– Cuando se dirigió a mí en la calle, dijo que no debía mezclarme «con sus ruines mentiras».
– ¿Eso dije?
Pestañeó pensativamente y luego dibujó el rastro de una sonrisa.
– Proviene de un poema de Poe, de una mujer medio viva y medio muerta, Lenore, «que ahora yace profundamente». [5]
– Supongo que es así -fue la exasperante respuesta de Benson.
– ¿No quiso decir nada con eso? ¿Algún tipo de mensaje o de código cifrado? ¿Me va a decir, señor Benson, que también eso lo seleccionó al azar?
– Es usted un hombre de carácter muy nervioso, según veo, señor Clark. -No pareció inclinado a responder a mis preguntas más allá de esta observación, pero continuó-: Cuando uno ha quedado atrapado por la lectura de Poe es difícil, qué digo, imposible evitar que sus palabras le afecten. Desde luego el hombre o la mujer que lea demasiado a Poe se me ocurre que llegará a creerse dentro de una de sus creaciones, que causan asombro y perplejidad. Cuando vine a Baltimore, mi mente y todos mis pensamientos estaban influidos por Poe; sólo podía leer palabras que hubieran pasado por su pluma. Cada frase que pronunciaba podía llegar a ser su propia voz, o sea que no pertenecía ya a mi discurso o a mi inteligencia. Yo me entregaba a sus sueños y a aquello que creía era su alma. Eso basta para aplastar a un hombre propenso a caer en la trampa del descubrimiento. La única respuesta es dejar de leerlo por completo, como al final hice yo. Lo he barrido de mi memoria, aunque tal vez no con pleno éxito.
– Pero ¿qué ocurrió con su investigación sobre la muerte de Poe? Usted fue de los primeros, quizá el primero de todos, en llevar a cabo una especie de examen… ¡Usted estaba en condiciones de saber la verdad!
Benson negó con la cabeza.
– ¡Usted debió haber averiguado más! -exclamé.
Dudó y luego empezó a hablar como si yo le hubiera preguntado algo distinto.
– Yo soy contable, señor Clark. Lo olvidé por un momento y empecé a perjudicar mis intereses mercantiles por seguir aquí, lejos de mi trabajo en Richmond. Imagine un hombre que ha llevado a la perfección los libros de contabilidad desde los veinte años, y que pierde todo el sentido de sus finanzas. Desde luego, la decadencia fue tal, que ahora he de depender de mi trabajo, parte del año, en el negocio de mi tío en Baltimore, que es lo que estoy haciendo ahora, ese tío de la familia Benson era el que estaba retratado en el cuadro encima de nosotros, y que mostraba un acusado parecido con Benson-. Su ciudad es hermosa desde muchos puntos de vista…, ¡Hinque la mayor parte de los cocheros se dan a la bebida en lugar de controlar sus caballos.
Al advertir mi falta de interés al respecto, la faceta antialcohólica de aquel hombre le impulsó a mostrarse más insistente.
– ¡Es un peligro espantoso para la sociedad, señor Clark!
– Aún queda mucho por hacer, Benson. -Traté de razonar con él-. En relación con Poe, quiero decir. Usted podría ayudarnos…
– «¿Ayudarnos?» ¿Es que andan metidas otras personas?
¿Duponte? ¿El barón? No tenía bastante confianza para responder.
– Usted podría ayudar. Podríamos hacer este trabajo juntos, señor Benson; podríamos descubrir la verdad que usted persiguió parí esclarecer la muerte de Poe.
– Aquí yo ya no puedo hacer nada. Y usted que es abogado, señor Clark, ¿no tiene ya bastantes asuntos para estar ocupado?
– Me he tomado un descanso en mi profesión -dije bajando la voz.
– Ya veo -replicó comprensivamente, y en un tono que revelaba cierta satisfacción-. Señor Clark, la tentación más peligrosa en la vida es olvidarse de atender los propios negocios. Debe usted aprender a respetarse a sí mismo lo bastante como para preservar sus intereses. Si entregarse a las causas ajenas, aunque sea por caridad, le impide ser feliz, acabará por quedarse sin nada.
»E1 vulgo quiere ver a Poe como quiere verlo, mártir o pecador, y nada de lo que usted haga lo evitará -prosiguió-. Quizá nosotros no nos preocupamos de lo que sucedió con Poe. Imaginamos a Poe muerto para nuestros propios fines. En algún sentido, Poe sigue muy vivo. Cambiará constantemente. Aun en el caso de que usted, de algún modo, encontrara la verdad, sólo serviría para que fuera negada a favor de una nueva especulación. No podemos sacrificarnos a nosotros mismos en un altar de errores a mayor gloria de Poe.
– ¿Seguro que usted no ha llegado a la misma conclusión que esos antialcohólicos a los que se enfrentó? ¿Que el fin de Poe se debió a que se entregó a un vicio deleznable?
– En absoluto -negó Benson en un tono débilmente retador-. Pero si él hubiera sido más precavido, si hubiera dirigido sus pasiones hacia las demandas del mundo en lugar de concentrarlas en las de su intelecto superior, todo esto no hubiera tenido que suceder… y la piedra de molino en torno a su cuello nunca se habría convertido en la nuestra.
Sentí cierto alivio tras mi entrevista con Benson; alivio que otro hubiera aprovechado para tratar de hallar la verdad que se escondía tras la muerte de Poe. La iniciativa de Benson demostraba que Peter Stuart y la tía Blum se equivocaban. Yo no me había embarcado en una búsqueda propia de un loco. Había otro: un contable.
El alivio me apartó también de otra cuestión, la relativa al barón y a Duponte. Me había detenido en el momento mismo de traicionar mi alianza con Duponte a favor de un delincuente, falsario e histrión. ¿Por qué? ¿Por una serie de estrechas coincidencias entre el barón y los cuentos de Poe? Había perdido a Hattie para siempre y nunca encontraría a una persona en el mundo que me conociera como ella. El ejercicio de la abogacía que el buen nombre de mi padre me ayudó a consolidar iba camino de la extinción. Mi amistad con Peter ya no existía. Al menos no había cometido una horrible equivocación con Duponte. De regreso a casa desde la de Benson, sentí como si acabara de despertar de un profundo sueño.
¡Cuánta confianza, cuánto crédito, cuánto tiempo dediqué a Duponte y a sus coincidencias con los cuentos de Poe! Si se hubiera mostrado más decidido frente a las actividades del barón Dupin; si hubiera aducido más razones para pensar que avanzaba tanto como el barón Dupin; si no hubiera permanecido tan despreocupado mientras el barón Dupin no cesaba en sus proclamas; si no hubiera tomado aquellas medidas por su cuenta, yo, de la manera más natural, ¡habría podido rechazar aquellas peligrosas cavilaciones en que tile había sumido!
Observé a Duponte sentado en mi sala de estar. Lo miré directamente y lo interrogué sobre su actual actitud pasiva ante la agresividad del barón Dupin. Le pregunté por qué permanecía inactivo mientras el barón Dupin casi proclamaba su victoria en nuestra contienda. Yo empecé a narrar esta conversación prematuramente, en un capítulo anterior. Ustedes lo recuerdan. Recordarán también que sugerí sacudir un guantazo al barón, a lo que Duponte respondió que eso no podría ayudarnos en nuestra causa.
– Creo que eso le recordaría que no está solo en este juego -dije-. ¡Él cree, dada la infinita impostura que encierra su cerebro, que yo ha vencido, monsieur Duponte!
– Entonces ha caído en una creencia errónea. La situación es completamente opuesta. El barón, lo temo por él, ya ha perdido. Ha llegado al final, lo mismo que yo.
Fue entonces cuando mis otros temores quedaron disipados.
– ¿Qué quiere usted decir?
– Poe bebió -dijo Duponte-. Pero en realidad no era un beodo. Antes bien, era todo lo contrario. Como promedio, podemos confiar en que tomó menos estimulantes que cualquier hombre común que pase por la calle.
– Ah, ¿sí?
– Era sobrio, pero era constitucionalmente intolerante al alcohol, hasta un grado extremo, nunca experimentado por la mayoría de las personas corrientes.