. Ella sabía qué pasaba, incluso que su marido podría ser acusado de complicidad en el asesinato, pero Lindell vio que en lo más profundo de su ser ella daba la bienvenida a los policías. Quizá Agne también lo pensó, tras todo su mal humor. «Los hermanos gemelos son ladinos», pensó Lindell, y recordó el caso de un gemelo que había violado a una joven en el parque del Engelska y el otro gemelo, lleno de aversión por el crimen del hermano, dudaba si contribuir para que lo declararan culpable.

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[9] Familia de trols blancos. Personajes de los cuentos de la escritora finlandesa Tore Jansson. Famosa serie de televisión.