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Siempre me había gustado ser misterioso o, como mínimo, parecerlo. Me consideraba obligado a ello por mi condición de escritor. Oscuro, para que todos atiendan. / Claro como el agua, claro, / para que nadie comprenda [25].

Desayuné con apetito, leí el periódico con una sonrisilla irónica-las mentiras y las medias verdades de la prensa siempre me producían reacciones encontradas de irritación, indignación, frustración y resignación-, puse a mi secretaria al tanto de lo que sucedía (sin entrar en detalles engorrosos) y le di las instrucciones pertinentes, saqué de la biblioteca el segundo volumen de la monumental Historia de las creencias y de las ideas religiosas, del maestro Dircea Elide, y me senté en el orejudo y despellejado butacón de cuero del cuarto de estar con el libro ante los ojos y a mi lado, en una mesita de bambú comprada en Shanghai, un servicio completo de té hervido en leche con aroma de clavo y cardamomo.

Puse también el teléfono al alcance del oído y de la mano. Estaba seguro de que no tardaría en sonar. Era lunes -lunes de autos- y Jaime brillaba, como todos los perros de presa y de empresa, por su precisión, por su corrección y por su puntualidad.

No me equivocaba. El telefonazo fatídico se produjo a eso de las once. Descolgué y escuché, tal como me esperaba, la voz razonable, competente y obsequiosa de la secretaria del buitre.

Éste no tardó ni diez segundos en ponerse al aparato -Buenos días-dijo.

– No son malos -contesté.

– Habías prometido…

– Sí-le corté-, había prometido que hoy te llamaría para comunicarte mi decisión.

– Y no lo has hecho.

– No, efectivamente no lo he hecho. Tómalo como una deferencia. Prefería que fueses tú quien diera el paso.

– ¿Y eso por qué? -preguntó con recelo-.

¿Vas a decirme que no aceptas el encargo de escribir el libro?

– Tranquilízate. Durante los últimos siete días me han pasado muchas cosas y el viento sopla ahora en otra dirección. Me siento como una frágil barquichuela danzando en la pupila del ojo de un huracán.

– ¡Alirón! Eso significa, si no me equivoco de medio a medio, que tu sangre guerrera sale al fin por sus fueros y que te vas al frente cantando Lili Marlen. ¿Acierto?

– Conmigo no te equivocas nunca, Jaime. Eres mi comadrona literaria. Doy a luz mis libros, que casi siempre son sietemesinos por culpa de tus prisas, gracias a ti. Me has liado una vez más.

¡Qué le vamos a hacer!

– ¡Lo sabía! ¡Sabía que no podías fallarme!

Y me alegro, Dionisio, me alegro de verdad y no sólo por mí. También por ti. Y por el editor, claro.

Y por los lectores. Todos contentos.

– Quiero que quede claro para ti y para el editor que no me estoy comprometiendo a escribir el librito de marras, sino simplemente a intentarlo.

– Observación de Perogrullo, Dionisio. Si no te sale, qué se le va a hacer. La literatura es así.

– No se trata de eso, Jaime. Me he explicado mal. Quiero decir que con fecha de hoy me pongo en movimiento hacia lejanas tierras de la geografía y del espíritu, y que hasta mi regreso no decidiré, en función de lo que allí haya encontrado y de lo que en ese momento me ronde por la cabeza, si arrimo el hombro o si me salgo por la tangente.

– ¿Y cuándo será eso?

– ¿Me preguntas que cuando volveré? Lo ignoro, Jaime. No tengo ni la más mínima idea. Ya conoces mi forma de viajar. Soy un traveller, no un tourist [26]. Sé dónde y cuándo empiezan mis viajes, pero no cuándo y dónde terminan.

– Me entran ganas de darte una bofetada. Por chulo, Dionisio, y por niño bonito. No podemos esperarte toda la vida. Una editorial, además de milagro, es industria.

– Me consta, Jaime, me consta-dije sarcásticamente-. Y tómate una taza de tila antes de meter la cuarta. Sabes que soy una persona relativamente razonable. Acaba de empezar la primavera de mil novecientos noventa y uno. Antes del veinticuatro de diciembre de este año tendrás mi respuesta definitiva. Fecha límite, Jaime. Si entonces considero que el libro es factible y que yo soy la persona indicada para apechugar con el muerto, adelante con los faroles. Y ni que decir tiene que, en ese caso, como de costumbre, me enclaustraré, me ataré a la pata de la mesa, tiraré el hachís por el retrete y tomaré bromuro con cafeína para trabajar a matacaballo de forma que podáis sacar el libro en octubre, de cara a la rentrée y a las navidades. Ya sabes que siempre tardo más en los preparativos que en la ejecución. ¿Hace o no hace?

– Hace, Dionisio, hace… Tienes la sartén por el mango y te aprovechas. ¿Algo más?

– Por mi parte, no. ¿Y por la tuya?

– Una cosita aún… ¿Por qué te vas de viaje?

¿Qué andas buscando? ¿No sería mejor que le quitases la capucha a la máquina de escribir y te dejases de gaitas? Si de verdad, como me dijiste el otro día, llevas veinte años largos dándole vueltas a este libro y leyendo todo lo que se ha escrito y se escribe sobre Jesús, ¿qué necesidad tienes de más datos?

– No son datos lo que busco, Jaime, aunque tampoco me vendrían mal, sino vivencias y evidencias. Lo que va de lo pintado a lo vivo. Creo que también te dije el otro día que la erudición no es un buen camino para acercarse a Jesús. De modo que voy a seguir el ejemplo de santo Tomás y…

– ¿Renuncias a ser san Pedro?

– Vete al carajo. Te decía que tengo la intención de seguir el ejemplo de santo Tomás y de meter directamente los dados en todas las llagas posibles.

– ¿Y eso qué significa?

– Significa que me voy a Jerusalén con pan, con vino y con devoción. Y cuanto antes. Hoy mejor que mañana.

– Otra diablura. No se te puede dejar solo un momento.

– Eso me han dicho siempre las mujeres.

– No seas chuleta. ¿Y hacia dónde vas a encaminar tus pasos después de Jerusalén? Supongo que no pretenderás tirarte allí un año. Dicen que es una ciudad insoportable.

– Así haré penitencia. No me vendrá mal.

– Contéstame.

– ¿Después de Jerusalén? ¿E chi lo sa, Jaime?

La aventura es la aventura. Ya veremos. Como comprenderás, tengo que comenzar mis investigaciones por el lugar del crimen. Es lo que siempre hace la policía.

– Has visto muchas películas.

– Pues sí. Como todos los chicos de mi generación. Y algunas, incluso, las he protagonizado en la vida real.

– Veo que sigues firme en tu decisión de parecer un chuleta. ¿Puedo darte un consejo de editor y de amigo?

– Y también dos.

– Sugerencia aceptada. Ahí va el primero: no escribas un ensayo ni una biografía más o menos académica ni un libro de historia mejor o peor documentado. Todo eso está muy visto y no conduce a ninguna parte. Escribe una novela.

– Consejo recibido y calurosamente acogido, pero inútil, Jaime. Ya estaba en ello. Si alguna vocación tengo, es la de contar historias. Todos mis libros son novelas. Novelas disfrazadas o novelas en pelota, pero novelas. No sirvo para otra cosa. Me chifla decir érase una vez.

– Segundo consejo… Y estoy seguro de que lo seguirás, porque no soy yo, sino uno de tus poetas favoritos quien te lo da.

– Su nombre, por favor.

– Ya salió a relucir el otro día: Omar Kheyyam.

– Omar Kheyyam no era un poeta, Jaime. Era un maestro, un gurú, un bodhitsava, un iniciado sufí. Pero dejémoslo correr. ¿Qué decía?

– Escucha… Más allá de la tierra, más allá del infinito, / envié mi alma en busca del cielo y del infierno. / Ahora ha vuelto para decirme: infierno y cielo están en mí.

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[25] Antonio Machado. (N. del e.)

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[26] Vid. F. Sánchez Dragó, El camino del corazón. pp. 133 a 136. (N. del e.)