– ¿Desde cuándo?
Con esta pregunta provoqué un pestañeo culpable.
– Desde hace un año más o menos.
– Así que has obligado a mi hija a mentirme durante un año -la reprendí.
– Le dijimos…
– ¡Un año! Cada fin de semana durante un año le he preguntado a Holly qué había hecho esa semana y me ha estado contestando una mierda pinchada en un palo.
– Le explicamos que tendría que guardar el secreto durante un tiempo porque estabas enfadado con tu familia. Eso es todo, íbamos a…
– Llámalo guardar un secreto, llámalo mentir, llámalo como te venga en gana. Es precisamente lo que mejor hace mi familia. Es un talento innato, un don divino. Mi plan era mantener a Holly tan alejada de ellos como fuera posible, que superara las probabilidades genéticas y se convirtiera en un ser humano decente, sano y sin una mente retorcida. ¿Acaso te suena excesivo, Olivia? ¿Te parece realmente demasiado pedir?
– Frank, vas a volver a despertarla si…
– Y en su lugar tú la arrojaste directamente en medio de todo. Y, mira por dónde, sorpresa, sorpresa, lo siguiente que sabemos es que se comporta exactamente igual que un maldito Mackey. Se ha lanzado a mentir como un pato al agua. Y tú la estás incitando a cada paso que da. Eso es muy bajo, Liv. De verdad que lo es. Es la cosa más baja, sucia y rastrera que he oído en toda mi vida.
Al fin tuvo la decencia de sonrojarse.
– Íbamos a explicártelo, Frank. Pensamos que, una vez vieras lo bien que estaba funcionando…
Solté una carcajada lo bastante estentórea como para que Olivia se estremeciera.
– ¡Por Jesús muerto en la cruz, Liv! ¿A esto le llamas salir bien? Corrígeme si me he perdido algo, pero, hasta donde yo alcanzo a ver, esta desgraciada idea tuya está a años luz de salir bien.
– Por todo lo que más quieras, Frank, nadie sabía que Kevin iba a…
– Tú sabías perfectamente que yo no quería que Holly se acercara a ellos. Eso debería haber sido más que suficiente. ¿Qué más necesitabas saber? ¡Demonios!
Olivia tenía la cabeza gacha y con ese gesto de tozudez en la barbilla exactamente igual al de Holly. Eché mano de la botella otra vez y tropecé con el destello de sus ojos, pero se contuvo de decir nada, de manera que me rellené la copa con generosidad, dejando que un gran goterón chapoteara en la encimera de pizarra.
– ¿O es precisamente por eso por lo que lo hiciste? ¿Porque sabías que yo me oponía frontalmente? ¿Tan enfadada estás conmigo? Venga, confiésalo, Liv. Puedo afrontarlo. ¿Te has divertido engañándome? Te has reído de lo lindo con ello, ¿verdad? ¿De veras que has lanzado a Holly en medio de ese hatajo de lunáticos sólo por fastidiarme?
Se le enderezó la espalda.
– No te atrevas. Yo nunca haría nada que pudiera hacerle daño a Holly, y lo sabes perfectamente. Nunca.
– Entonces ¿por qué, Liv? ¿Por qué? ¿Qué en esta santa tierra verde que Dios nos ha dado te indujo a pensar que sería una buena idea?
Olivia inhaló rápidamente por la nariz y recuperó el control; tenía práctica. Luego respondió con frialdad:
– También son su familia, Frank. Holly no dejaba de preguntar por qué no tenía dos abuelas como el resto de sus amigas, si tú y Jackie teníais más hermanos, por qué nunca los había visto…
– ¡Patrañas! A mí lleva toda la vida preguntándomelo y nunca le he dicho nada.
– Claro, y tu reacción la enseñó a no volver a preguntártelo más. Entonces decidió preguntármelo a mí, Frank. Y a Jackie. Quería saberlo.
– ¿Qué importancia tiene lo que ella quiera? Tiene nueve años. También quiere un cachorro de león y una dieta a base de pizza y M & Ms rojos. ¿Piensas ceder en eso también? Somos sus padres, Liv. Se supone que debemos darle lo que le conviene, no todo lo que quiere.
– Frank, chisss. ¿Qué hay de malo en que conociera a tu familia? Lo único que me has dicho es que no querías volver a restablecer el contacto con ellos. Jamás me dijiste que fueran una pandilla de asesinos con guadañas. Jackie es encantadora, siempre se porta de maravilla con Holly, y me aseguró que el resto de vuestra familia eran personas igual de cariñosas…
– ¿Y te bastó con su palabra? Jackie vive en un mundo de fantasía, Liv. Piensa que Jeffrey Dahmer [9] simplemente necesitaba conocer a una buena chica. ¿Desde cuándo toma ella las decisiones de criar a nuestra hija?
Liv empezó a farfullar algo, pero yo subí la conversación de tono hasta que se dio por vencida y puso cara de desasosiego.
– Me dan ganas de vomitar, Liv, te lo digo en serio. En esto es en lo único en lo que pensaba que contaba con tu apoyo incondicional. Tú siempre consideraste que mi familia no estaba a tu altura. ¿Qué demonios te ha llevado a pensar que si lo está a la de Holly?
Olivia perdió finalmente la compostura.
– ¿Cuándo te he dicho yo tal cosa, Frank? ¿Cuándo? -La miré fijamente. Estaba blanca de la ira, con las manos apretadas contra la puerta; respiraba con dificultad-. Si tú crees que tu familia no es lo bastante buena, si te avergüenzas de ella, es un problema tuyo, no mío. No me culpes a mí de ello. Yo jamás he dicho nada parecido. Jamás he pensado nada parecido. Nunca.
Dio media vuelta como una flecha, abrió la puerta y la cerró a sus espaldas con un clic, que, de no haber sido por Holly, habría sido un portazo que habría hecho temblar la casa.
Permanecí allí sentado un rato, papando moscas frente a la puerta como un cretino y notando mis neuronas colisionar como autos de choque. Luego agarré la botella de vino, busqué otra copa y salí tras Olivia.
Estaba en el jardín de invierno, en el sofá de mimbre, con las piernas enroscadas sobre el asiento y las manos metidas dentro de las mangas. No alzó la vista, pero, cuando le tendí la copa, alargó una mano y la asió. Vertí en cada copa una cantidad de vino que podría haber ahogado a un animal pequeño y me senté a su lado.
Seguía lloviendo, gotas pacientes e implacables tamborileaban en la hierba y una bocanada de aire frío se filtraba a través de alguna grieta y se expandía como humo por la estancia (me descubrí tomando nota mental, incluso después de tanto tiempo, de buscar la grieta y enmasillarla). Olivia daba sorbitos a su copa de vino y yo observaba su reflejo en la hierba, sus ojos ensombrecidos concentrados en algo que sólo ella veía. Transcurrido un rato pregunté:
– ¿Por qué nunca dijiste nada?
No volvió la cabeza.
– ¿Sobre qué?
– Sobre todo. Pero empecemos con por qué nunca me dijiste que mi familia no te molestaba.
Se encogió de hombros.
– Nunca me dio la sensación de que estuvieras dispuesto a abordar ese tema. Y, además, tampoco pensé que hubiera necesidad de verbalizarlo. ¿Por qué tenía que tener yo algún problema con gente a la que no había conocido?
– Liv -la interrumpí-, hazme un favor: no te hagas la tonta. Estoy cansado de eso. Vivimos en el país de Mujeres desesperadas, y estamos sentados en un jardín de invierno, por todos los diablos. A mí me criaron muy lejos de los jardines de invierno. Mi familia estaría más en la línea de Las cenizas de Ángela. Mientras los tuyos se sientan en un jardín de invierno y beben Chianti, mi familia está en su casa de vecindad decidiendo en qué galgo apostar el dinero del trabajo negro que realizan.
Hizo una levísima mueca con los labios.
– Frank, yo sabía que pertenecías a la clase obrera desde el mismísimo momento en que abriste la boca. Nunca lo llevaste en secreto. Y aun así decidí salir contigo.
– Claro, a Lady Chatterley [10] le apetecía un poco de marcha.
El deje amargo nos tomó a ambos por sorpresa. Olivia se volvió para mirarme: bajo la tenue luz que se filtraba desde la cocina, su rostro se antojaba alargado, triste y adorable, como salido de un icono eclesiástico.
[9] Jeffrey Dahmer (1960-1994), apodado El carnicero de Milwaukee, fue un asesino en serie responsable de la muerte de diecisiete hombres entre 1978 y 1991. Además de asesino, practicaba la necrofilia y el canibalismo.
[10]