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Al cabo de un rato, papá agotó su intervalo de atención, o bien se le enfrió el trasero. Salió a regar el jardín, se limpió los mocos con la manga y se acomodó en el escalón, haciendo un gesto de dolor.

– Dame un cigarrillo.

– Pídemelo «por favor».

– Soy tu padre y te ordeno que me des un cigarrillo.

– ¡Al carajo! -exclamé y le tendí un pitillo-. Siempre cedo ante una buena causa. Y el hecho de que tú agarres un cáncer de pulmón sin duda alguna lo es.

– Siempre fuiste un engreído y un arrogante -replicó, al tiempo que agarraba el pitillo-. Debería haber empujado a tu madre escaleras abajo cuando me dijo que estaba encinta.

– Probablemente lo hiciste.

– Y un cuerno. Nunca os he puesto una mano encima a menos que os lo merecierais.

Le temblaban tanto las manos que no era capaz de encender el cigarrillo. Me senté junto a él en las escaleras, le quité el encendedor y le ayudé. Apestaba a nicotina, a Guinness rancia y a unas gotas de ginebra fresca. Yo seguía teniendo los nervios de la espina dorsal a flor de piel, aún en alerta por miedo a él. El murmullo de la conversación que salía por la ventana que quedaba sobre nuestras cabezas volvía a subir de volumen, incómodamente, a ráfagas.

– ¿Qué te pasa en la espalda? -pregunté.

Papá soltó una bocanada de humo.

– No es asunto tuyo.

– Bueno, era sólo por darte conversación.

– Tú nunca hablas sólo por dar conversación. No soy idiota. No me trates como si lo fuera.

– Nunca he pensado que lo fueras -aclaré, y hablaba en serio.

Si mi padre hubiera dedicado un poco más de tiempo a cultivarse y un poco menos a saciar su alcoholismo, podría haber sido un buen rival dialéctico. Cuando yo tenía unos doce años estudiamos la Segunda Guerra Mundial en el colegio. EÍ maestro era un capullo paleto que no había salido del armario y creía que todos los críos de las zonas urbanas deprimidas éramos demasiado tontos para entender un tema tan complejo, de manera que ni se preocupaba por enseñarnos. Mi padre, que aquella semana estaba sobrio de casualidad, fue quien se sentó a mi lado, dibujó diagramas a lápiz sobre el mantel de la cocina, sacó los soldaditos de plomo de Kevin para formar a los ejércitos y me ilustró sobre cómo había acontecido todo con tal claridad y viveza que aún recuerdo cada detalle como si lo hubiera visto en una película. Una de las tragedias de mi padre siempre fue que era lo bastante inteligente como para entender cuánto la había cagado en la vida. Lo habría sobrellevado todo mucho mejor de ser un idiota sin dos dedos de frente.

– ¿Qué te importa a ti mi espalda?

– Simple curiosidad. Pero si alguien va a perseguirme solicitándome que pague una parte de la cuota de la residencia de ancianos, estaría bien saber qué te ocurre de antemano.

– Yo no te he pedido nada. Y no pienso ir a ninguna residencia. Antes me descerrajo un tiro en la cabeza.

– Bien hecho. No lo dejes para demasiado tarde.

– No te daría esa alegría.

Dio otra calada angustiada al cigarrillo y observó los aros de humo que exhaló por la boca.

– ¿A qué venía todo ese follón? -pregunté.

– A nada en particular. Asuntos de hombres.

– ¿Qué significa eso? ¿Que Matt Daly te ha robado el rebaño?

– No debería haber entrado en mi casa. Y menos que nunca esta noche.

El viento husmeó entre los jardines y fue a recostarse contra las paredes del cobertizo. Por una fracción de segundo pude ver a Kevin, justo la noche anterior, tumbado, de color púrpura y blanco, apaleado en medio de la oscuridad, a cuatro jardines de distancia. No me enfadé, pero tuve la sensación de pesar ciento veinte kilos, como si fuera a tener que permanecer allí sentado toda la noche, porque las posibilidades de poder ponerme en pie en aquel escalón por mí mismo eran nulas. Al cabo de un rato papá dijo:

– ¿Te acuerdas de aquella tormenta? Debías de tener, no sé, cinco o seis años. Os saqué a ti y a tu hermano a la calle. Tu madre tuvo un ataque de histeria.

– Sí. Me acuerdo.

Había sido uno de esas noches estivales como una olla a presión en las que cuesta horrores respirar y todo el mundo se discute por nada. Cuando estalló el primer trueno, papá soltó una risotada de alivio como un rugido. Agarró a Shay con un brazo y a mí con el otro y descendió por las escaleras, mientras mi madre gritaba como una posesa a nuestra espalda. Nos sostuvo en brazos para que viéramos los relámpagos centellear por encima de las chimeneas y nos enseñó a no temer a los truenos, porque no eran más que los relámpagos calentando el aire con la rapidez de una explosión. Y también nos enseñó a no tener miedo de mamá, que estaba asomada a la ventana y ahora ya gritaba como una energúmena. Cuando finalmente una cortina de lluvia descargó sobre nosotros, papá echó la cabeza hacia atrás y, mientras miraba el cielo gris purpúreo, jugó a darnos vueltas en medio de la calle vacía, mientras Shay y yo gritábamos de la risa como salvajes, enormes goterones cálidos de lluvia nos salpicaban en la cara y la electricidad hacía que nos crujiera el cabello, mientras los truenos hacían temblar el suelo y retumbaban a través de los huesos de papá hasta los nuestros.

– Fue una tormenta fantástica -manifestó papá-, una noche fantástica.

– Recuerdo cómo olía. El sabor de aquella fuerte lluvia -comenté yo.

– Sí. -Dio una última calada minúscula a su cigarrillo y luego arrojó la colilla a un charco-. Te diré lo que me apetecía hacer aquella noche. Me habría encantado agarraros a los dos y largarme. Subir a las montañas y vivir allí. Robar una tienda y un arma en algún lugar y vivir de lo que fuéramos capaces de cazar. Sin mujeres que nos incordiaran ni nos dijeran que no éramos lo bastante buenos, sin nadie dedicándose a ningunear a un pobre trabajador. Erais unos niños maravillosos, tú y Kevin; niños fuertes, capaces de sobrevivir en cualquier lugar. Creo que nos habría ido estupendamente.

– Pero quienes estábamos aquella noche éramos Shay y yo.

– Tú y Kevin.

– No. Yo seguía siendo aún lo bastante pequeño como para que me pudieras levantar en brazos, lo cual significa que Kevin no debía de ser más que un bebé, si es que había nacido.

Papá reflexionó un instante.

– ¡Que te jodan! -se quejó al fin-. ¿Sabes qué significaba aquella noche para mí? Era uno de mis mejores recuerdos de mi hijo muerto. ¿Por qué quieres jodérmelo y robármelo?

– El motivo por el que no tienes recuerdos reales de Kevin es porque, para cuando él nació, tu cerebro, básicamente, era ya un puré de patatas. Si te apetece explicarme por qué eso es culpa mía, soy todo oídos.

Respiró hondo, preparándose para propinarme su mejor derechazo, pero le sobrevino un ataque de tos que casi lo hace saltar traqueteando del escalón. De repente sentí asco por ambos. Me había pasado los últimos diez minutos pidiendo a gritos que me soltara un puñetazo en la cara; había tardado todo este tiempo en darme cuenta de que no me enfrentaba a alguien de mi misma estatura. Pensé que tenía unos tres minutos para alejarme de aquella casa antes de perder la cabeza.

– Ten. -Le tendí otro cigarrillo. Mi padre seguía sin poder hablar, pero lo asió con su mano temblorosa-. Que lo disfrutes. -Y lo dejé solo.

En el piso de arriba, el bendito Tommy volvía a cantar. La noche había alcanzado el momento en el que la concurrencia había sustituido la Guinness por bebidas más fuertes y ya andábamos luchando con los británicos: «Las tuberías ya no zumbaban y los tambores de guerra callaban, pero el tañido de las campanas del Ángelus de Liffey resonaba, abriéndose paso entre la densa niebla del alba». [8]

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[8] Fragmento de la canción Foggy Dew, atribuida a Peadar Kearney, autor también de La canción del soldado, el himno nacional irlandés. Narra el levantamiento de Pascua en 1916 y alienta a los irlandeses a luchar por la causa de Irlanda. (N. de la T.)