percibir los murmullos de este tu sufrimiento?»
«Etcétera, lo que viene después no lo recuerdo. No conozco el autor.
– Es normal, es suyo. Lo hace como otros se suenan.
– Es curioso -dijo Danglard arrugando su gran frente.
– Sobre todo, es de familia, como todo lo que es curioso. Vuelva a recitarme esos versos, capitán.
– No valen gran cosa.
– Al menos tienen sentido. Y es más, un sentido oportuno. Vuélvamelos a recitar.
Adamsberg escuchó atentamente y se levantó.
– Tiene razón. La tierra sabe lo que nosotros no sabemos. No somos capaces de oírla, y ahí está el problema.
El comisario volvió ante la tumba descubierta, flanqueada por Danglard y Justin.
– Y si hay un sonido que habría que oír y no oímos, es que estamos sordos. No es que la tierra sea muda, es que somos ineptos. Por lo tanto, necesitamos un especialista, un intérprete, un tipo que sepa oír el canto de la tierra.
– ¿Cómo se llama eso? -preguntó Justin bastante inquieto.
– Un arqueólogo -dijo Adamsberg sacando su teléfono-. O un rebuscamierda, como prefiera.
– ¿Tiene de eso entre sus conocidos?
– Sí -confirmó Adamsberg marcando un número-. Uno excelente, un especialista de…
El comisario se interrumpió, buscando la palabra.
– De los vestigios fugaces -completó Danglard.
– Eso es. Nos viene que ni pintado.
Contestó al teléfono Vandoosler el Viejo [5], un antiguo madero cínico y jubilado. Adamsberg le expuso rápidamente la situación.
– Bloqueado, pillado, acorralado, si he entendido bien -dijo Vandoosler con una risita-. ¿No estará vencido el animal?
– No, Vandoosler, puesto que estoy llamando. No me maree mucho hoy, que ando justo de tiempo.
– Muy bien, ¿a cuál necesita? ¿A Marc?
– No, al prehistoriador.
– Está en el sótano, sumergido en sus sílex.
– Dígale que venga a toda velocidad al cementerio de Montrouge. Es urgente.
– Dado que está inmerso a una profundidad de doce mil años antes de Cristo, no hay prisa, le diría él. Y nada separa a Mathias de sus sílex.
– ¡Yo sí, Vandoosler, joder! Si no me ayuda, hará un regalo de la hostia a los estupas.
– Eso lo cambia todo. Se lo envío ahora mismo.
XVI
– ¿Qué se espera de él? -preguntó Justin mientras se calentaba las manos con una taza de café en la conserjería.
– Lo que ha dicho el Nuevo. Que arranque a la tierra su secreto. Sus volutas de catorce sílabas tienen alguna utilidad, Veyrenc.
El guarda de día miró a Veyrenc con curiosidad.
– Hace poesía -explicó Adamsberg.
– ¿En un día como éste?
– Sobre todo en un día como éste.
– Bueno -dijo el guarda, conciliador-. La poesía sirve sobre todo para complicar las cosas, ¿no? Pero igual complicándolas se entienden mejor. Y al entenderlas se simplifican. Al fin y al cabo.
– Sí -dijo Veyrenc, sorprendido.
Retancourt estaba de nuevo con ellos, con el rostro descansado. El comisario la había despertado posándole simplemente un dedo en el hombro, como quien pulsa un botón. Por la ventana de la conserjería, observaba a un gigante rubio que cruzaba la calle, apenas vestido, con el pelo por el hombro y el pantalón sujeto con un cordel.
– Es nuestro intérprete -dijo Adamsberg-. Sonríe a menudo, aunque no siempre se sepa por qué.
Cinco minutos después, Mathias estaba arrodillado junto a la tumba, escudriñando el suelo. Adamsberg indicó a sus agentes que guardaran silencio. La tierra no habla alto, hay que prestar atención.
– ¿Han tocado algo ustedes? -preguntó Mathias-. ¿Ha desplazado alguien estos tallos de rosa?
– No -dijo Danglard-, ésa es la cuestión. La familia dispersó flores por toda la superficie de la tumba y la lápida fue colocada encima, lo cual demuestra que nadie ha movido la tierra.
– Hay tallos y tallos -dijo Mathias.
Pasó rápidamente la mano de rosa en rosa, dando la vuelta a la tumba de rodillas, palpó la tierra en diferentes sitios, como un tejedor comprobando la calidad de una seda.
Y levantó la cabeza sonriendo hacia Adamsberg.
– ¿Has visto? -dijo.
Adamsberg sacudió la cabeza.
– Hay tallos que se despegan apenas los rozas y otros que están incrustados. Todos éstos están en su sitio -dijo señalando las flores que había en la parte inferior de la sepultura-. Pero los de aquí están en la superficie, alguien los ha movido. ¿Lo ves?
– Te escucho -dijo Adamsberg frunciendo el ceño.
– Eso significa que han cavado en la sepultura -prosiguió Mathias apartando con delicadeza los tallos en una zona concreta de la cabecera de la tumba-. Luego han vuelto a colocar las flores secas sobre la tierra movida para que no llame la atención. Pero se nota de todos modos. ¿Lo ves? -dijo levantándose de un solo movimiento-, si un hombre desplaza un tallo de rosa, mil años después todavía podrás saberlo.
Adamsberg asintió, impresionado. Así pues, si esa misma noche tocaba el pétalo de una flor, en la oscuridad y sin que nadie se diera cuenta, un tipo como Mathias lo sabría al cabo de mil años. La idea de que todo gesto deja en su estela huellas irremediables le pareció bastante alarmante. Pero se tranquilizó echando una mirada al prehistoriador, que se sacaba una paleta del bolsillo trasero y la pulía con los dedos. Tipos así no se encontraban todos los días.
– Es muy difícil -dijo Mathias torciendo el gesto-. Es un agujero que han vuelto a llenar inmediatamente con su propio sedimento. Es invisible. Han cavado, pero ¿dónde?
– ¿No lo puedes encontrar? -preguntó Adamsberg, súbitamente inquieto.
– No con los ojos.
– Entonces ¿cómo?
– Con los dedos. Cuando no se ve nada, siempre se puede sentir. Lo que pasa es que se tarda más.
– ¿Sentir qué? -preguntó Justin.
– Los límites del hoyo, el hiato entre el borde y la tierra de relleno. Hay una junta entre tierra y tierra. Existe, y hay que localizarla.
Mathias paseó la mano por la superficie uniforme de la tierra. De repente pareció enganchar con la punta de las uñas una fisura fantasma, que entonces siguió lentamente. Al igual que un ciego, Mathias no miraba realmente el suelo, como si la ilusión de sus ojos hubiera podido alterar su búsqueda totalmente concentrada en la sensibilidad de sus dedos. Poco a poco, percibió la línea de un círculo imperfecto, de un metro cincuenta de diámetro, que fue perfilando con la paleta.
– Ya lo tenemos, Adamsberg. Voy a vaciarlo yo, para seguir las paredes del hoyo cavado, y tus hombres apartarán la tierra. Así iremos más deprisa.
A ochenta centímetros de profundidad, Mathias se irguió, se quitó la camisa y pasó la mano por las paredes del agujero.
– No tengo la impresión de que tu cavador quisiera enterrar algo. Estamos demasiado hondo. Lo que quería era llegar al ataúd. Eran dos.
– Exactamente.
– Uno cavaba, el otro vaciaba los cubos. A esta profundidad, intercambiaron los papeles. Nadie cava de la misma manera.
Mathias volvió a coger su paleta y se metió de nuevo en el hoyo. Habían pedido palas y cubos al guarda, y Justin y Veyrenc evacuaban la tierra. Mathias mostró gravilla gris a Adamsberg.
– Al volver a tapar, metieron grava del camino. El cavador se cansó, fue picando cada vez menos recto. Aquí no han enterrado nada. Está virgen.
El joven siguió cavando una hora, en un silencio que sólo rompió con dos anuncios: «Aquí volvieron a intercambiar papeles» y «Aquí pasaron del pico a la piqueta». Por fin, Mathias se irguió y apoyó el codo en el borde del agujero, que le llegaba por encima de la cintura.
– Dado el estado de las rosas, el hombre que está aquí dentro no lleva mucho tiempo.
– Tres meses y medio. Es una mujer.
– Aquí se separan nuestros caminos, Adamsberg. Te dejo seguir.