Выбрать главу

– ¿Es urgente ocuparse de los cojones de ese gato? -inquirió con sequedad.

Adamsberg le indicó que se sentara, tenía al cura de Mesnil en línea.

– Oswald afirma que Narciso ya estaba castrado. O sea que es imposible que le cortaran las partes genitales.

– Lo vi con mis propios ojos, comisario. Pascaline trajo el cadáver a la iglesia en una caja de las de verdura para pedirme una bendición. Tuve que parlamentar un buen rato con ella para que entendiera mi negativa. El gato había sido degollado, y sus partes genitales estaban hechas una papilla sanguinolenta. ¿Qué más quiere que le diga?

Adamsberg oyó un breve chasquido y se preguntó si el cura no acababa de abatir su mano sobre una mosca.

– Entonces no entiendo -dijo-. Todo el mundo, en Opportune, sabía que Narciso era un gato capado.

– Cabe pensar que el que lo mutiló lo ignoraba, que no era de por allí. Y que no le gustaban los machos, si me permite añadir un punto de vista a su investigación.

Adamsberg cerró su teléfono y se puso de nuevo a balancear las piernas, perplejo.

– Y que no le gustaban los machos -repitió para sí-. Lo malo, Retancourt, es que hasta la gente que no tiene ni idea sabe que un gato soñoliento de once kilos de peso está necesariamente capado.

– La Bola no.

– La Bola es un caso, dejémoslo aparte. El problema sigue íntegro: ¿por qué el asesino de Narciso castró un gato ya castrado?

– ¿Y si nos ocupáramos mejor del asesino de Diala?

– Es lo que estamos haciendo. Obnubilarse con vírgenes y castrar un macho debe de tener alguna relación. Era un gato de Pascaline, y sólo mató al macho. Como si hubiera querido eliminar toda presencia viril alrededor de Pascaline. O quizá purificar su entorno. Purificar también abriendo las tumbas e introduciendo en ellas algún filtro invisible.

– Mientras no sepamos si las dos mujeres fueron asesinadas, estaremos a oscuras. Accidentes o asesinatos, homicida o profanador, eso lo cambia todo. Y no hay manera de saberlo.

Adamsberg se deslizó taburete abajo y se puso a dar vueltas por el despacho.

– Hay una manera -dijo-, si se siente usted con valor.

– Dígame.

– Encontrar la piedra que destrozó el cráneo a Pascaline. Según la hipótesis del accidente, cayó del muro de la iglesia. Según la del asesinato, estaba en el suelo, y el asesino la utilizó para matar. Piedra de desmogue o piedra de caza. En el segundo caso, la piedra debería llevar las huellas de su estancia al aire libre. El accidente se produjo en el lado sur de la iglesia. No hay ninguna razón, pues, para que una piedra sellada en el muro tenga musgo. En cambio, si ya estaba en la hierba, le habrá crecido musgo en el lado expuesto al norte. Con ese clima, es inevitable y rápido. Y, conociendo a Devalon, dudo que haya buscado líquenes en la piedra.

– ¿Dónde está la piedra? -preguntó Retancourt, dejando el gato en el suelo, ya dispuesta.

– En la gendarmería de Évreux, o en un vertedero. Devalon es un policía agresivo, Retancourt, y poco competente. Tendrá que abrirse camino a base de fuerza para llegar hasta la piedra. Mejor no avisarlo antes, sería capaz de cargársela sólo para jodernos. Sobre todo si se ha equivocado en esta investigación.

Inquieto, el gato maulló. La Bola sentía perfectamente el instante en que su asilo preferido estaba a punto de partir. Tres horas más tarde, cuando la teniente Retancourt estaba investigando en Évreux, el gato se obstinaba en llorar, con la nariz pegada a la puerta de la Brigada, obstáculo entre su cuerpecillo y la desaparecida que ocupaba toda su mente. Adamsberg arrastró a la fuerza al animal hasta Danglard.

– Danglard, usted tiene influencia en este bicho, hágale comprender que Retancourt va a volver, dele un vaso de vino o lo que sea, pero que deje de lamentarse.

Adamsberg se interrumpió.

– Mierda -susurró soltando la Bola, que cayó brutalmente en el suelo, gimiendo.

– ¿Qué? -preguntó Danglard, preocupado por la desesperación del animal, que acababa de saltar a sus rodillas.

– Acabo de entender la historia de Narciso.

– Ya iba siendo hora -masculló el comandante.

Retancourt llamó en ese instante. Se oía claramente su voz en el móvil, y Adamsberg no supo decir cuál de los dos, Danglard o el gato, aguzaba el oído con más atención.

– Devalon no me ha dejado acceder a la piedra. Es una bestia parda, no dudaría en liarse a puñetazos para impedirme el paso.

– Tiene que haber alguna manera, teniente.

– No se preocupe, ya tengo la piedra en el maletero de mi coche. Y está cubierta de liquen en uno de sus lados.

Danglard se preguntó si el método empleado por Retancourt no habría sido todavía más rudimentario que los puños de Devalon.

– Tengo otra cosa -dijo Adamsberg-. Sé lo que le pasó a Narciso.

Sí, pensó Danglard un tanto descorazonado, todo el mundo lo sabe desde hace dos mil años. Narciso se enamoró de su propio reflejo en el agua, se aproximó para atraparlo, y se ahogó en el río.

– No le cortaron los cojones, le cortaron la verga -explicó Adamsberg.

– Bueno -dijo Retancourt-. ¿Dónde estamos, comisario?

– En el meollo de una abominación. Dese bastante prisa en volver, teniente, el gato no está muy bien.

– Es porque me fui sin avisar. Pásemelo.

Adamsberg se arrodilló y pegó el móvil al oído del gato. Había conocido a un pastor que telefoneaba a su oveja veterana para mantener su equilibrio psicológico y, desde entonces, ese tipo de cosas había dejado de sorprenderlo. Incluso recordaba el nombre de la oveja, George Sand [8]. Quizá algún día los huesos de George Sand se verían santificados en un relicario. Tumbado a la bartola, el gato escuchaba a la teniente explicarle que volvería.

– ¿Puedo saber de qué se trata? -preguntó Danglard.

– Las dos mujeres fueron asesinadas -dijo Adamsberg poniéndose en pie-. Reunimos a todo el mundo. Coloquio dentro de dos horas.

– ¿Asesinadas? ¿Sólo por darse el gusto de abrir sus ataúdes tres meses después?

– Ya lo sé, Danglard, no se tiene en pie. Pero arrancar la verga a un gato tampoco.

– Eso tiene más sentido -replicó Danglard, que se refugiaba en el templo del conocimiento en cuanto perdía pie, como otros se retiran a un convento-. He conocido a zoólogos que le daban mucha importancia.

– ¿Por qué?

– Para extraer el hueso. Hay un hueso en la verga del gato.

– Me está tomando el pelo, Danglard.

– ¿No hay uno en el morro del cerdo?

XXXI

Adamsberg se dejaba descender hacia el Sena, siguiendo el vuelo de las gaviotas que veía describir círculos a lo lejos. El río de París, por pestilente que fuera a veces, era su refugio flotante, el lugar donde mejor podía dejar volar sus pensamientos. Los liberaba como se suelta una bandada de pájaros, y se dispersaban en el cielo, jugaban dejándose levantar por el viento, inconscientes y descerebrados. Por paradójico que pudiera parecer, producir pensamientos descerebrados era la actividad prioritaria de Adamsberg. Y particularmente necesaria cuando demasiados elementos obstruían su mente, amontonándose en paquetes compactos que le petrificaban la acción. Entonces no le quedaba más remedio que abrirse la cabeza en dos y dejar que todo saliera en tropel. Y eso era lo que se producía sin esfuerzo ahora que bajaba la escalera que conducía a la orilla.

En esa escapada, siempre había algún pensamiento más correoso que otros, como la gaviota encargada de cuidar de la buena conducta del grupo. Una especie de pensamiento-jefe, de pensamiento-madero, que se esforzaba en vigilar los demás, impidiéndoles pasar más allá de los lindes de la realidad. El comisario buscó en el cielo qué gaviota desempeñaba hoy el papel monomaniaco de gendarme. La localizó enseguida, zarandeando a una jovenzuela que se divertía luchando con el viento en contra, olvidando sus responsabilidades. Luego se abalanzó hacia otra cabeza loca que daba vueltas y revueltas a ras de agua sucia. Gaviota-polizonte que gritaba sin cesar. De momento, su pensamiento-madero, igualmente monomaniaco, pasaba en vuelo rápido por su cabeza, en continuo vaivén, graznando. ¿No hay un hueso en el morro del cerdo? ¿No hay un hueso en la verga de un gato?

вернуться

[8] Cf., de la misma autora, El hombre del revés, Espasa-Calpe, Madrid 2001.