– ¡Cerrad la puerta! -ordenó mi padre, y sus lugartenientes pasaron a gritos la orden-. No importa, que se queden fuera esos estúpidos.
Me di cuenta de que mi propio padre estaba asustado y de como su paso, hasta el momento seguro, cambió a carrera jadeante, mientras daba órdenes a sus oficiales.
– ¡Todos los arqueros al muro este! ¡Alarma, alarma!
Creo que entonces él lo supo. Se giró unos instantes y vi su tierna mirada, esa que sólo a mí dedicaba, y me envió su adiós antes de salir hacia la muerte. No le había vuelto a sonreír desde nuestra discusión sobre Hugo, apenas le había hablado para presionarle, y en aquel momento el pensamiento de que pudiera morir sin mi beso me horrorizó. Mi corazón se desgarraba.
No nos volvimos a encontrar; ésa fue nuestra despedida, dos veces triste. Recuerdo su gesto, por un instante amoroso al mirarme, y después, duro al encaminarse hacia la batalla. Aún lo veo, a veces, al cerrar los ojos.
Las campanas de las iglesias empezaron a tocar a rebato y nuestros defensores, armándose a toda prisa, ocuparon la parte superior de la muralla. Nadie esperaba eso, el sitio ni siquiera se había formalizado, no estábamos preparados.
Yo decidí subir a la cima de la torre de nuestra casa fortificada, la que en la ciudad llamaban castillo vizcondal, para mejor ver lo que ocurría. En la escalera me encontré con mi ama y mi prima Guillemma, que, atemorizadas, me preguntaron qué pasaba.
– ¡Los cruzados nos asaltan! -repuse mientras empezaba a subir las escaleras de la torre.
Cuando llegué arriba, miré hacia la puerta de Saint Guilhem. Aún no la habían podido cerrar y veía a los nuestros luchando contra la chusma cruzada que forzaba la entrada. Desde arriba, los ballesteros y arqueros disparaban, los demás lanzaban piedras, pero no parecían poderlos detener. Miles de enemigos cruzaban el puente o saltaban al riachuelo para subir por los márgenes. Llevaban escaleras, aquello era imparable. Vi que ya se peleaba dentro de la ciudad y que los francos continuaban entrando por aquella puerta abierta que nos desangraba. Nuestros mejores recursos estaban allí, en el intento de cerrarla, pero eso quitaba fuerzas al lienzo este de muralla y pronto los ribaldos apoyaron las escalas en ella y empezaron a subir.
Pero al mirar hacia el campamento, me horroricé al ver a cientos de miles que corrían hacia nosotros con sus rústicas escalas al asalto desde todas las direcciones. Nunca había visto tanta gente junta; eran diez veces más que todos los habitantes de la ciudad. Eran tantos que cubrían por entero los campos de alrededor. Las campanas aún repicaban y el griterío era ensordecedor.
– ¡Dios mío! -oí exclamar a mi prima a mi lado-. Estamos perdidos.
Estalló en sollozos.
Y allí, en la cima de una torre, en una ciudad maldita y condenada, instantes antes de la sangre, del fuego y de la destrucción, en un momento eterno previo al fin de todos los momentos, nos abrazamos, plañideras de futuro, del fin de nuestras cortas vidas, llorando.
Entre lágrimas vi a aquel hormiguero monstruoso avanzando hambriento e imparable para devorarnos. Recé por mi padre, por nosotras, por la ciudad. Suplicaba a Cristo Nuestro Señor para que nos acogiera en su reino.
24
«E cels de la ost cridan: "Anem nos tuit armar la dones viratz tal preisha a la vila intrar".»
[(«Y los de la hueste gritaron: "Aprisa, armémonos, que la chusma ya entra, a empellones, en la ciudad".»)]
Cantar de la cruzada, II-19
Béziers, 22 de julio
– ¡Los ribaldos asaltan Béziers! -gritó un soldado interrumpiendo el debate.
En el silencio sorprendido que le siguió, Guillermo pudo oír claramente las campanas tocando a rebato y las voces de la turba.
Los nobles que continuaban reunidos en el amplio pabellón del conde de Nevers, para acordar el asedio y toma de la ciudad, se quedaron mirando al mensajero asombrados. Ni arietes, ni gatas, [3] ni catapultas, ni torres de asalto, ni zapadores; aquellos desarrapados se lanzaban directamente, sin más ciencia, a por la ciudad.
– ¡Maldito Renard! -exclamó el conde de Nevers, refiriéndose al llamado Rey Ribaldo, a quien éstos obedecían, cuando decidían obedecer a alguien.
– ¡Ese cerdo se nos está adelantado, quiere quitarnos gloria y botín! -gritó Simón de Montfort
– ¡Reunid las tropas de inmediato, entremos en la ciudad! -ordenó el duque de Borgoña.
La mirada de Guillermo se cruzó con la de su primo. Vio una sonrisa feliz en su faz, le dijo: «Vamos», y se unieron a los que empujaban para salir lo antes posible de la tienda.
Afuera todo eran gritos y confusión. Hombres en busca de sus armas, de los caballos, perdidos de su grupo, excitados, corrían de un lado a otro. El fragor era tal que Guillermo apenas podía distinguir de cuando en cuando el repique desesperado de las campanas de la villa. Miró a la ciudad, que se levantaba en un altozano, y pudo ver que ya se luchaba en las almenas. Supo que Béziers estaba cayendo en manos de los ribaldos.
– ¡Tenemos que encontrar al senescal Bernard y a su hija, la Dama Ruiseñor! -le recordó Amaury de Montfort a su primo mientras, montados en sus corceles, se abrían paso sobre el puente abarrotado de tropas hacia la puerta de Saint Guilhen, donde se aglomeraban caballeros, sargentos e infantes tratando de penetrar en la ciudad.
– No te preocupes, nadie sobrevivirá en la villa -repuso Guillermo.
– Aun así, quiero entregar sus cabezas personalmente al abad del Císter para que sepa que he cumplido con mi palabra. Me prometiste tu ayuda.
– Cuenta conmigo -dijo Guillermo pensativo-. No será difícil encontrarle a él, pero hallar a la dama, con la pobre descripción que tenemos, es tarea complicada.
– Su casa es la mayor de Béziers, le llaman el castillo vizcondal. Está fortificada, tiene la torre de defensa más alta de la ciudad y está pegada a la muralla. Mira, es aquélla -y señalando a la esquina sudeste de los muros de la villa, añadió-: Allí estará la dama y, si hay dudas, siempre podremos hacer hablar a un criado.