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Se volvió a la cama, sin miedo, pero seguro casi de que iba a morir. De pronto se sentía helado; en seguida, devorado por la fiebre. La lámpara sobre la mesa iluminaba los rincones de la cabaña. El martillo seguía en el suelo, con el mango hacia arriba, en un precario equilibrio. Si hiciese testamento, un testamento como los de antes, divagó, en el que se describían todos los bienes, diría: «Un martillo de minero; peso de la cabeza, cuatro libras; mango, treinta centímetros; madera rajada, dañada por la intemperie; metal enmohecido, aún utilizable.» Había hallado el martillo poco antes de encontrarse con la serpiente, recibiendo con alegría aquel legado del pasado, de una época en que los mineros blandían el martillo con una mano y sostenían el buril con la otra. Cuatro libras es casi el peso máximo que un hombre puede manejar de ese modo. En aquel delirio febril, pensó que una fotografía del martillo podía ilustrar muy bien su tesis.

La noche fue una larga pesadilla: torturado por accesos de tos, sofocado, consumido primero por el frío, y luego por la fiebre. Una erupción similar al sarampión le cubrió el cuerpo.

Al alba se hundió otra vez en un sueño profundo.

«Nunca ha ocurrido» no es igual a «No ocurrirá»… Sería como decir: «Nunca he muerto, por lo tanto soy inmortal.» Se asiste aterrado a una invasión de langostas o saltamontes, y estos mismos insectos, que han pululado de un modo alarmante, desaparecen de pronto de la faz de la tierra. Los animales superiores están sujetos a fluctuaciones parecidas. Los lemmings tienen ciclos regulares. Las liebres de la montaña se multiplican durante años, y se cree que van a invadir el mundo. Luego, rápidamente, una epidemia acaba con ellas. Algunos zoólogos han sugerido incluso una ley biológica: el número de individuos de una especie no es constante, baja y sube. Cuanto más elevada sea la especie, más lenta es la gestación, y más prolongadas las fluctuaciones.

Durante la mayor parte del siglo XIX, el búfalo abundó en las estepas africanas. Era un animal resistente, con escasos enemigos naturales, y un censo realizado cada diez años hubiese demostrado que seguían propagándose.

Luego, a fines de siglo, cuando eran más numerosos, fueron atacados repentinamente por la peste bovina. El búfalo se convirtió en una curiosidad en aquellos territorios. Desde hace cincuenta años, reconquista lentamente su supremacía.

En cuanto al hombre, no debe esperarse que escape, en su larga trayectoria, a la suerte de los animales inferiores. Si hay una ley biológica de flujo y reflujo, su situación es ahora muy peligrosa. Durante diez mil años su número ha aumentado constantemente a pesar de las guerras, las pestes y las hambres. Biológicamente, la prosperidad del hombre es demasiado larga.

Ish despertó a media mañana con una inesperada sensación de bienestar. Había temido lo peor, pero se encontraba casi curado. Ya no se ahogaba, y la hinchazón de la mano había desaparecido. El día anterior se había sentido muy enfermo, y no había pensado en la mordedura. Ahora, la mano y su enfermedad eran sólo recuerdos, como si una hubiese curado a la otra. A mediodía había recobrado la lucidez, y casi todas sus fuerzas.

Después de un ligero almuerzo, decidió que podía ir a casa de Johnson. No se molestó en empacar sus cosas. Llevaría su importante libro de notas y su cámara fotográfica. En el último momento, obedeciendo a un impulso, recogió también el martillo. Subió al coche y se puso lentamente en marcha, tratando de no utilizar la mano derecha.

En el rancho de Johnson reinaba el silencio. Detuvo el coche junto a la bomba de gasolina. Nadie salió a atenderlo, pero eso no era raro, pues la bomba de Johnson, como otras muchas en las montañas, se utilizaba pocas veces. Tocó la bocina, y volvió a esperar.

Al cabo de un rato saltó del coche y subió las destartaladas escaleras que llevaban a la habitación-almacén. Allí los pescadores podían comprar cigarrillos y conservas. Entró, pero no había nadie.

Se sorprendió un poco. Como le ocurría a menudo en sus períodos de soledad, no sabía exactamente qué día era. Miércoles, creía. O martes, o jueves. Cualquier día de la semana, pero no domingo. Los domingos, y a veces algún sábado, los Johnson cerraban el almacén y salían de excursión. Era gente desinteresada, que no mezclaba los placeres con los negocios. Sin embargo, vivían de las ventas del almacén en la temporada de pesca y no podían ausentarse mucho tiempo. Y si hubieran salido de vacaciones, habrían cerrado la puerta con llave. Pero aquellos montañeses eran a veces desconcertantes. El incidente bien podía merecer un párrafo en su tesis. De cualquier modo, el depósito del coche estaba casi vacío. Echó en el tanque treinta litros de gasolina y no sin esfuerzo garabateó un cheque. Lo dejó sobre el mostrador, con una nota: «No encontré a nadie. Llevo treinta litros. Ish».

Mientras descendía por la carretera, lo asaltó una vaga inquietud: los Johnson fuera, un día de trabajo; la puerta sin llave, ningún pescador, un auto en la noche, y, algo todavía más extraño, aquellos hombres que habían huido al encontrarse con un enfermo en una cabaña solitaria. Sin embargo, brillaba el sol, y la mano casi no le dolía. Y aquella fiebre rara, admitiendo que no se debiera a la acción del veneno, había desaparecido.

La carretera descendía entre bosquecillos de pinos, bordeando un riachuelo tormentoso. Al llegar a la central eléctrica de Black Creek, Ish se sintió otra vez sereno y lúcido.

En la central todo estaba como siempre. Las dínamos zumbaban; el agua bullía. Una luz brillaba en el puente. Ish pensó que estaría continuamente encendida. Había allí exceso de electricidad.

Durante un instante, pensó en cruzar el puente y llegar al edificio. Vería allí a alguien y se libraría de aquel extraño temor. Pero el ruido de los generadores lo tranquilizaba. Al fin y al cabo, la central trabajaba como siempre. Cierto, no se veía a nadie; pero aquellos mecanismos automáticos necesitaban de pocos hombres, y éstos no salían casi nunca.

Se alejaba ya, cuando un perro ovejero salió del edificio. Separado de Ish por el riachuelo, ladró furiosamente, corriendo de un lado a otro, excitado.

¡Qué perro raro!, pensó Ish. ¿Qué le pasará? ¿Pensará que voy a robarme la central? Realmente, la gente sobrestima la inteligencia de los perros.

Dobló una curva y los ladridos se perdieron a lo lejos. Pero la cólera del perro había sido otra prueba de normalidad. Ish comenzó a silbar alegremente. Quince kilómetros y llegaría al primer pueblo, un pequeño pueblo llamado Hutsonville.

Consideremos el caso de la rata del Capitán Maclear. Este interesante roedor habitaba la isla de Christmas, un nido tropical a unos trescientos kilómetros al sur de Java. La especie había sido descrita científicamente por primera vez en 1667. En el cráneo, muy desarrollado, sobresalían notablemente los arcos supraorbitales y la arista anterior de la placa cigomática.

Un naturalista observó que las ratas poblaban la isla «en miríadas», alimentándose de frutas y raíces tiernas. La isla era su universo, su paraíso terrenal. Sin embargo, en aquella vegetación no necesitaban pelear entre ellas. Todos los ejemplares estaban bien alimentados, y hasta demasiado gordos.

En 1903 las atacó una enfermedad nueva. Excesivamente numerosas, vulnerables a causa del mismo bienestar, las ratas no pudieron resistir el contagio, y pronto morían por millares. A pesar de su número, a pesar de su facilidad para reproducirse, la especie se ha extinguido.

Llegó a lo alto de la cuesta y vio Hutsonville a sus pies, a un kilómetro de distancia. Descendía ya, cuando vislumbró algo que le heló la sangre. Frenó automáticamente. Saltó del coche y corrió hacia atrás, incrédulo. Allí, junto a la carretera, a la vista de todos, yacía el cadáver de un hombre en traje de calle. Las hormigas le cubrían la cara. El cadáver llevaba allí un día o dos. ¿Cómo no lo habían visto? Ish no se acercó a examinarlo. Había que avisar en seguida al comisario de Hutsonville. Volvió al coche rápidamente.