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Vio una sombra.

Myron apuntó el arma al centro. Win apuntaba a la cabeza, pero Myron dirigió la vista al centro del torso, el blanco más fácil.

Cuando el intruso cruzó el umbral y se posó bajo un poco de luz, Myron jadeó ruidosamente. Salió de detrás de la puerta, todavía apuntando con el arma.

– Vaya, vaya -dijo el intruso-. Después de siete años, ¿eso que tienes en la mano es un arma o es que estás contento de verme?

Myron no se movió.

Siete años. Después de siete años. Y en unos segundos fue como si esos siete años no hubieran pasado.

Jessica Culver, su antigua alma gemela, había vuelto.

27

Estaban abajo, en la cocina.

Jessica abrió la nevera.

– ¿No hay Yoo-hoo?

Myron negó con la cabeza. El chocolate Yoo-hoo había sido su bebida favorita. Cuando vivían juntos, lo tenían siempre en casa.

– ¿Ya no lo bebes?

– Casi nunca.

– Al menos uno de nosotros tenía que ser consciente de que todo cambia.

– ¿Cómo has entrado? -preguntó Myron.

– Todavía guardas la llave en el canalón. Como tu padre. Una vez la utilizamos. ¿Te acuerdas?

Se acordaba. Habían bajado sigilosamente al sótano, riendo, y habían hecho el amor.

Jessica le sonrió. Él pensó que los años se notaban. Tenía más patas de gallo. Llevaba los cabellos más cortos y sofisticados. Pero el efecto era el mismo.

Era apabullantemente hermosa.

– Me estás mirando -dijo Jessica.

Él no dijo nada.

– Es bueno saber que todavía llamo la atención.

– Sí, ese Stone Norman es un hombre con suerte.

– Ya -dijo ella-. Ya me imaginaba que dirías eso.

Myron no dijo nada.

– Te caería bien -dijo ella.

– Oh, estoy seguro.

– A todos les cae bien. Tiene muchos amigos.

– ¿Le llaman Stoner?

– Sólo los compañeros de fraternidad.

– Por supuesto.

Jessica le observó un momento. Esa mirada le hizo sentir calor en la cara.

– Estás espantoso, por cierto.

– Hoy he recibido una buena paliza.

– Hay cosas que no cambian. ¿Cómo está Win?

– Hablando de cosas que no cambian…

– Siento oírlo.

– ¿Vamos a seguir así -dijo Myron- o vas a decirme por qué has venido?

– ¿No podemos seguir así unos minutos más?

Myron se encogió de hombros como diciendo «tú verás».

– ¿Cómo están tus padres? -preguntó ella.

– Bien.

– Nunca les caí bien.

– No, no creo.

– ¿Y Esperanza? ¿Todavía me llama la Bruja Reina?

– Hace siete años que ni siquiera te menciona.

Eso la hizo sonreír.

– Como si fuera Voldemort. De los libros de Harry Potter.

– Sí, tú eres La-que-no-debe-nombrarse.

Myron se agitó en la silla. Apartó la mirada unos segundos. Era tan consagradamente hermosa. Era como mirar un eclipse. Tienes que apartar la mirada de vez en cuando.

– Ya sabes por qué estoy aquí -dijo.

– ¿Un último flirteo antes de casarte con Stoner?

– ¿Estarías dispuesto?

– No.

– Mentiroso.

Se preguntó si ella tendría razón, así que cogió la ruta más madura.

– ¿Te das cuenta de que «Stoner» * rima con «boner»?

– Te burlas del nombre de los demás -dijo Jessica- tú que te llamas Myron.

– Sí, lo sé.

Tenía los ojos rojos.

– ¿Has bebido?

– Estoy un poco alegre. He bebido lo suficiente para armarme de valor.

– Para entrar en mi casa.

– Sí.

– ¿Qué pasa, Jessica?

– Tú y yo -dijo ella-. No hemos terminado del todo.

Él no dijo nada.

– Yo finjo que hemos terminado, tú finges lo mismo. Pero los dos sabemos que no es así.

Jessica se volvió y tragó saliva. Él le miró el cuello. Vio que sus ojos estaban doloridos.

– ¿Qué fue lo primero que pensaste cuando te enteraste de que iba a casarme?

– Os deseé lo mejor a ti y a Stoner.

Ella esperó.

– No sé lo que pensé -dijo Myron.

– ¿Te dolió?

– ¿Qué quieres que diga, Jess? Estuvimos juntos mucho tiempo. Por supuesto que sentí una punzada.

– Es como -se calló para pensar-, es como si, a pesar de no haber hablado en siete años, fuera sólo cuestión de tiempo que volviéramos a estar juntos. Como si esto formara parte del proceso. ¿Entiendes lo que digo?

Él no dijo nada, pero sintió que algo muy adentro empezaba a deshilacharse.

– Entonces, hoy he visto el anuncio de mi compromiso, el que yo escribí, y de repente ha sido como si «Un momento, esto es de verdad, Myron y yo no volveremos a estar juntos». -Meneó la cabeza-. No lo estoy diciendo bien.

– No hay nada que decir, Jessica.

– ¿Así de fácil?

– Tú sólo estás aquí por los nervios de la boda -dijo él.

– No seas condescendiente.

– ¿Qué quieres que diga?

– No lo sé.

Se quedaron un rato en silencio. Myron levantó una mano. Ella la cogió. Él sintió que algo le corría por dentro.

– Sé por qué estás aquí -dijo Myron-. Ni siquiera diré que me sorprende.

– Todavía hay algo entre nosotros, ¿no?

– No lo sé…

– Oigo un «pero».

– Cuando se pasa todo lo que nosotros pasamos: el amor, las rupturas, mis lesiones, todo ese dolor, todo el tiempo juntos, que yo quisiera casarme contigo…

– Eso puedo corregirlo, ¿vale?

– Un momento. Estoy inspirado.

Jessica sonrió.

– Perdona.

– Cuando has pasado todo eso, las vidas acaban entrelazándose una con otra. Y un buen día, se acaba, se corta de golpe con un machete. Pero estás tan entrelazado, que siguen quedando cosas.

– Nuestras vidas están enredadas -dijo ella.

– Enredadas -repitió él-. No suena muy bien.

– Pero es bastante preciso.

Él asintió.

– ¿Y qué hacemos ahora?

– Nada. Forma parte de la vida.

– ¿Sabes por qué no me casé contigo?

– Ya no importa, Jess.

– Yo creo que sí. Creo que tenemos que hablar de eso. Myron le soltó la mano y le hizo un gesto de «bueno, adelante». -La gente suele odiar la vida que ha llevado con sus padres. Se rebela. Pero tú querías ser como ellos. Querías la casa, los hijos…

– Y tú no -le interrumpió-. Ya lo sabemos.

– No es así. Yo podría haber deseado esa vida también.

– Pero no conmigo.

– Sabes que no es eso. Pero no estaba segura… -Ladeó la cabeza-. Tú querías esa vida. Pero yo no sabía si querías esa vida más que a mí.

– Esa es la mayor estupidez que he oído en mi vida -dijo Myron.

– Puede, pero era lo que sentía.

– Claro, no te quería bastante.

Ella le miró meneando la cabeza.

– Ningún hombre me ha amado como tú.

Silencio. Myron se tragó el comentario de «qué pasa con Stoner».

– Cuando te lesionaste la rodilla…

– No vuelvas con eso. Por favor.

Jessica siguió de todos modos.

– Cuando te lesionaste la rodilla, cambiaste. Te esforzaste tanto por superarlo…

– Habrías preferido que me autocompadeciera -dijo Myron.

– Eso podría haber sido mejor. Porque lo que tú hiciste, lo que acabaste haciendo, fue aterrorizarte. Te aferraste tan fuerte a todo lo que tenías que era sofocante. De repente eras mortal. No querías perder nada más y de repente…

– Todo esto está muy bien, Jess. Lo había olvidado. En Duke, hiciste clase de Introducción a la Psicología, ¿no? Tu profesor estaría orgullosísimo de ti ahora.

Jessica se limitó a mirarlo meneando la cabeza.

– ¿Qué? -dijo él.

– No te has casado todavía, ¿no, Myron?

– Tú tampoco -dijo él.

– Touché. Pero ¿has tenido muchas relaciones serias en los últimos siete años?

Él se encogió de hombros.

– Ahora mismo tengo una.

– ¿En serio?

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* Stoner significa alguien que fuma hierba y boner alguien que mete la pata. (N. de la T.)