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No le pudo preguntar todo aquello. Los ojos de la chima le instaban, con su expresión de aviso, a permanecer en silencio. Espero que sepa lo que está haciendo, deseó con fervor. Fiben sentía húmedas las axilas. Se secó una gota de sudor de la frente.

—Sigue —le dijo con voz seca.

—Tu visita invalidó la inmunidad diplomática y dio a los gubru la excusa que necesitaban para violar la Reserva. Entonces los gubru creyeron tener un auténtico golpe de suerte pues el mecanismo de autodestrucción falló parcialmente. Dentro había pruebas, Fiben, pruebas pertenecientes a las investigaciones privadas llevadas a cabo por el embajador tymbrimi sobre la cuestión de los garthianos.

—¿Por Uthacalthing? Pero… —entonces Fiben comprendió. Miró a Gailet aturdido, y luego se dobló hacia adelante y se puso a toser para disimular las carcajadas. La risa parecía un torrente de agua que le brotaba en el pecho, una fuerza con movimiento propio, apenas contenible. Un repentino y breve intervalo de afasia fue en realidad como una bendición pues le libró de la reprimenda de Gailet. Tosió un poco más y se golpeó el pecho.

—Perdona —dijo en voz baja.

—Los gubru creen ahora que las pruebas eran falsas, una inteligente artimaña —prosiguió ella.

No me extraña, pensó Fiben en silencio.

—Además de las informaciones falsas, Uthacalthing también se las ingenió para que desaparecieran de la Biblioteca Planetaria los archivos referentes a la Elevación, para hacerle creer al Suzerano que había algo que ocultar. A los gubru les costó mucho darse cuenta de que Uthacalthing los había engañado. Hicieron traer, por ejemplo, una Biblioteca Planetaria de investigación. Y antes de conocer la verdad, perdieron muchos soldados y científicos en las montañas.

—¿Los perdieron? —Fiben se echó a hacia adelante—. ¿Cómo los perdieron?

—Tropas irregulares de chimps —respondió Gailet sucintamente. Y de nuevo había en sus ojos una mirada de advertencia. Vamos, Gailet, pensó. No soy tan idiota. Sabía que de ningún modo debía hablar de Robert o Athaclena. Ni siquiera quería pensar en ellos.

Y, sin embargo, apenas pudo reprimir una sonrisa. ¡Por eso los kwackoo eran tan amables! Si los chimps estaban llevando a cabo una guerra inteligente sin contravenir las normas oficiales, entonces todos los chimps tenían que ser tratados con un mínimo grado de respeto.

—Los chimps de la montaña sobrevivieron esa primera vez. ¡Seguro que han estado hostigando al enemigo y siguen haciéndolo! —Sabía que tenía libertad para mostrar cierta exaltación, puesto que ésta formaba parte de su carácter.

Gailet tenía una leve sonrisa dibujada en el rostro. Esas noticias debieron causarle una mezcla de sentimientos contradictorios, porque, después de todo, el grupo insurgente del que ella formaba parte había tenido mucha peor suerte.

Así que, pensó Fiben, la elaborada artimaña de Uthacalthing convenció a los gubru de que en el planeta había algo al menos tan importante como tomar a los humanos de la colonia como rehenes: ¡los garthianos! ¡Imagínate! Se fueron a las montañas a la caza de un mito. Y de algún modo, la general encontró la forma de golpearlos en cuanto estuvieron a su alcance.

Oh, siento mucho haber pensado esas cosas de su viejo. ¡Qué broma tan magnífica, Uthacalthing!

Pero ahora los invasores ya saben la verdad. Me pregunto si…

Fiben levantó la vista y vio que Gailet lo estaba mirando en forma penetrante, como si leyera sus pensamientos. Finalmente Fiben comprendió una de las razones que le impedían ser totalmente franca y abierta con él.

Tenemos que tomar una decisión, pensó. ¿Hemos de intentar mentir a los gubru?

Gailet y él podían tratar de prolongar durante cierto tiempo la broma pesada de Uthacalthing. Tal vez consiguieran convencer al Suzerano para que saliera una vez más a la caza de los míticos oriundos de Garth. Con que un solo grupo de enemigos se pusiera a tiro de los rebeldes de las montañas, el esfuerzo ya habría merecido la pena.

Pero ¿tenían Gailet y él la sutileza necesaria para llevar a cabo una patraña como aquélla? ¿Cómo lo harían? Apenas podía imaginarlo. Oh, si, mi señor, los garthianos existen; sí, mi jefe. Puede confiar en un chimp, sí, señor. O alternativamente adoptar la postura psicológica opuesta. ¡No, a través de mí no sabrán…!

Pero eso no se parecía en nada al proceder de Uthacalthing, por supuesto. El tramposo tymbrimi había actuado sutil y astutamente con pistas falsas. Fiben ni siquiera se planteaba la posibilidad de actuar a un nivel tan refinado.

Y además, si a Gailet y a él los descubrían tratando de engañar a los gubru, podían quedar descalificados para el estatus especial, cualquiera que fuera, que el Suzerano parecía haberles ofrecido aquella tarde. Fiben no tenía ni idea de lo que aquella criatura quería de ellos, pero podía significar una oportunidad para descubrir qué estaban construyendo los invasores junto al mar de Cilmar. Aquella información podía resultar vital.

No, no merece la pena correr el riesgo, decidió Fiben.

Tenía además que enfrentarse a otro problema: cómo comunicar a Gailet aquellos pensamientos.

—Hasta la raza de sofontes más refinada puede cometer errores —dijo despacio y con una cuidada pronunciación—. En especial cuando se encuentran en un medio desconocido. —Fingió que se buscaba una pulga e hizo un signo que significaba: ¿ha terminado ya el juego?

—El error ya se ha superado —asintió Gailet—, Ya no tienen dudas de que los garthianos son un mito. Los gubru están convencidos de que sólo era una trampa tymbrimi. Y de todas formas, tengo la impresión de que los otros Suzeranos, los que comparten el mando con el sumo sacerdote, no van a permitir más incursiones inútiles en las montañas donde pueden ser atacados por las guerrillas.

Fiben levantó bruscamente la cabeza y sintió que su corazón se aceleraba durante unos breves instantes. Entonces entendió lo que Gailet había querido decir…, cómo había pronunciado la última palabra con la intención de que captara su ambigüedad.[4] Los homónimos eran uno de los muchos inconvenientes que el ánglico moderno había heredado del inglés, el chino y el japonés de las antiguas épocas. Mientras que las lenguas galácticas habían sido estructuradas para comunicar la máxima información y eliminar las ambigüedades, las lenguas lobeznas habían evolucionado de forma chapucera y disparatada, con grandes complicaciones, tales como palabras con idéntico sonido y diferente significado.

Fiben advirtió que tenía los puños apretados y se obligó a relajarse. Guerrillas, no gorilas. Ella no sabe nada sobre el proyecto de Elevación clandestina en las montañas y no tiene ni idea de lo irónico que ha resultado su comentario.

Una razón más para terminar, de una vez por todas, con la «broma» de Uthacalthing. El tymbrimi ignoraba lo que ocurría en el centro Howletts tanto como su hija. Si hubiera conocido el trabajo secreto que se estaba llevando a cabo allí, Uthacalthing hubiera elegido una artimaña distinta y no habría enviado a los gubru precisamente a aquellas montañas.

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4

En inglés las palabras guerrilla y gorila tienen una pronunciación similar. (N. del T.)