– Sí. En algún momento entre el 283 a. J.C., cuando murió Ptolomeo I, y el 274. Se levantó un mausoleo en un barrio nuevo de la ciudad, en el cruce de dos avenidas principales que flanqueaban el palacio real. La construcción recibió el nombre de Soma, que en griego significa «cuerpo». Era la tumba más grandiosa de la ciudad más grandiosa de la época.
– Ptolomeo fue listo -apuntó él-. Esperó a que todos los herederos de Alejandro hubiesen muerto para proclamarse faraón. Sus herederos también fueron listos: convirtieron Egipto en un reino griego. Mientras que los otros Compañeros administraban mal o perdían sus respectivas partes del imperio, los Ptolomeos conservaron la suya durante trescientos años. A ese Soma se le sacó un gran partido desde el punto de vista político.
Ella asintió.
– La verdad es que es una historia increíble. La tumba de Alejandro se convirtió en lugar de peregrinación: César, Octavio, Adriano, Calígula y una docena de emperadores más fueron a rendirle homenaje. Debió de ser imponente: una momia recubierta de oro con una corona de oro dentro de un sarcófago de oro y envuelta en miel dorada. Durante un siglo y medio Alejandro descansó tranquilo, hasta que Ptolomeo IX necesitó dinero. Despojó el cuerpo de todo su oro y fundió el ataúd, sustituyéndolo por uno de cristal. El Soma se mantuvo en pie seiscientos aftos, lo último que se sabe de él data del año 391 d. J.C.
Malone conocía el resto de la historia: tanto el edificio como el cuerpo de Alejandro Magno habían desaparecido. La gente lo buscó durante mil seiscientos años, pero el mayor conquistador de la Antigüedad, un hombre venerado como un dios viviente, se había esfumado.
– ¿Sabes dónde se encuentra el cuerpo? -preguntó él.
– Ely creía saberlo.
Las palabras sonaron lejanas, como si ella le estuviera hablando a su fantasma.
– ¿Crees que tenía razón?
Ella se encogió de hombros.
– Habrá que ir a comprobarlo.
– ¿Adónde?
Cassiopeia lo miró con ojos cansados.
– A Venecia. Pero primero tenemos que conseguir el último medallón. Seguro que Viktor ya va tras él.
– Y, ¿dónde se encuentra?
– Curiosamente, también en Venecia.
Samarcanda
2.50 horas
Zovastina sonrió al nuncio apostólico, un hombre atractivo de cabello color caoba veteado de gris y unos ojos profundamente inquisitivos. Estadounidense: monseñor Colin Michener. Formaba parte del nuevo Vaticano organizado por el primer papa africano en siglos. El nuncio había acudido en otras dos ocasiones para preguntar si la Federación permitiría la presencia católica, pero ella había rechazado ambas tentativas. Aunque allí el islam era la religión predominante, los nómadas, que poblaban Asia Central desde tiempos inmemoriales, siempre habían situado su ley por delante incluso de la sharia islámica. El aislamiento geográfico engendraba independencia social, hasta de Dios, así que ella dudaba de que los católicos fuesen bienvenidos siquiera. Sin embargo, quería algo de aquel emisario, y había llegado la hora de negociar.
– No es usted una persona nocturna, ¿verdad? -preguntó Zovastina, a quien no se le pasó por alto la cara de cansancio que Michener sólo intentaba disimular mínimamente.
– ¿No suele reservarse esta hora para el descanso?
– No nos conviene a ninguno de los dos que nos vean juntos a plena luz del día. Su Iglesia no goza de mucha popularidad aquí.
– Algo que nos gustaría cambiar.
Ella se encogió de hombros.
– Le estarían pidiendo a la gente que abandonara cosas que valora desde hace siglos. Ni siquiera los musulmanes, con toda su disciplina y sus preceptos morales, lo han conseguido. Se darán cuenta de que aquí resultan mucho más atractivos los usos organizativos y políticos de la religión que los beneficios espirituales.
– El Santo Padre no pretende cambiar la Federación; sólo pide que a nuestra Iglesia se le conceda la libertad de llamar a quienes quieran practicar nuestra fe.
Zovastina sonrió.
– ¿Ha visitado alguno de nuestros lugares santos?
Él negó con la cabeza.
– Pues hágalo y verá algunas cosas interesantes: los hombres besan y frotan los objetos venerados, y se pasean entre ellos; las mujeres se arrastran bajo piedras sagradas para aumentar su fertilidad. Y no olvide los árboles de los deseos y los palos mongoles con borlas de crin de las tumbas. Los amuletos y los dijes son muy populares. La gente deposita su fe en cosas que nada tienen que ver con su Dios cristiano.
– Existe un creciente número de católicos, baptistas, luteranos e incluso algunos budistas entre esas gentes. Por lo visto, hay quienes desean abrazar un credo diferente. ¿Acaso no tienen derecho a disfrutar de ese privilegio?
Otra de las razones por las cuales Zovastina había decidido recibir al representante era el Partido del Renacimiento Islámico. Aunque había sido declarado ilegal hacía años, ganaba terreno calladamente, sobre todo en el valle de Fergana del antiguo Uzbekistán. Ella había infectado encubiertamente a los principales agitadores y creía haber acabado con sus líderes, pero el partido se negaba a desaparecer. Permitir una mayor rivalidad religiosa, en particular viniendo de una organización como la católica, obligaría a los musulmanes a concentrar su ira en un enemigo más amenazador aún que ella. De manera que dijo:
– He decidido permitir que la Iglesia entre en la Federación.
– Me alegra oírlo.
– Con condiciones.
El agradable rostro del sacerdote perdió la alegría.
– No es para tanto -añadió ella-. A decir verdad, sólo pido una cosa. Mañana por la noche, en Venecia, abrirán la tumba de san Marcos en la basílica.
La perplejidad asomó a los ojos del nuncio.
– Sin duda conoce la historia de san Marcos y cómo acabó enterrado en Venecia, ¿no es así?
Michener asintió.
– Tengo un amigo que trabaja en la basílica. Él y yo hemos hablado al respecto.
Ella conocía la historia: Marcos, uno de los doce discípulos de Cristo, ordenado obispo de Alejandría por Pedro, fue martirizado por los paganos de la ciudad en el 67 d. J.C. Cuando intentaron que: mar su cuerpo, una tormenta apagó las llamas y dio tiempo a los cristianos para que se lo llevaran. Marcos fue momificado y sepultado en secreto hasta el siglo IV. Después de que los cristianos ocuparan Alejandría se construyó un elaborado sepulcro, un lugar que acabó siendo tan sagrado que los nuevos patriarcas de Alejandría eran investidos con su dignidad sobre la tumba de Marcos. El sepulcro logró sobrevivir a la llegada del islam y a las invasiones persa y árabe del siglo vil.
Pero en el 828 un grupo de mercaderes venecianos robó el cuerpo.
Venecia quería un símbolo de su independencia política y teológica. Roma tenía a Pedro, y Venecia tendría a Marcos. Al mismo tiempo, el clero alejandrino estaba muy preocupado por las reliquias sagradas de la ciudad. El gobierno islámico se había vuelto cada vez más hostil, y sepulcros e iglesias estaban siendo arrasados, de manera que, con ayuda de los guardianes de la tumba, el cuerpo de san Marcos desapareció.
A Zovastina le encantaban los detalles.
Para ocultar el robo se sirvieron del cuerpo de san Claudio, enterrado al lado. El olor de los fluidos embalsamadores era tan fuerte que, con el objeto de disuadir a las autoridades de examinar la carga del barco que iba a zarpar, colocaron sobre el cuerpo capas de hojas de col y cerdo. Y funcionó: los inspectores musulmanes huyeron horrorizados al ver el cerdo. A continuación, el cuerpo fue envuelto en lienzo e izado a un peñol. Supuestamente, en el camino de vuelta a Italia, una visita del fantasma de san Marcos evitó que el barco zozobrara durante una tormenta.