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La gente de Liberties siempre se ha abalanzado sobre los cotilleos como aves carroñeras. En Dalkey, si un equipo de la policía científica hubiera tenido el temple de aparecer en la calle sin un permiso previo, nadie habría tenido la indecencia de demostrar algo tan vulgar como curiosidad. Algún alma aventurera habría sentido una necesidad imperiosa de podar las flores del jardín de su casa y después habría comunicado a sus amigas lo que había oído mientras disfrutaban de una infusión, pero, en general, el vecindario se habría enterado de las noticias por los diarios la mañana siguiente. En Faithful Place, en cambio, los lugareños saltaban directos a la yugular de la información. La vieja señora Nolan tenía agarrado con fuerza a uno de los agentes por la manga y lo miraba fijamente exigiéndole una explicación detallada. Por la expresión de su cara se diría que al agente no lo habían formado para tal menester en la academia.

– Francis -manifestó Kevin-, probablemente ahí dentro no haya nada.

– Quizá no.

– En serio. Probablemente lo haya imaginado todo. Es demasiado tarde para…

Shay preguntó:

– ¿Qué has imaginado?

– Nada -respondí yo.

– Kev.

– Nada. Eso es precisamente lo que estoy diciendo. Quizá me lo he inventado…

– ¿Qué buscan?

– Mis pelotas -contesté.

– Entonces espero que hayan traído un microscopio.

– Maldita sea -se lamentó Kev, frotándose una ceja y con la vista clavada en los policías-. Este jueguecito ha dejado de gustarme, tíos. Ojalá…

– Calla -lo cortó Shay bruscamente-. Ahí viene mamá.

Los tres descendimos rápidamente de las escaleras en perfecta sincronía, ocultando nuestras cabezas por debajo de la línea del horizonte de la multitud. Yo atisbé a mi madre de reojo, entre otros cuerpos: estaba de pie en el umbral de nuestra casa, con los brazos cruzados enérgicamente bajo su pechera, barriendo la calle con la mirada, taladrándola, como si supiera exactamente que todo aquel follón era culpa mía y tuviera intención de hacérmelo pagar. Papá estaba detrás de ella, fumándose un pitillo y contemplando la escena con expresión inescrutable.

Ruidos dentro de la casa. Uno de los técnicos salió y señaló con el pulgar hacia la casa por encima de su hombro mientras hacía algún comentario brillante que provocó las burlas de los uniformados. Abrió la furgoneta, revolvió un poco en su interior y regresó corriendo hacia las escaleras armado con una palanca.

– Como utilice eso ahí dentro, esa choza va a venirse abajo -apuntó Shay.

Kevin seguía agitándose con nerviosismo, como si el escalón le provocara dolor en el culo.

– ¿Qué ocurrirá si no encuentran nada?

– Que anotarán a nuestro Francis en la lista negra -aventuró Shay- por hacerle perder el tiempo a todo el mundo. Sería una lástima, ¿no crees?

– Gracias por preocuparte. Me las apañaré -contesté.

– Y tanto que lo harás. Siempre lo haces. ¿Qué buscan exactamente?

– ¿Por qué no se lo preguntas a ellos?

Un estudiante melenudo con una camiseta Limp Bizkit [6] salió como si tal cosa del número once, frotándose la cabeza y con aspecto de llevar encima una resaca monumental.

– ¿De qué va todo esto?

– Vuelve a entrar en casa -le recomendé.

– Éstas son nuestras escaleras.

Le enseñé mi placa.

– ¡De acuerdo! -dijo y se arrastró de nuevo hacia el interior, abrumado por la injusticia en el mundo.

– Estupendo -comentó Shay-, utiliza esa placa para intimidarlo… -añadió como en un acto reflejo, pues sus ojos, entrecerrados para protegerse de la luz cegadora, seguían posados en el número dieciséis.

Un estruendo monumental como un cañonazo retumbó en toda la calle, rebotando en las fachadas de las casas hasta alejarse mucho más allá de la oscura Liberties. La losa de hormigón había caído. Nora se estremeció y lanzó un chillido de horror; Sallie Hearne se arrebujó con fuerza el cuello del cárdigan y se santiguó.

Fue entonces cuando noté un escalofrío en el ambiente, una descarga eléctrica que procedía desde las entrañas del número dieciséis y avanzaba hacia el exterior como una lengua de fuego: las voces de los técnicos aumentaron de volumen y luego se desvanecieron; los uniformados volvieron la vista para comprobar qué ocurría; los vecinos se balancearon sobre sus pies y las nubes se condensaron sobre los tejados.

A mi espalda, Kevin pronunció una frase que contenía mi nombre. Caí en la cuenta de que seguíamos de pie y de que me agarraba el brazo con una mano.

– ¡Aparta! -dije.

– Frank…

En el interior de la casa alguien emitió una orden, un ladrido rápido e inapelable. A mí había dejado de preocuparme que alguien pudiera averiguar que era policía.

– Quedaos aquí -ordené.

El uniformado encargado de proteger las verjas era un tipo rechoncho con la cara remilgada de la tía de alguien.

– Apártese de aquí, amigo -me indicó con voz de tener la cabeza metida en un retrete-. Aquí no hay nada que ver.

Le enseñé mi placa, que leyó articulando los labios. Mis pasos en las escaleras, el interior de la casa, un destello de un rostro al pasar junto a la ventana del descansillo. En algún lugar el señor Daly gritó algo, pero su voz sonaba distante y ralentizada, como si viajara a través de una tubería metálica.

– Esta placa es de la policía secreta -observó el agente uniformado, devolviéndome mi identificación-. No se me ha informado de la presencia de agentes secretos en la escena del delito.

– Pues le informo ahora.

– Tendrá que hablar con el oficial al mando de la investigación. Puede dirigirse a mi sargento o a uno de los tipos de la brigada de Homicidios, en función de lo que…

– Apártese de en medio.

Frunció los labios.

– No hace falta que use ese tono conmigo. Espere aquí, no se mueva de donde está hasta que obtenga permiso para…

– Apártese de mi camino o lo dejo sin dientes de un puñetazo -le amenacé.

Se le salieron los ojos de las órbitas, pero intuyó que hablaba en serio y se apartó. Seguía advirtiéndome que pensaba denunciarme mientras yo subía las escaleras de tres en tres y aparté con un empujón con el hombro al compañero que vigilaba la puerta y que parecía tan desconcertado como él mismo.

Ríase a gusto si quiere: nunca, ni por un segundo, creí que encontraran nada allí. Yo, Míster Cínico Listillo que me paso el día perorando acerca de lo cruel que es el mundo y de que la realidad siempre supera a la ficción, no creí ni por un instante que algo así pudiera suceder, ni siquiera cuando abrí aquella maleta, ni cuando noté la losa de hormigón balanceándose en aquel oscuro sótano, ni cuando sentí la electricidad imantando el aire aquel atardecer… En lo más hondo de mi ser, más hondo de lo que jamás había sentido nada, seguía creyendo a Rosie. La creí mientras descendía aquellas escaleras en pleno proceso de desmoronamiento que conducían hacia el sótano y la creí cuando vi el círculo de caras con máscaras volver la vista hacia mí con el ojo blanco de las linternas que llevaban ajustadas a la cabeza, con la losa de hormigón arrancada de cuajo y tumbada en un ángulo oblicuo sobre el suelo, entre cables y palancas, y también cuando el terrible hedor subterráneo me reveló que algo espantoso había ocurrido. La creí hasta que me abrí paso a empellones entre los técnicos y contemplé alrededor de qué estaban acuclillados: el boquete irregular, la mata oscura de cabello enmarañado, los jirones de lo que podía haber sido un pantalón tejano y los pulidos huesos heridos a dentelladas. Vi la delicada curva de la mano de un esqueleto y supe que cuando encontraran las uñas de los dedos, en algún lugar bajo las capas de mugre, insectos muertos y fango podrido, la del dedo índice de la mano derecha estaría en carne viva.

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[6] Limp Bizkit es una banda de música (rap metal) formada en Florida que saltó al estrellato en 2000 con su tercer álbum, Chocolate Starfish and the Hotdog Flavored Water, que incluía una canción integrada en la banda sonora de Misión imposible II. (N. de la T.)