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Atravesó el seto y entró en el jardín.

Por suerte, el inicio de la primavera significaba que la vegetación no era abundante. Tras encontrar un sendero, fue directo al muro de cemento.

Desde allí saltó a la lancha.

Soltó amarras y se alejó del dique. Nadie lo había visto ni seguido. La embarcación entró en el canal, que parecía un río, y la corriente la arrastró más allá de la basílica y el museo, hacia la entrada norte de la laguna. Esperó a estar bien lejos del dique antes de poner en marcha el motor. Sin acelerar demasiado, hizo girar la proa, avanzando despacio y sin luces.

La costa a ambos lados se hallaba por lo menos a cincuenta metros, principalmente depósitos de fango, bancos de arena y juncos. Consultó su reloj: las once y veinte.

Ya en la boca del canal incrementó la velocidad y salió al agua turbulenta. Por último encendió las luces de navegación y se dispuso a bordear Torcello para coger el canal principal, que lo llevaría a Venecia y San Marcos.

Oyó un ruido y se volvió.

Del camarote de popa salió una mujer.

Arma en mano.

CUARENTA Y CUATRO

Samarcanda

2.30 horas

Vincenti arrimó la silla a la mesa cuando el camarero le sirvió la comida. La mayoría de los hoteles de la ciudad eran lóbregos ataúdes donde no funcionaba nada o casi nada. El Intercontinental constituía una excepción, ofreciendo servicios de cinco estrellas y calidad europea, con lo que el establecimiento anunciaba como hospitalidad asiática. Tras el largo vuelo desde Italia estaba hambriento, así que había pedido que le llevaran algo de comer a la habitación para él y un invitado.

– Dígale a Ormand que me disgusta tener que esperar media hora por estos platos, sobre todo habiendo llamado antes -le espetó al camarero-. Mejor aún, pídale que suba cuando hayamos terminado y se lo diré yo mismo.

El camarero asintió y se retiró.

Arthur Benoit, sentado frente a él, extendió una servilleta de tela en el regazo.

– ¿Es preciso que seas tan duro con él?

– El hotel es tuyo. ¿Por qué no le has echado la bronca tú?

– Porque no estaba enfadado. Han preparado la comida lo antes posible.

Le importaba un bledo. Se iba a liar una buena y él estaba irritable. O'Conner se había adelantado para asegurarse de que todo estuviese listo, y él había decidido comer, descansar un rato y resolver unas gestiones mientras comía en mitad de la noche.

Benoit cogió un tenedor.

– Supongo que esta invitación no se debe a que quieras disfrutar de mi compañía. ¿Por qué no nos dejamos de tonterías, Enrico? ¿Qué quieres?

Empezó a comer.

– Necesito dinero, Arthur. O, mejor dicho, Philogen Pharmaceutique necesita dinero.

Benoit dejó el tenedor en la mesa y bebió un sorbo de vino.

– Antes de que se me revuelva el estómago, ¿cuánto necesitas?

– Mil millones de euros. Tal vez mil quinientos.

– ¿Eso es todo?

Vincenti sonrió al oír el sarcasmo. Benoit había labrado su fortuna en bancos de Europa y Asia que todavía controlaba. Era multimillonario y formaba parte de la Liga Veneciana desde hacía tiempo. Los hoteles suponían un pasatiempo, y recientemente había construido el Intercontinental para satisfacer las necesidades del gran número de miembros de la Liga que acudían allí y futuros viajeros amantes del lujo. También se había trasladado a la Federación, había sido uno de los primeros miembros de la Liga en hacerlo. A lo largo de los años, Benoit había aportado dinero en varias ocasiones para financiar el meteórico ascenso de Philogen.

– Me figuro que querrás el préstamo por debajo del tipo referencial internacional.

– Qué menos.

Se llevó un pedazo de faisán relleno a la boca, paladeando el fuerte sabor.

– ¿Cuánto por debajo?

Vincenti captó el escepticismo.

– Dos puntos.

– ¿Por qué no te lo doy sin más?

– Arthur, te he pedido prestados millones y te he devuelto cada céntimo a tiempo y con intereses. De modo que sí, espero un trato preferente.

– En este momento, según tengo entendido, tienes varios préstamos pendientes con mis bancos. Bastante cuantiosos.

– Y todos ellos al día.

Vio que el banquero sabía que era cierto.

– ¿Qué sacaría yo en limpio?

Eso ya era otra cosa.

– ¿Cuántas acciones de Philogen posees?

– Cien mil. Compradas por recomendación tuya.

Vincenti pinchó otro trozo de humeante ave.

– ¿Has comprobado la cotización de ayer?

– Nunca me molesto en hacerlo.

– Sesenta y uno y un cuarto, medio punto más. Es una inversión segura, en serio. La otra semana yo adquirí casi medio millón de acciones más. -Añadió algo del relleno de mozarella ahumada al faisán-. En secreto, claro está.

La expresión de Benoit le dio a entender que captaba el mensaje.

– ¿Algo grande?

Su compañero de la Liga podía jugar a los hoteles, pero así y todo le gustaba amasar dinero, de modo que sacudió la cabeza y puso cara de circunstancias.

– Ya sabes, Arthur, las leyes sobre la información privilegiada me prohíben facilitarte esa información. Me avergüenza siquiera que lo preguntes.

El reproche hizo sonreír a Benoit.

– Aquí no hay leyes que valgan. Recuerda que somos nosotros quienes las redactamos, así que dime qué tienes en mente.

– No voy a hacerlo.

Y se mantuvo en sus trece, esperando a ver si la avaricia, como de costumbre, podía más que el buen juicio.

– ¿Cuándo necesitarías esos mil… o mil quinientos millones?

Acompañó un bocado de comida con un trago de vino.

– Dentro de sesenta días, como mucho.

Benoit pareció considerar la petición.

– ¿Y la duración del préstamo? Suponiendo, naturalmente, que sea posible.

– Veinticuatro meses.

– ¿Mil millones de euros con intereses devueltos en dos años?

Vincenti no dijo nada y se limitó a seguir masticando, dejando que el otro rumiara los datos.

– Como te he dicho, tu sociedad está fuertemente endeudada. Este préstamo no sería bien visto por mis comités de aprobación.

Finalmente, Vincenti anunció lo que el otro quería oír:

– Serás mi sucesor en el Consejo de los Diez.

Benoit puso cara de sorpresa.

– ¿Cómo sabes tú eso? La elección es aleatoria.

– Algún día aprenderás, Arthur, que nada es aleatorio. Mi tiempo se acaba; tus dos años darán comienzo en breve.

Sabía que Benoit quería formar parte del Consejo a toda costa, y Vincenti necesitaba amigos allí, amigos que le debieran favores. Por el momento, cuatro de los cinco miembros a los que no les tocaba salir eran amigos. Acababa de comprar uno más.

– Muy bien -accedió Benoit-. Pero necesitaré unos días para negociar el riesgo entre varios de mis bancos.

Vincenti sonrió y siguió comiendo.

– Hazlo. Pero confía en mí, Arthur, no olvides llamar a tu corredor de Bolsa.

CUARENTA Y CINCO

Zovastina consultó su reloj Louis Vuitton, regalo del ministro de Asuntos Exteriores sueco durante una visita de Estado hacía unos años. Era un hombre encantador que incluso había flirteado con ella. Zovastina le devolvió sus atenciones, aun cuando el diplomático tenía poco de estimulante. Lo mismo podía decirse del nuncio, Colin Michener, que parecía disfrutar irritándola. Durante los últimos minutos ella y el monseñor habían recorrido la nave de la basílica, esperando -supuso- a que finalizaran los preparativos en el altar.

– ¿Por qué trabaja para el papa? -le preguntó-. Antes fue el secretario del último pontífice y ahora no es más que un nuncio.

– Al Santo Padre le gusta acudir a mí cuando se trata de proyectos especiales.