– Eres un hijo de la gran puta, Roland -dijo Pierrot.
– Exacto, Pierrot -confirmó Adamsberg-. Y comprenderás que, si no me obedecéis, que si tocáis un solo pelo a Veyrenc, castaño o rojo, suelto el nombre del teniente de alcalde. Que os enviará a los dos al infierno. ¿Qué elegís?
– Nos largamos -gruñó Roland.
– Perfecto. No hace falta que peguéis fuerte a los cabos de guardia. Estarán al corriente. Sed creíbles, sin más.
En el pasillo, Veyrenc retrocedió hasta su habitación. Consiguió llegar a su puerta justo antes de que Adamsberg saliera de la 435. Se lanzó sobre la cama, exhausto. Nunca había entendido por qué su padre había acabado aceptando vender el viñedo.
XLII
– Fue entonces cuando el rebeco sabio cometió una tontería monumental, por celos, a pesar de haber leído todos los libros. Fue a ver a dos lobos enormes, que, mira tú por dónde, eran cretinos y más malos que la quina. Desconfiad del bucardo colorado, les dijo, que os va a cornear. Sin pensárselo dos veces, los dos lobos se abalanzaron sobre el bucardo colorado. Tenían mucha hambre, se lo zamparon enterito, y no se oyó hablar más de él. Y el bucardo pardo pudo reanudar su vida, tan ricamente, liberado de sus preocupaciones, con las marmotas y las ardillas. Y la bucarda. Pero no, Tom, las cosas no fueron así, porque la vida es mucho más complicada, y también la cabeza de los bucardos. El bucardo pardo se lanzó sobre los lobos, con algo de retraso, y les rompió los colmillos. Las dos fieras huyeron patas para qué os quiero. El bucardo colorado tenía un mordisco en el muslo, y el bucardo pardo tuvo que curarlo. No podía dejarlo morir, ¿qué te parece, Tom? Mientras, la bucarda estaba escondida. No quería tener que elegir entre el colorado y el pardo, era algo que la ponía nerviosa. Entonces, los dos bucardos se sentaron en unos sillones, se encendieron una buena pipa y hablaron del asunto. Pero por un quítame allá esas pajas se daban con los cuernos, porque uno creía tener razón y que el otro estaba equivocado, y el otro creía decir la verdad y que el otro mentía.
El niño puso un dedo en el ojo de su padre.
– Sí, Tom, es difícil. Es un poco como el opus spicatum, con las espinas que van para un lado y para el otro. Bueno, pues así estaban las cosas cuando apareció la tercera virgen, que vivía muy modosita en una madriguera con gerbillos. Se alimentaba de diente de león y de llantén, y vivía temblando desde que un día un árbol estuvo a punto de aplastarla. Tercera Virgen era diminuta, bebía mucho café y no sabía defenderse de los espíritus malignos del bosque. Tercera Virgen pedía socorro. Pero algunos bucardos se enfadaban, decían que Tercera Virgen no existía y que no había que ocuparse de esas cosas. Y el bucardo pardo dijo vale, pues no se hable más. Observa, Tom. Voy a repetir el experimento.
Adamsberg marcó el número de Danglard.
– Capitán, es otra vez para la educación del niño. Había una vez un rey.
– Sí.
– Que amaba a la esposa de uno de sus generales.
– Vale.
– Mandó a su rival a la batalla sabiendo que lo enviaba a la muerte.
– Sí.
– Danglard, ¿cómo se llamaba ese rey?
– David -respondió Danglard con voz átona-, y el general sacrificado se llamaba Uri. David tomó por esposa a la viuda, que fue la reina Betsabé, futura madre del rey Salomón.
– ¿Lo ves, Tom, lo fácil que es? -dijo Adamsberg a su hijo, tumbado sobre su vientre.
– ¿Lo dice por mí, comisario? -preguntó Danglard.
Adamsberg advirtió que la voz del comandante seguía sin vida.
– Si piensa que he enviado a Veyrenc a la muerte -prosiguió Danglard-, tiene razón. Podría afirmar que fue sin querer, podría jurar que ni se me ocurrió. ¿Y qué? ¿Y después qué? ¿Quién sabrá nunca si no lo deseaba sin saberlo en el fondo de mi cabeza?
– Capitán, ¿no le parece que tiene uno suficientes quebraderos de cabeza con lo que piensa de verdad para preocuparse encima de lo que habría podido pensar si lo hubiera pensado?
– Incluso así -respondió Danglard, apenas audible.
– Danglard, no está muerto. Nadie ha muerto. Salvo usted, quizá, que agoniza en el salón.
– Estoy en la cocina.
– ¿Danglard?
Adamsberg no obtuvo respuesta.
– Danglard, coja una botella y venga a verme. Estoy solo con Tom. Santa Clarisa ha salido a dar una vuelta. Con el curtidor, supongo.
El comisario colgó para no dejar al comandante ocasión de decir que no.
– Tom -dijo-. ¿Te acuerdas del rebeco tan sabio y que tanto había leído? ¿Y que había hecho una tontería monumental? Pues resulta que los rincones más recónditos de su cabeza eran tan complicados que por las noches se perdía en ellos. Y a veces también de día. Y ni la sabiduría ni la ciencia podían ayudarlo a encontrar la salida. Entonces los bucardos tenían que echarle un cable y tirar con fuerza para sacarlo de allí.
Adamsberg levantó súbitamente la cabeza hacia el techo. Arriba, en el desván, un roce, un sonido amortiguado. O sea que al final santa Clarisa no se había ido de paseo con el curtidor.
– No es nada, Tom. Un pájaro, o el viento, o una tela que barre el suelo.
Para purificar los rincones más recónditos de la mente de Danglard, Adamsberg encendió un buen fuego. Era la primera vez que utilizaba la chimenea, y la llama tiraba alta y clara, sin ahumar la estancia. Así es como debería quemarse la Pregunta sin Respuesta sobre el rey David, que embadurnaba el cerebro del comandante, derramando dudas por todos sus intersticios.
Nada más entrar, Danglard se instaló junto al fuego, al lado de Adamsberg, que, leño tras leño, iba reduciendo su angustia a cenizas. Al mismo tiempo, y sin decir nada a Danglard, Adamsberg carbonizaba también los últimos pedazos de su rabia hacia Veyrenc. Volver a ver a las bestias de Caldhez en acción, oír de nuevo la entonación feroz de Roland, había sacado el pasado del limbo y devuelto toda su crueldad al bárbaro ataque en el Prado Alto. Plenamente reactivada, la escena se desarrollaba ante sus ojos, intacta, clamorosa. El niño en el suelo, con los hombros aplastados por las manos de Fernand, Roland aproximándose con el casco de vidrio, ni se te ocurra moverte, mamón. El espanto del pequeño Veyrenc, con el pelo ensangrentado, el golpe asestado al vientre, su dolor indecible. Y él, el joven Adamsberg, inmóvil bajo el árbol. Habría dado mucho por no vivir eso, por que ese recuerdo inacabado le dejara de picar, treinta y cuatro años después, en un punto preciso. Por que se esfumara en una llama el tormento persistente de Veyrenc. Y si Camille, se sorprendió pensando, podía disolverlo en parte entre sus brazos, que lo hiciera. Con la condición de que ese cabronazo de bearnés no le arrebatara su tierra. Adamsberg echó otro trozo de leña a las llamas, y en su rostro se dibujó una vaga sonrisa. La tierra que compartía con Camille estaba fuera de alcance, no había de qué preocuparse.
Antes de medianoche, Danglard, más tranquilo en lo referente al rey David, calmado por la serenidad que irradiaba Adamsberg como en un halo, se acabó la botella que había traído.
– Arde bien este fuego -dijo.
– Sí. Es una de las razones por las que quise esta casa. ¿Recuerda la chimenea en casa de la vieja Clémentine [9]? Pasé noches delante. Encendía la punta de una ramita y dibujaba círculos incandescentes en la oscuridad.
Adamsberg fue a apagar la luz, introdujo una varilla de madera en las llamas y trazó ochos y redondeles en la oscuridad.
– Es bonito -dijo Danglard.
– Sí. Bonito y obsesivo.
Adamsberg pasó la ramita al comandante y apoyó sus pies en la base de ladrillos, basculando su silla hacia atrás.