Entonces el tanque de cabeza dejó de disparar tan inesperadamente como había empezado a hacerlo. Primero uno y luego otro de los cañones adquirieron un brillo blanco rojizo y se acallaron sus disparos. La intensidad del ruido se redujo a la mitad.
El otro acorazado parecía sufrir problemas similares pero, aun así, intentó seguir disparando a pesar de sus resquebrajados y balanceantes cañones.
—¡Agáchese! —gritó Benjamín empujando a Athaclena hacia el suelo. El grupo que estaba en la ladera de la colina se cubrió en el preciso momento en que el tanque de retaguardia explotaba con un destello aclínico y abrasador. Trozos de metal y de blindaje silbaron en el aire.
Athaclena pestañeó para alejar la imagen de lo que acababa de ver. En la momentánea confusión producida por la sobrecarga sensorial, se preguntó por qué Benjamín estaba tan obsesionado con las aves acuáticas de la Tierra.[3]
—¡El otro está averiado! —gritó alguien.
Cuando Athaclena fue capaz de mirar de nuevo, distinguió sin dificultades una columna de humo que se alzaba desde la placa delantera del tanque. La torreta emitía ruidos chirriantes y, al parecer, no podía moverse. Entremezclado con el fuerte olor de la vegetación que ardía llegó el penetrante tufo de la corrosión.
—¡Funcionó! —gritó con júbilo Elayne Soo. Se levantó con presteza y corrió a atender a los heridos.
Benjamín y Robert habían propuesto usar productos químicos para incapacitar a la patrulla gubru, pero Athaclena había modificado el plan porque tenía otras intenciones. No quería gubru muertos tal como hasta entonces. Esta vez los quería vivos.
Y ahí estaban, atrapados en el interior de sus vehículos, incapacitados para moverse o actuar. Sus antenas de comunicaciones se hallaban fundidas y, además, seguro que en aquel momento ya habían empezado los ataques en el Valle del Sind. El alto mando gubru tenía muchas otras preocupaciones. La ayuda tardaría en llegar.
Se hizo el silencio unos momentos mientras se producía una lluvia de escombros sobre el bosque y el polvo se posaba lentamente.
Luego se oyó un coro creciente de agudos chillidos. Eran unos gritos de alegría que no habían sido alterados desde que la Humanidad había empezado a manipular los genes de los chimpancés. Athaclena escuchó también otro sonido, un penetrante alarido de triunfo… el grito de «Tarzán» de Robert.
Bien, pensó. Es bueno saber que ha sobrevivido a toda esa matanza.
Ahora sólo hace falta que cumpla con el plan y que se mantenga escondido.
Los chimps comenzaron a salir de entre los árboles derribados. Algunos corrían para ayudar a la doctora Soo que atendía a los heridos, mientras otros tomaban posiciones junto a las máquinas averiadas.
Benjamín miraba hacia el noroeste, donde unas cuantas estrellas se desvanecían ante la luz del amanecer. En aquella dirección podían oírse unos débiles zumbidos.
—Me pregunto qué estarán haciendo Fiben y los chicos de la ciudad en aquella zona —dijo.
Por primera vez, Athaclena dejó su corona en libertad.
Formó el kiihnnnagarra… la esencia de la incertidumbre pospuesta.
—Eso está fuera de nuestro alcance —contestó ella—. Es aquí, en este lugar, donde debemos actuar.
Con la mano levantada hizo señas a sus unidades en las laderas de las colinas para que avanzaran.
46. FIBEN
Desde el Valle del Sind se elevaba el humo. Unos fuegos dispersos ardían en los campos de trigo y en medio de los huertos, y teñían de hollín una luz de alborada que rápidamente se volvía pálida y difusa.
A cien metros sobre el suelo, colgado de la tosca estructura de madera de una cometa de fabricación casera, Fiben examinaba los diversos incendios con unos gemelos de campaña. Allí, en el Sind, la lucha no había ido bien en absoluto. La operación había sido planeada como un ataque rápido con retirada inmediata, para hacer daño al enemigo, pero se había convertido en una huida desordenada.
Y ahora, las nubes descendían como si estuviesen excesivamente cargadas de humo oscuro y de fallidas esperanzas. Pronto no podría ver más allá de un kilómetro.
—¡Fiben!
Abajo y a la izquierda, no lejos de la maciza sombra de la cometa, Gailet Jones le hacía señas.
—Fiben, ¿ves algo del grupo C? ¿Han llegado al puesto de guardia gubru?
—¡No hay señales de ellos —gritó—, pero hay cenizas procedentes de la armada enemiga!
—¿Dónde? ¿Cuándo? Vamos a darte más cable para que puedas ver…
—¡Ni pensarlo! —gritó—. Voy a bajar ahora.
—Pero necesitamos datos…
—Hay patrullas por toda la zona. —Sacudió la cabeza con énfasis—. ¡Tenemos que largarnos de aquí! —Fiben hizo una seña a los chimps que controlaban el tenso cable.
Gailet se mordió el labio y asintió. Empezaron a rebobinar.
Con el fracaso del ataque y el desmoronamiento de su sistema de comunicaciones, ella se había puesto más frenética que nunca con respecto a las informaciones. Fiben no podía reprochárselo. Él también tenía amigos por allí, pero en aquel momento debían pensar en salvar la propia piel.
Y eso que todo empezó tan bien, pensó mientras el aparato descendía poco a poco. La sublevación había comenzado cuando unos chimps que trabajaban en las construcciones gubru hicieron estallar explosivos cuidadosamente colocados a lo largo de la última semana. En cinco de los ocho objetivos previstos, habían volado plumas en el cielo de la madrugada.
Pero empezaban a sentirse las ventajas de la tecnología. Había resultado desestabilizador ver lo rápidamente que respondían los mecanismos de defensa del enemigo, frenando a los grupos de soldados irregulares cuando apenas habían iniciado sus ataques. Por lo que él sabía, no se había logrado ninguno de los objetivos importantes y menos aún conservar su posesión.
En definitiva, las cosas no andaban nada bien.
Fiben se vio obligado a orzar la cometa, quitando viento a la vela a medida que aquélla caía. El suelo se acercaba a toda prisa y juntó las piernas a fin de prepararse para el impacto. Éste se produjo con un golpe sordo. Oyó cómo se rompía uno de los mástiles mientras e! ala absorbía la mayor parte del golpe.
Mejor un mástil que un hueso. Fiben se desabrochó el arnés gruñendo y se debatió para liberarse de la pesada tela de fabricación casera. Hubiera sido mucho mejor un ultraligero con armazón metálico y alas de duralona. Pero aún no sabían cuál era la razón de que el invasor detectara ciertos artículos manufacturados y por eso él había insistido en sustitutivos caseros e incómodos.
Max, el gran chimp de la cara marcada, vigilaba con un rifle láser de los gubru en la mano. Le tendió la otra y le ayudó a levantarse.
—¿Estás bien, Fiben?
—Sí, Max, gracias. Vamos a desmontar este trasto.
Su equipo se apresuró a desarmar la cometa y esconderla entre los árboles cercanos. Vehículos acorazados y flotadores gubru habían estado silbando sobre sus cabezas desde que empezara aquella desgraciada incursión antes del alba. La cometa era casi insignificante, virtualmente invisible con radar o infrarrojos. Y, sin embargo, habían estado tentando a la suerte al usarla a la luz del día.
Gailet se reunió con ellos en el extremo de la huerta. Había sentido renuencia a creer en el arma secreta de los gubru: la habilidad del enemigo para detectar artículos manufacturados. Pero se había avenido gracias a la insistencia de Fiben. La chima llevaba un abrigo hasta media pierna sobre un pantalón corto y una túnica tejida a mano. Apretaba contra su pecho un cuaderno de notas y una estilográfica.
3
En inglés el verbo «agacharse» se escribe y pronuncia igual que el sustantivo «pato».