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Nos tomamos otra ronda, y luego otra. Una lluvia severa aporreaba las ventanas, pero el camarero tenía la calefacción alta y el único momento en que entraba aire frío era cuando se abría la puerta. Carmel reunió el coraje de acercarse a la barra y pedir media docena de sándwiches a la plancha, y entonces yo caí en la cuenta de que mi última comida había sido el desayuno de mi madre que me había dejado a la mitad y de que me rugían las tripas, con ese hambre feroz que podría hacerte arponear algo y comértelo aún caliente. Shay y yo nos turnamos para contar chistes que hicieron que a Jackie se le saliera el gin-tonic por la nariz y a Carmel lanzar chillidos y darnos palmaditas en las muñecas una vez entendió los remates; Kevin realizó una imitación magistral de mamá en la comida de Navidad que nos hizo desternillarnos, indefensos, hasta doblarnos de dolor.

– ¡Para! -le suplicó Jackie entre jadeos, dándole una torta en la mano-. Te juro por Dios que me va a estallar la vejiga. Si no paras, me meo encima.

– Habla en serio -añadí yo, intentando recobrar el aliento-. Y serás tú el que tendrá que ir a coger una bayeta y secarlo.

– No sé de qué te ríes tanto -dijo Shay-. Estas navidades tú estarás ahí sufriendo con el resto de nosotros.

– ¡Y un cuerno! Yo estaré a salvo en mi casa, bebiendo malta y descuajaringándome cada vez que piense en vosotros, pobres diablos.

– Espera a verlo, amiguito. Ahora que mamá te ha vuelto a poner las zarpas encima, no creas que te dejará marchar tan fácilmente con las navidades a la vuelta de la esquina ¿Crees que dejaría pasar la oportunidad de que todos nos sintiéramos como unos miserables? Espera y verás.

– ¿Qué te apuestas?

Shay alargó una mano.

– Cincuenta libras a que estarás sentado al otro lado de la mesa, delante de mí, en la comida de Navidad.

– Trato hecho -sentencié.

Sellamos nuestra apuesta con un apretón de manos. Shay tenía la piel reseca, una mano fuerte y callosa y, al tocarnos, saltó una chispa de electricidad estática entre nosotros. Ninguno de los dos se estremeció.

– ¿Sabes, Francis? -intervino Carmel-. Habíamos quedado en no preguntarte algo, pero no puedo contenerme. ¡Jackie, deja de pellizcarme de una vez!

Jackie volvía a tener su vejiga bajo control y miraba a Carmel como si fuera a matarla.

Carmel dijo, muy digna:

– Si no quiere hablar de ello, basta con que me lo diga él mismo y ya está. ¿Por qué no regresaste nunca, Francis?

– Tenía demasiado miedo de que mamá agarrara el cucharón de plata y me inflara a palos -contesté-. ¿Me culpas acaso?

Shay lanzó un bufido. Carmel continuó:

– Hablo en serio, Francis. ¿Por qué?

Ella, Kevin e incluso Jackie, que me había formulado la misma pregunta infinidad de veces y jamás había obtenido una respuesta, me miraban de hito en hito, algo achispados, perplejos y un punto heridos. Shay intentaba sacar una mota de algo de su cerveza.

– Permitidme que os pregunte algo -dije-. ¿Por qué daríais la vida?

– ¡Joder! -exclamó Kevin-. Eres la alegría de la huerta.

– Calla -lo reprendió Jackie-. ¿A qué te refieres, Francis?

– En una ocasión, papá me dijo que daría la vida por Irlanda -expliqué-. ¿Vosotros haríais algo así?

Kevin puso los ojos en blanco.

– Papá sigue anclado en los años setenta. Ya nadie piensa así.

– Medítalo un segundo. Aunque sólo sea por echarnos unas risas. ¿Lo harías?

Me miró desconcertado.

– ¿Por qué?

– Imagina que Inglaterra volviera a invadirnos.

– No se atrevería.

– He dicho «imagina», Kev. No te desvíes del tema.

– No lo sé. Nunca me lo he planteado.

– Eso -dijo Shay, en un tono no excesivamente agresivo, apuntando con su cerveza a Kevin-, eso que acabas de hacer habría supuesto la ruina de este país.

– ¿Yo? ¿Pero qué he hecho?

– Tú y los que son como tú. Toda vuestra maldita generación. Pero ¿es que lo único que os preocupa son los Rolex y la ropita Hugo Boss? ¿En qué más pensáis, si es que lo hacéis? Por una vez, Francis tiene razón. Tiene que haber algo por lo que darías la vida, tío.

– ¡No me jodas! -gritó Kevin-. ¿Por qué darías tú la vida? ¿Por Guinness? ¿Por un buen polvo?

Shay se encogió de hombros.

– Por mi familia.

– Pero ¿qué diantres dices? -saltó Jackie-. Si odias con toda tu alma a mamá y a papá.

Estallamos los cinco en carcajadas; Carmel tuvo que reclinar la cabeza hacia atrás y enjugarse las lágrimas de las comisuras de los ojos.

– Es verdad -reconoció Shay-, pero eso no importa.

– ¿Morirías tú por Irlanda? -me preguntó Kevin, aún un poco picado.

– No te quepa la menor duda -respondí, cosa que provocó otra risotada generalizada-. Me destinaron a Mayo [7] durante un tiempo. ¿Alguno de vosotros ha estado alguna vez en Mayo? Sólo hay campesinos, ovejas y paisajes bucólicos. Por eso te aseguro que no moriría.

– Entonces ¿por qué?

– Como dice aquí el amigo Shay -le dije a Kev, alzando mi vaso hacia Shay-, eso no es lo que importa. Lo que importa es que yo sé por qué moriría.

– Yo daría mi vida por mis hijos -intervino Carmel-. Que Dios me perdone.

Jackie se sumó:

– Supongo que yo moriría por Gav. Pero si lo necesitara de verdad, eso sí. ¿No os parece una conversación muy malsana, Francis? ¿Por qué no hablamos de otra cosa?

– En aquel entonces, yo habría dado mi vida por Rosie Daly -expliqué-. Eso es lo que intento deciros.

Se produjo un silencio. Shay alzó su copa.

– Brindo por todo por lo que moriríamos -dijo.

Entrechocamos nuestros vasos, dimos un trago largo a nuestras bebidas y nos relajamos en nuestros asientos. Sabía que probablemente se debiera a que estaba como una cuba, pero estaba jodidamente encantado de que hubieran venido a verme, incluso Shay. Más aún: les estaba agradecido. Es posible que fueran una panda de chalados y que sus sentimientos por mí fueran confusos, pero los cuatro habían dejado lo que fuera que estuvieran haciendo, habían aparcado sus vidas sin previo aviso y habían acudido a aquel bar a ayudarme a sobrellevar la noche. Encajábamos como piezas de un rompecabezas y sentí a mi alrededor algo parecido a un resplandor dorado y cálido, como si hubiera caído, por algún accidente perfecto, en el lugar adecuado. Por suerte, aún estaba lo bastante sobrio como para no intentar expresarlo en palabras.

Carmel se inclinó hacia mí y me dijo, casi con timidez:

– Cuando Donna era apenas un bebé tuvo un problema en los riñones; pensaron que podía necesitar un trasplante. Les dije sin pensármelo ni un segundo que podían quitarme los dos a mí. Al final todo salió bien y, de todas maneras, sólo habrían necesitado uno, pero nunca lo olvidaré. ¿Entiendes lo que digo?

– Sí -le contesté con una sonrisa-. Claro que te entiendo.

– Es tan bonita -dijo Jackie-, me refiero a Donna. Es adorable, siempre riendo. Ahora tendrás que conocerla, Francis.

Carmel añadió:

– Darren se parece mucho a ti, ¿sabes? Se ha parecido siempre, desde que era un niño.

– ¡Lo compadezco! -exclamamos Jackie y yo al unísono.

– No seáis tontos. Lo digo en el buen sentido. Está estudiando en la universidad. Eso no lo ha sacado de mí ni de Trevor; nosotros nos habríamos dado por satisfechos si hubiera decidido trabajar de lampista con su padre. No. Darren lo decidió todo por sí solito, nunca nos dijo nada: se limitó a reclamar los formularios de inscripción en los cursos, escogió el que le interesaba y se esforzó como un loco para aprobar la Selectividad. Se empeñó como un toro, él sólito. Como tú. Yo siempre deseé ser así.

Por un instante atisbé una ola de tristeza recorrerle el rostro.

– Si no recuerdo mal, tú también conseguías siempre lo que te proponías -repliqué-. ¿Qué me dices de Trevor?

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[7] El condado de Mayo (en irlandés: Maigb Eo) es uno de los más tradicionales de Irlanda. Está situado en la costa oeste de Irlanda, en la provincia de Connacht. (N. de la T.)