Krishna y Jesús de Galilea -el hombre que no pudo resucitar, pensé, porque tampoco había muerto- hablaban con las cuerdas vocales de Herminio. Una vez más, invocado o no, Dios se manifestaba.
El quinto naipe, como en buena lógica ocultista era de esperar, volvía machaconamente sobre lo mismo-todas las cuentas cuadraban-pero dando un paso más. ¿Qué viene después de la muerte?
– El Juicio, ¿no?
Pues así se llamaba la carta.
Clavé los ojos en ella e inmediatamente me hipnotizó. Vi en la ilustración que campeaba en su superficie una tumba de la que salía una flor amarilla y vieja, casi disecada, como si llevase mucho tiempo entre las páginas de un libro.
Todo encajaba: el escarabajo era a la tumba lo que el trébol a esa flor.
Y, de repente, comprendí, até cabos, hilvané puntos dispersos, rellené soluciones de continuidad, trencé difíciles lazos de parentesco entre las témporas y el culo.
¿Una flor amarilla y vieja.?, me dije. No puede ser. Esas cosas sólo pasan en las películas.
Era una larga historia… Una historia cuyo primer capítulo se remontaba al mes de diciembre de mil novecientos sesenta y dos. Y estábamos a veinte de marzo de mil novecientos noventa y dos.
Herminio, ajeno por una vez a lo que se cocía en mis mondongos, miraba atentamente el naipe y lo comentaba con ínfulas de profesionalidad. Sus palabras, lejanísimas, llegaban a duras penas hasta mí.
– Va a estallar una nueva vida -estaba diciendo-como resultado de una importante experiencia.
No quise (ni necesitaba) oír más. Levanté conminatoriamente la mano para detener el flujo de su verbo inagotable y le dije: -Espera.
Me miró, sorprendido, y preguntó: -¿Sucede algo, primo? ¿Vas a desmayarte? Tienes la jeta tan pálida como el culo de los maricones de mi tierra.
– No, Herminio -contesté-. Lo único que me pasa es que, de repente, cuando menos lo esperaba, he visto un rayo de luz.
– ¿Una señal? -insinuó el brujo.
– Pues sí, supongo que sí-dije-. Una especie de señal. Enseguida vas a entenderlo.
– ¿Tiene algo que ver con el Juicio?
– Tiene mucho que ver con la flor amarilla y vieja -recalqué los dos adjetivos- que lo ilustra. Ya sabes que la casualidad es siempre causalidad.
– Cuéntame tu historia.
– No es necesario contártela, Herminio, porque está escrita. Leyéndola terminamos antes.
– ¿Escrita por ti?
– Escrita por mí. ¿Tienes a mano mi primera novela?
– Tengo a mano, y cerca de la cama, todos tus libros. Me masturbo con ellos, corazón. A falta de pan…
– Pues tráela.
Treinta segundos después estaba sobre la mesa. La abrí febrilmente, la hojeé hasta encontrar lo que buscaba y se la pasé a Herminio.
– Léelo tú en voz alta -le pedí-. Son sólo seis páginas. Y no olvides que todo lo que se dice en ellas es rigurosamente cierto.
– ¿Dónde quieres que empiece?
– Ahí.
Señalé una línea con el dedo, cerré los ojos y me fui en volandas de la memoria, del mal de ausencias y del recuerdo de Cristina al mes de noviembre de mil novecientos sesenta y nueve y al templo tántrico de Konarak, cuya impresionante mole negruzca se alza frente al mar en una ventosa y remota playa del Golfo de Bengala.
Herminio se caló sus gafitas de montura de oro compradas por cuatro perras a un perista del barrio y leyó lo que sigue:»Así, quijotescamente, a la del alba y después de salir de la venta del Tourist Bungalow, llegó por fin Dionisio a la explanada del templo, lo rodeó, lo adoró, lo miró y remiró con hambruna mística -casi con codicia- por enésima vez y se sentó luego a descansar, y a recibir el prana o soplo de energía cósmica de los primeros rayos del sol, en el mullido y arenoso asiento del copete de una duna.
»Y fue entonces, en la frontera de la luz del día y en el preciso instante en que los gatos dejaban de ser pardos y las cosas recuperaban la nitidez de sus perfiles, cuando salió del bosque y se encaminó hacia el viajero un individuo de porte estrafalario y pintoresca fachada.
»Dionisio lo clasificó inmediatamente en la categoría de los faquires y lo contempló con abierta curiosidad mientras se le acercaba.
»Iba vestido de blanco con una especie de estola de color azafranado. Su barba era canosa, hirsutas sus greñas agitadas por el viento febriles sus ojos, cetrina su piel, silvestres sus cejas, saledizos sus pómulos, escuálidas sus carnes, huesudas y callosas sus articulaciones descoyuntados sus movimientos y firme, aunque indolente, su manera de caminar. Llevaba, como todos los santones de la India, los pies descalzos.
»Pasó y chilló una gaviota. El aire se tensó como la cuerda de un arco. Los cuervos graznaban. Zumbó un abejorro.
»Algo, inminente, iba a suceder. Dionisio lo supo en el acto.
»El desconocido llegó hasta él y, yéndose derecho al grano, sin darle ni tan siquiera los buenos días, preguntó: -¿Tienes tabaco?
»El viajero hurgó en su bola de correcaminos encontró y sacó una cajetilla arrugada y aplastada, y con gesto esquivo-como si quisiera zanjar el asunto lo antes posible-se la tendió al faquir.
– Puedes quedártela-dijo.
– No. Yo no fumo -fue la respuesta-. Lo preguntaba pensando en ti.
– ¿En mí?
– ¿Tanto te extraña?
»Dionisio se encogió de hombros. El santón en tono que no admitía réplica, añadió:-Enciende un cigarrillo. El viajero obedeció.
– Ahora da tres o cuatro caladas.
El viajero las dio.
– Abre la palma de la mano izquierda.
»¿De la mano izquierda? ¿Precisamente de la mano izquierda, pensó Dionisio, y eso en las mismísimas fauces tántricas del templo de Konarak?. [12] Y la abrió.
– Echa la ceniza del cigarrillo en esa mano.
La echó.
– Ciérrala.
La cerró.
– Abre otra vez la mano.
»Dionisio, tenso y mudo, acató la orden. Un instante después, como del rayo, los ojos casi se le salieron de las órbitas al comprobar que en la palma de la mano no quedaba huella alguna de ceniza. Esta, o lo que bajo su superficie y en su vientre se escondiera, había sido reemplazada por una flor amarilla.
»Vibró de nuevo el aire y, de repente, se aflojaron sus cuerdas. La gaviota regresó en silencio y voló, como un brochazo de plata, hacia la línea del horizonte. Los cuervos callaron. El abejorro había desaparecido.
»Y el faquir, que en ningún momento había tocado a Dionisio ni le había pedido nada, también. Su silueta metafísica y cimbreante era ya un caprichoso garabato junto a la orilla del mar.
»El viajero lo siguió con la mirada y luego dirigió ésta hacia la flor. Existía. No era un espejismo ni un sucedáneo ni una impostura. La olió, la tocó, verificó su identidad, la guardó con esmero entre las páginas del ejemplar del I Ching [13] que siempre llevaba a cuestas, buscó algo en sus tripas, lo encontró, lo sacó -era una hoja de papel impreso cuidadosamente doblada-, la desplegó, la leyó, se acordó del marinero del romance del conde Arnaldo-sólo digo mi canción / a quien conmigo va-y sonrió con el pensamiento y el sentimiento puestos en un lugar lejano.
»Luego se levantó, cerró los ojos, respiró abdominalmente en ocho tiempos, se inundó de prana, hizo todo lo posible para dejar la inteligencia en blanco y para suspender la actividad de los sentidos, meditó un instante, volvió a sonreír y emprendió el camino de regreso a la veranda del Tourist Bungalow, al calor humano de sus dos amigos, al fuego del hogar del Indómito Volkswagen, a la carretera de Delhi, al Templo de Oro de los sikhs en Amritsar, a la frontera paquistaní, a Erzurum, a Estambul, a Europa y en definitiva, a casa)).
Herminio se calló con un gesto de perplejidad consultó con la mirada a Dionisio y dijo:-Aquí hay un espacio en blanco. ¿Sigo leyendo?
– Sigue leyendo. El cuento no ha terminado.